Exceso de tequila – Capítulo 27

Aún faltaba ver el esplendoroso interior de Tenochtitlán. Apenas se despertó, Cortés envió a sus traductores con diez jinetes escopeteros a avisarle a Moctezuma que se adelantaría a Tlatelolco. Mocte le había pedido que esperara un par de días para aderezarlo pero la impaciencia se apoderó una vez más del capitán. Xicotenga había insistido en que era vital recorrer sus “adentros”.

-Ellos han tendido miles de trampas que querrán ocultar a vuestros ojos -le dijo a Cortés.

Era día de mercado y fiesta de Huitzilopochtli. Estas circunstancias contribuían a aumentar la fascinación de los extranjeros. Moctezuma recibió con regocijo a los emisarios del Malinche. Los tenochcas habían levantado apresuradamente las picas anti-bisontes y los parapetos ocultos, arrearon a los montes su ejército de Tigres entrenados. La trujamana elogió las cualidades de Orteguilla y enseguida los hechiceros de Mocte lo interrogaron severamente. El paje converso se defendió con citas bíblicas impenetrables para los mexicas.

-Ya se comprenderán. Demasiado tiempo demanda atrapar las verdades nuevas que traen los extranjeros -comentó Tenépal.

-Ven, acompáñame a los estanques. Nos daremos un baño de novela -la incitó Mocte.

Se coció entonces gran parte de la Conquista. Malintzin, además de acariciarlo con tacto firme y masajearle la verga, le dirigió palabras reconfortantes.

-Díme, noble princesa tabasquina, ¿cual es la mayor debilidad de los teúles?

-La cicatería los lleva a la sinrazón. Es facilísimo generar rencillas entre ellos.

La lengua le besuqueaba el ombligo, los testículos, las caderas y las nalgas.

-¿Y en su organización militar? ¿Tú crees que es posible hurtarles las armas?

-Andan muy apercibidos, pero si los distraes con oro, nanacastes y ungüentos amarillos, toda su disciplina se resquebrajará.

-¡Ah, pícara! Sé mi espía y te recompensaré como a una Diosa -exclamó el Emperador mexica, vertiendo sobre sus cabellos morenos agua mágica, purificada por Huitzi. Luego de embarrarse los cuerpos, él oyó los latidos de su vástago.

-Y éste, tu hijito, podría ser mi sucesor.

Un rato después, con Moctezuma eyaculándole en la boca, se concretó la parte feliz de la última visión de Malintzin.

La Armada se alistó en la entrada oriental de la ciudad. Coadlabaca guió a los Jefes-Barbudos hacia el centro del mercado. Multitudes de mexicas se arracimaban a los costados de una vía ancha que había sido despejada para el libre desplazamiento de los caballos. Igualmente los capitanes debieron bajarse de los animales, quienes se asustaron ante el vocerío permanente de los tenochcas. El Malinche inició su paseo por los puestos de orfebrería. Todos estaban muy ordenados, sus mercaderías exhibidas con gran prolijidad. Detrás de los artesanos alzaban escenarios de venta de esclavos, quienes eran rematados con colleras en los pescuezos. Los españoles luego cruzaron sectores de indumentaria, alimentación (se destacaban los cacahuateros y productores de cacao), y tiendas que despachaban ocote y leña. Hicieron tratos con los tenedores de amal, y desde luego, para suma satisfacción de Cortés, con los tabaqueros.

Al final de la recorrida ingresaron a los juzgados indígenas, donde los alguaciles de Moctezuma los aguardaban para oír sus comentarios. Los capitanes encomiaron el concierto con que estaban expuestas las mercaderías.

-Lo único feo son las cadenas que atenazan a los esclavos. Nuestros herreros funden grillos cómodos y seguros para los infelices. Así como los tenéis acogotados, sus rostros se vuelven violáceos y los compradores se amilanan -dijo Alvarado.

-Debéis levantar más puestos de entretenimiento, riñas de gallos y exhibiciones circenses. En los mercados de Tabasco había más agitación y entusiasmo. Tanto orden y regulación de precios puede ser contraproducente -añadió Cristóbal de Tapia, el contador de la Empresa.

El viejo Heredia calmó a los alguaciles tenochcas contándoles sus travesías por insignes ciudades del Viejo Mundo.

-Recorrí batallando casi toda Europa, y puedo asegurar que vuestro mercado es único e insuperable. Roma y Constantinopla son magros villorrios al lado de esta espléndida Tenochtitlán.

Ecos del cortejo de Moctezuma se oyeron en el estrado de Justicia Mexica, redobles y gritos que percutían en las paredes. El Emperador había mudado sus atuendos. Llevaba una camisola púrpura hasta la cadera, desnudas sus sólidas piernas rematadas con botas de guerra. Cortés estudiaba un caso de exención de impuestos que le habían traído los jurisconsultos locales. Era engorroso mas le exigieron su intervención.

-Me parece que deben proceder de otra forma. Allí las leyes son severas y a este príncipe le hubiésemos bajado los humos hace rato. No permitimos que los mercachifles se amparen en privilegios vetustos, y mucho menos en tiempos de crisis. Propongo que pague todos los años atravesados, y si no tiene con qué, embárguenle su pesca -juzgó el capitán.

La impactante muchedumbre mexica le abrió paso a Moctezuma. Fray Bartolomé se acercó a los capitanes.

-Tengo unas ganas bárbaras de rezar. Ver tantos salvajes me desespera. Pídanle licencia para levantar hoy mismo una iglesia.

Doña Marina le aconsejó a su amante que no era prudente concretar tal proposición.

