dos locos

Eramos los únicos dos blancos en la fábrica. El estaba realmente loco, Max. Cuello erguido, brazos largos y delgados. Nunca miraba derecho a nadie, o bien sí lo hacía, pero sólo era un rápido pestañeo desde lo alto de su cuello retorcido. Sus ojos eran pequeños, feos y deslustrados. Siempre se vestía de marrón: zapatos marrones, camisa marrón, pantalones marrones, medias marrones, y sus movimientos eran desgarbados. Nadie le hablaba.

Yo era el otro loco, pero los otros obreros no lo sabían. Tenía una boca sucia, eso iba bien con las pullas y me hizo ganar respeto. Pero estaba tan fuera de lugar como Max. Sabía exactamente cómo Max se sentía y creo que él sabía cómo me sentía yo, pero era algo secreto entre los dos. Nunca hablamos. Pasaron meses sin que hablemos. Hasta que una tarde habló. Giró, me miró y dijo:

-No tenés agallas.

A la hora del almuerzo nos agarramos a las piñas en el callejón que había detrás de la tienda. Max se abalanzó, lanzando golpes, pero eran golpes revoleados. Lo calcé fácilmente, le hice sangrar la nariz. Luego se reincorporó. Era como pelear con una chica. No sabía pelear. Los compañeros me separaron. Volvimos y Max se fue al baño para lavarse. Nada pasó entre Max y yo después de eso. Transcurrió un mes y un día Max no apareció, y nunca más lo vimos. Más o menos una semana después me despidieron.

Ambos blancos locos ya había partido. Max tenía razón: no tuve agallas. Me fui a vivir con una mujer diez años mayor, fui latigado y humillado, y me perdí en mi propio sueño. Y si eso no es una locura, pues lo mejor sería volverse loco.

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