Ahora parece que a Trump le agrada el Obamacare

(Agencia Maldita Realidad)

La conmoción todavía se huele en el aire viciado de la humanidad. Ha llegado al poder en la primera potencia imperial un multimillonario energúmeno que viene amenazando con instaurar una era de fascismo extremo, la cara más violenta de la ideología neoliberal, aplicada por un estado convencido de la supremacía del ser estadounidense, blanco, ignorante, con muchas putas, lujo y merca a disposición. El establishment aburguesado, acostumbrado a contemplar con simpatía los movimientos anticapitalistas, se ve jaqueado por las propuestas extremistas de Donaldo, y no le alcanzaron los miles y misiles de medios y formadores de opinión que salieron a advertir sobre el peligro que se cierne sobre determinados colectivos sociales y las economías ya desgastadas de los países emergentes y acomodados. En México se comen las uñas, y en todo lugar donde haya una base militar o un funcionario yanqui viendo qué se puede rapiñar en territorios totalmente alejados de la realidad estadounidense, prestan atención a la formación del gabinete y las primeras declaraciones del nuevo César que pertenece a la elite de viejos asquerosos que ostentan un poder desmesurado (ya se sabe, el 0,01% de la población que tiene tanto dinero y propiedades como el 99,99% restante, así está distribuida la riqueza en el mundo), gozando de la simpatía de personajes de la talla de Mike Tyson, quien ya demostró ser capaz de morder una oreja y escupirla ipso factum ante millones de televidentes en una pelea por el campeonato mundial de peso completo. De este modo, se ganó su puestito de guardaespaldas en las filas de los mercenarios (la nueva guardia Revolucionaria) que se ocupan de la seguridad de tamaño personaje.

Pues bien, en sus primeras declaraciones, a la salida de la reunión que tuvo con el todavía presidente negro, Trump se despachó con que revisará sus cuestionamientos a la reforma de salud de Obama, que lo respeta y, puntualmente, que mantendrá la provisión que obliga asegurar a personas con enfermedades preexistentes y a extender la cobertura sanitaria de un adulto a sus hijos hasta los 26 años, lo que generará cierta resistencia en el Tea Party y en el resto de los republicanos, halcones y conservadores, que quieren aprovechar el ascenso de la bestia con sonrisas porque se creen capaces de manipularlo. Pero he aquí que les llega la primera decepción. Durante la campaña, repetidas veces Trump abogó por derogar  la reforma sanitaria de Obama con una ley nueva y ahora dice que sólo propondrá cambios a algunos artículos. Viendo cierta blandura en sus expresiones, uno de los periodistas le preguntó si se arrepentía de su retórica agresiva durante la campaña y con sencillez, el nuevo presidente replicó: No, he ganado.

Más allá de las palabras de campaña, que en todas partes son más que volátiles, mendaces, es poco probable que Trump ponga en práctica todas las medidas que espantan a tanto ciudadano bienpensante, como la de iniciar una era de deportaciones masivas, lapidar a los homosexuales y poner a las mujeres en el lugar que se merecen, en la casa, cocinando y cuidando a los hijos. Son propuestas demasiado buenas para que se hagan realidad. Trump no se va a animar, como ya lo demostró con el Obamacare. Acabará siendo un “voltereta”, un tibio como su antecesor, pero una auténtica “basura blanca”.

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