Exceso de tequila – Capítulo 18

Los menudos de carne mexica se cotizaban a precios altos. Malintzin arengó a una multitud de tabasquinos. Entre sus oyentes se ocultaban su madre traidora y Guazochilco. Si no fuera por su voz serena y grave no la hubieran reconocido. Su rostro estaba cubierto de maquillaje extraterrestre. El capitán derribó con su espada las ollas de cobre que contenían cogollos humanos. Parte de la muchedumbre se dispersó atemorizada, otros se apretujaron para contemplar a los blancos de más cerca. La pera lampiña de Aguilar los asombraba.

-Vamos, sorpréndelos todavía más con tus aptitudes lingüísticas -lo aguijoneó don Cristóbal.

Don Gerónimo se parapetó en un vallado y declamó líricos pasajes de una leyenda maya. Entretanto, Malintzin paseó por los interiores del tanguez. Cual beata alucinada, repartió bendiciones y transmitió a sus compatriotas palabras de las Sagradas Escrituras. El maese restallaba su látigo sobre las ancas de los caballos, los obligaba a cocear, hacer piruetas y relinchar. Unos indios llenaron las talegas de los teúles con semillas de distintos colores mientras otros les daban de comer una gallina asada. Después de pagar sus cuantiosas compras con monedas en desuso le dijeron adiós al tanguez.

De regreso, el carruaje se balanceaba penosamente. Sus ruedas trastabillaban y crujían ante el menor roce de un pedrusco. Iban cargadísimos de enseres domésticos, ayotes gigantescos y cachivaches elaborados con gran estilo. Muy incómodos viajaron Olid y Aguilar hasta el camposanto. Cortés y Malintzin cabalgaron más holgados sobre Arriero.

Figueroa restableció velozmente a los caballos esforzados. Malintzin quiso reposar un rato revelando otro de sus antojos embarazosos.

-No podemos demorarnos más, vamos -le ordenó Cortés, dándole un beso en la frente para reanimarla.

Las nociones cristianas imbuidas a los cempoalanos no se reflejaron en la conducta que demostraron en Cingapacinga. Flecharon a cuatro papas y saquearon sus dominios. Quemaron sus capillos y sembraduras, escapando al control de los Barbudos. Recién se aquietaron cuando Cortés se adelantó con un escuadrón y apresó a los más violentos.

-¿Qué significa esta acrimonia? -los retó por intermedio de la trujamana.

Costó persuadir a los agredidos de que debían acoplarse al sermón. Se les obligó a entrechocar brazos con los vengadores. Concertada la paz con una ceremonia prolongada (los indios oraron y bebieron durante veinticuatro horas sin pausas), se construyó un altar en los cúes derruidos, se puso una imagen de la Virgen y se bautizó a unos cuantos cingapacinganos.

Los papas salvados por la Empresa le agradecieron el gesto entregándole ocho indias que Cortés distribuyó entre sus soldados. Una superaba en hermosura a Malintzin. Se trataba de la hija de Cuesco, gran cacique de la ciudad. Varios capitanes se postularon como pretendientes de aquel primor nativo. El capitán, en un alarde de magnanimidad, tomó a la más fea de la mano con buen talante, y proclamó:

-Esta es la mía. Refrenad vuestra lujuria y aprended de mi ejemplo.

Ningún cortejador atendió a su ardid. Rodeaban a la belleza cingapacingana colmándola de piropos lascivos. Al percibir la desobediencia de la soldadesca, Cortés avanzó dos pasos y anunció que postergaría la decisión sobre a quién le tocaría la hermosa hasta la noche. La traductora no le revelaba a la admirable aborigen las pérfidas intenciones de los hombres blancos. Verdaderamente le envidiaba su guapeza y unos celos percutían en su corazón, porque su mismo esposo era uno de los aspirantes a tomarla como su mujer-esclava.

El capitán escribía sus relaciones a la par de los cronistas. La asechanza de otras Compañías fundadas con un mismo derecho lo obligaba a dar cuenta a su Majestad de los terrenos ganados para su provecho, y era imprescindible ratificarle su condición de súbdito para contrarrestar las miles de habladurías que lo desfavorecían en la corte de Carlos V. De todas formas, más primordial era llevarle cuanto antes su quinta parte, unos tres mil y quinientos pesos de oro. Para tan delicada misión, sólo podía confiar en Montejo y Portocarrero. Durante la cena, don Alonso le habló a Cortés de la siguiente manera:

-Tú ya gozas de la trujamana. Cuando visita mi tienda se comporta como una remolona y no acata mis deseos sexuales. En resumen, puede continuar siendo mi mujer en las ceremonias públicas, pero juro que seré tu mejor servidor si me otorgas a esa maravillosa cingapacingana como esclava. El padre Olmedo le ha elegido un bonito nombre: doña Francisca. Pues bien, déjame llevarla a España. Tú quédate con Malintzin. Seguramente el hijo que lleva en su vientre es tuyo, y cuando yo parta, puedes pedirle a Alvarado que haga de su esposo si quieres mantenerla alejada. Además, desde que está embarazada ya no la soporto.