-¡Que los clérigos oren al final del día, en sus celdas y delante de sus cruces de oro! Aún no conviene herir su susceptibilidad. Demuestra interés por sus creencias, así conquistarás su amistad para luego sí, una vez que nos reconozcan como sus benefactores, derrumbar sus altares -le dijo.

Frente a frente, Cortés le habló a Moctezuma con los siguientes términos:

-Ya conocimos la esplendidez de tu ciudad. Guíanos ahora a tus cúes, a las fuentes de inspiraciones que procrearon esta rutilante capital, a la morada de los poderosos Dioses que la protegen

-Primero tengo que tratar el asunto con mis papas. Querido Malinche, Huitzi se puede enojar si dejamos que entres sin preparativos ni recaudos.

Los hechiceros se aislaron en un recinto privado para deliberar.

-Ya están aquí los teúles. Profanarán nuestros altares y se reirán de los monumentos. Para mí el jefe es Quetza disfrazado, por más que su lengua lo haya desmentido. El destructor de los pueblos será uno de nuestra raza, una figura superior a la de Tlacaélel. A sus pasos, le sucederá una era de paz inacabable. Moriremos batallando, como corresponde a un mexica -abrió la sesión el Brujo-Principal, renuente a aceptar el origen latino del conquistador.

-Démosle una oportunidad. Sus maneras han sido amables, y quizás desea reconciliarse con el panteón que lo deportó. Sahumémoslo antes con nuestra hierbas más potentes. Su corazón se emblandecerá y recuperará la memoria. Las historias de sus papas son rebuscadas y están repletas de embrujos de baja monta -habló su segundo.

-Que ingresen pues. Si ofenden a Huitzi él los castigará -definió un tercero.

Orteguilla anunció la respuesta positiva de los sacerdotes. Los españoles, durante la espera, cataron el tabaco que había adquirido Cortés. Moctezuma tomó la mano del capitán y lo instó a emprender el camino a Tlatelolco, a los cúes altos. Los rumores y zumbidos de la plaza los acompañaron mientras marcharon rumbo a la sierra. Desde arriba se señoreaba toda la tierra, las lagunas pletóricas de canoas, los puentes macizos de trecho en trecho, las blancas azoteas refulgentes, el hormigueo constante del mercado. Los comandantes escalaron una torrecilla encabezados por los papas. Allí sonaba todavía el ruido de la ciudad. Derivaron a un apartamiento-terraza enquistado en la montaña. Magníficos se presentaron dos bultos enormes. A la derecha, Huitzilopochtli, gordo, de rostro ancho, ojos sumidos en espanto, pegados a su cara con engrudo. El material sirvió para adherir al resto de su cuerpo perlas, aljófar y piedras de oro. Dos serpientes se ceñían a sus hombros, mirando disformes al universo. El Dios estaba armado con arco y flecha. Un ídolo pequeño, molestándolo como un crío juguetón, se abrazaba a sus muslos. Los papas explicaron:

-Es su paje, le suministra armas cuando fallan las suyas. ¿Ven su collar? Acerquénse.

Los rostros de sus cuentas eran de caciques vencidos, y en los braseros que colocaban a sus pies ardían tres corazones tlascaltecas.

Las paredes del cú se habían ennegrecido con costras de sangre, y el lugar despedía un hedor horrendo. El bulto de la izquierda era Tezcatlipoca, hermano de Huitzi y “Señor de los Nanacastes Infernales”, según la traducción de Malintzin. En su faz de jabalí relumbraban sus ojos de tezcal. El Brujo-Principal dijo:

-Los ánimos de los tenochcas están bajo su dominio.

Los teúles se tapaban las narices pero el aire estaba atiborrado de una hediondez que les causaba arcadas. Fray Bartolomé y sus clérigos retrocedieron y bajaron la montaña a toda prisa. Cortés solicitó permiso y fue a vomitar tras el Dios de las sementeras y frutas, mitad hombre, mitad lagarto. En torno de su tronco de oro hinchado con semillas los Barbudos hallaron cierto alivio a su malestar. Los papas tañeron un atambor que resonó funesto en el aire, propagándose su sonido tres leguas a la redonda. Repuesto un tanto Cortés, esforzándose por mantener un talante cordial, se dirigió al Emperador, quien miraba una estampita de María junto a Tenépal:

-Señor Moctezuma. Tus dioses apestan y obran cosas espeluznantes. Házme el favor de armar un aparato donde colgar la imagen de Nuestra Señora y ya verás el pavor que le tendrán tus ídolos. Vives engañado y sólo pretendo desenmascarar la farsa de tus papas.

Unos guardias de Moctezuma fruncieron sus semblantes y tomaron unas porras amenazantes. Mocte, bastante ceñudo, replicó:

-Has deshonrado a Huitzi, vil extranjero, ni te imaginas todas las mercedes que me concedió. Véte, si quieres. Sólo deseo que no lo ultrajes más. Yo me quedaré a reparar el gran tatacul que he cometido al permitir vuestro ascenso a este sitio sagrado. Lo adoraré con suma devoción.

Alterado, el Emperador dio la espalda a sus invitados y se prosternó ante el altar iniciando un rezo retraído. Los capitanes ya estaban abajo, al borde del lago de Tezcoco. Malintzin ensayó un tímido perdón en nombre de sus Amos. La boca de Tezcatlipoca tembló con las vibraciones del atambor, sus colmillos mordieron las almas de los tlascaltecas sacrificados. En cántaros y tinajas de barro habían cocinado sus cuerpos, y en el suelo de aquel cú yacían navajones y rimeros de leña. No terminaron de observar los Barbudos todo el adoratorio, las mansiones de los papas, su alberca de agua provista por un caño encubierto que nacía en Chapultepec.

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