Cortés le contestó con una mirada aprobatoria. Malintzin estuvo en todo de acuerdo con la iniciativa de don Alonso. Después hicieron una lista detallada de todos los presentes que la Empresa les encomendaba a él y a Montejo, qué rutas debían evitar para no toparse con las huestes de Velázquez y otros zánganos de su estirpe. Igualmente, Cortés confiaba en la calidad del piloto Más tarde asentaron la serie de diligencias a cumplir ante el Real Consejo de Indias.

-Francisco, si al llegar a Sevilla su Majestad se encuentra en alguna de sus campañas, espera su regreso para entregarle personalmente las Cartas. Hay un montón de confabuladores rondando su trono, tú ya sabes -le adviritó Cortés a su amigo.

Pacificada toda la provincia de Tabasco y una amplia región de Cempoal, la Armada retrocedió otra vez a la Villa Rica para despedir a sus procuradores. El avezado Antón de Alominos cogió el timón y lo viró con maestría. El sabría conducir la nave hasta el canal de las Bahamas, conocía tan bien el Caribe como cualquier balsero cubano. Desde allí sortearía las corrientes adversas hasta arribar a las islas de la Tercera, y en breve recalaría en su Valladolid amada. Las añoranzas lo impulsarían a guiar el barco velozmente y con rumbo seguro.

Aprovechando la nueva estadía en San Juan de Ulúa, Veracruz, los díscolos indultados procuraron nuevamente huir hacia Cuba. Esta vez no hubo misericordia posible ni zarpazo casual que les evitara la sentencia de muerte. A esta altura la Empresa se tenía que deshacer de los rebeldes peligrosos, dechados de sevicia y terquedad. Los verdugos y torturadores pasaron a trabajar con carne española. Ahorcaron cuatro hombres, les cortaron los pies a una docena y azotaron a los clérigos que defendieron infructuosamente a los traidores. Los alzamientos enervaron el ánimo de Cortés. Al puerto acudieron chinchorros con malas novedades de Cuba. Unos mensajeros aseguraron que los procuradores de la Compañía, contrariando las órdenes del capitán, habían desembarcado en La Habana. Enseguida se reunieron las autoridades de la Villa, y en una agitada sesión decidieron destruir las naves y avanzar con los marinos a Tenochtitlán. Ya no habría ocasión para otras deserciones. Los españoles convocaron a sus caciques amigos para avisarles que Juan de Escalante quedaba como alguacil mayor de la Villa, y que debían obedecer todos sus mandatos. Con disposición furiosa la Armada se trasladó a Cempoal.

Los nuevos lisiados marchaban lánguidos sobre sus animales.

-¡Que las cabras cojas no tengan siesta! -exclamaba Cortés cuando le requerían descansar.

-¡Ya no daremos más contramarchas! -pronosticaba el soldado Sandoval.

Diez jinetes, incluido el capitán, se adelantaban al resto de la Compañía una legua. Los hombres de guerra de Cempoal encabezaban la caravana principal. Cuatroscientos tamemes portaban alimentos y aparejos varios. Los soldados, más flojos, llevaban todo género de armas, sus alpargatas hollando los áridos caminos que conducían a Tlaxcala. Por valles poblados de parras estériles pasaron hasta la entrada de Xalapa. Atravesaron pueblos rebeldes a la política tributaria de Moctezuma. Al enterarse de los propósitos de la Empresa, sus caciques colaboraron con gente de guerra y gritos de aliento.

-¡Ha llegado la hora de Quetzacoatl! -proclamaban sus hechiceros.

A partir de Tejutla el frío se intensificó y enfermó a la mitad de la Compañía. Llovió y granizó una semana entera. Peñate se desvelaba mas no podía atender a todos y en tal sazón perecieron cuatro soldados. Encima, había escasez de maíz, y unas chalas que comían los nativos intoxicaron al batallón de ballesteros. Por suerte en los cúes guardaban leños para alimentar un fuego constante, y esto aliviaba un tanto las penurias. Cortés mandó emisarios a Zocotlán para prevenir el arribo de la Armada. Allí les recibieron de mala voluntad, regateándoles sustento y excusándose de su descortesía.

-Moctezuma se enojará cuando sepa que nos atendieron sin su licencia -arguyó Malintzin, ya su panza muy creciente.

El cacique Olintecle contó cómo habían cimentado Tenochtitlán sobre las aguas de tres grandes lagos. Aguilar tradujo su parte a los comandantes.

-Sólo se puede pasar de una casa a la otra por puentes. Tienen azoteas y mamparas que forman pequeñas fortalezas. Para entrar a la ciudad hay tres calzadas, cada calzada tiene cuatro acueductos. Sobre estos canales erigieron puentes de madera que al alzarlos, cierran por completo el acceso de cualquier ejército a su interior.

-Y del oro, ¿qué nos puede decir? -le secreteó Cortés a su amante.

-Mucho tienen, y piedras riquísimas llamadas chalchiuis.

Olintecle acechaba los caballos y las armas de los invasores. De vez en cuando le hacía a sus esclavos extrañas indicaciones mudas. Los siervos recogieron unos cántaros de agua que habían servido antes de que los Barbudos pudieran beber de ellos. A este acto repentino le siguieron otras groserías y ofensas.

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