Exceso de tequila Capítulo 7

Cortés, insomne y ebrio, volvió tarde de sus cacerías por el norte. Los españoles perseguían a uno de los héroes nativos alabados por el cronista. El cacique Hatuey se rebeló a su dominación, flecheando a muerte a veinte hijos de Castilla, vejando dos mujeres “del otro mundo” y saqueándoles el ganado robado en una primera oportunidad por ellos. Todavía no habían podido derrotarlo, lo estaban cercando lentamente. Ya se habían suicidado unos cuantos caciques renuentes a aceptar los dogmas cristianos. El sacrificio de pueblos enteros se había detenido un poco. Y no podían quedarse sin esclavos, como le pasó a un capitán que mató a todos los suyos en menos de una semana, hundiéndolos en los aires asfixiantes de unas minas.

En la oscuridad, sentado tras una quincha, el poeta frustrado, a la vez que militar exitoso, dirigió las pupilas a su botín: unos anillos de calabrote hechos con plata quemada. La luna los lustraba con una capa de refuerzo, tan fuerte que lo encegueció. Cuando abrió sus labios para beber, la copa de ron se tornó transparente, y pudo ver a Montejo convocándolo al sueño, a la confortable cámara que ocupaban los guardias personales de Diego Velázquez, gobernador tirano de Cuba.

-¡Ve, tú! Aquí está confortable la noche, y quiero meditar un rato -exclamó Cortés.

El licor le provocaba añoranzas. Hernán, ya entrenado en asesinar con desparpajo por el mismo regente, recordó sus años en la Universidad. Se preguntaba cómo pudo dedicarse a estudios tan ruines, propios de débiles ventajistas. La isla edénica, por más que estuviera regada de cadáveres, era una invitación a saciar desde la ambición más ilimitada de poder hasta la sed de crímenes y oro más degradada. Y esa faena sólo podían cumplirla hombres como él. En todo caso, la sangre del Redentor lo salvaría y todo lo hacían por su causa. Las riquezas obtenidas estaban destinadas a acrecentar la gloria de Jesucristo.

Tras vaciar su cáliz plateado hasta la última gota, Cortés observó al joven soldado religioso, copista de profesión, esparcir la tinta en su secante de hojas de maguey. Se acercó a platicar con el simpático muchacho al que apodaban Cominos.

-¡Es ridículo evangelizarlos! -le espetó.

Correa escupió su tintero y apoyó suavemente la pluma sobre los pliegos que garabateaba. Sopló uno de sus candiles y sonrió beatíficamente. No estaba compenetrado con los episodios de barbarie que se disponía a narrar, y debía contrariar al atrevido capitán.

-Esos comentarios lo pueden llevar al Infierno.

El cronista escrutó profundamente la mirada de Cortés. Su réplica lo había incomodado.

-No es difícil paralizar a los mamados de su calaña. Quédanse petrificados ante cualquier respuesta, parecen niños dubitativos -agregó Correa, quien no deseaba incursionar en teorías religiosas.

-¡Bah, Cominos, jamás entenderás un comino! -le gritó desdeñoso el capitán soñoliento.

-Ya ingirió bastante, capitán. ¿Qué pretende? Son corderos inocentes, y nosotros, sus degolladores… -comentó Alvaro recogiendo sus instrumentos de escritura.

De su mesa de trabajo, Cortés levantó una máscara de tigre tallada en madera de zompantle: orejas puntiagudas, colmillos aguzados, fauces amplísimas, ojos movedizos de percal y nariz cilíndrica, pómulos turgentes. Se enmascaró con ella y le aulló suavemente al cronista.

-Sí, se está viendo en un espejo. Esta imagen diabólica no es un juguete. Pero mejor lo conversaremos en otro momento. Usted es letrado y cuando vuelva a estar en sus cabales, ya no me provocará con sus bravatas. Y sepa que hasta la reina Isabel estaba a favor de tratarlos mansamente. Buenas noches -sermoneó el Cominos mientras Cortés se desenmascaraba, con una sonrisa instalada en su pálido rostro.

El escribiente se retiró santiguándose.

A Cortés se le soltó la memoria. Asimismo se le desataron hondas nostalgias. Travesías envolventes por mares embravecidos, las revueltas de soldados de brutalidad colosal, espectáculos de codicia asombrosa, espíritus de indios acuchillados que se infiltraban en su piel. Sus ojos habían contemplado mucho más: tormentos y tormentas monstruosas. Vaginas lisas y menudas de caribeñas violadas, horadaciones faciales que contenían enormes ruedas de oro, las camisas de las ultrajadas labradas a roquete; todo se le presentaba en una súbita sucesión. Las cumbres reverberantes del cerro Grande copulando con el cielo, el chorro de nieve depositado en su pico más extremo, siempre mezclado entre las nubes o acariciado por la niebla. Ningún español arribó a su cima, donde viven los ídolos de los indios. Allí los dioses reciben el humo de las entrañas asadas por sus adoradores.

Los ídolos venerados estaban enojados. Hartos de las fragancias que emanaban los ancianos inútiles sacrificados para complacerlos, desairados porque no les mandaban el perfume de corazones más jóvenes, de niños angelicales u hombres íntegros, las aleonadas divinidades enviaron a los barbitontos bestiales. Este tema trataba el Consejo de Guerra convocado por Hatuey. El anciano-Brujo principal se sentía amenazado por las camadas emergentes. Contradecía todos sus pareceres y petardeaba sus proposiciones. Vociferaba con el bezo caído, tanta fuerza ejercía el espejo enclavado en las ternillas de su nariz:

-“Una rigurosa selección de las víctimas no va a mejorar nuestra situación. Esas son cosas por debatir en etapas de prosperidad. Aquí nos están acorralando con sus caballos y explosivos. Su hedentina pudre la tierra sagrada y envenena nuestros alimentos. Estamos ante la muerte, bien cerca la tenemos, de nada nos servirán urgentes cambios en nuestros ritos. Debemos salvar a Pochotal, es uno de nuestros mejores arqueros y no lo podemos desperdiciar. ¿Cómo nos defenderemos si eliminamos a este guerrero tenaz, que vale por cincuenta de ellos?” -arengó el hechicero.

-¿Y si huimos? -propuso enseguida un Joven-tigre escurridizo. -Sí, dentro de un rato, los sorprenderemos con nuestras porras y saetas, y a otro asunto. Ya descubrieron nuestro peñasco, y pronto llegará más caballería. La única opción es guerrillearlos, moviéndonos constantemente.

El condenado estaba atado a un poste de caoba con sogas de caña. Los verdugos tenían sus antorchas encendidas. En las penumbras de la cueva, los espectros del Tigre Supremo del Cerro Grande aguardaban por su porción de carne humana. Hatuey procuraba aquietarlos con huesos rescatados de su última entrega: dos viejas contagiadas de la enfermedad extranjera. Las habían escogido para que el ídolo reconociera el sabor de los invasores, y feneciera, infectado con el virus español, si acaso no los doblegaran en batalla. ¿Cómo corroborar que era el mismo Tigre el que enviaba a los cochinos europeos para manifestar su disgusto?

Tam tam de tambores. Corrientes de aire azotaban las llamaradas. Pochotal advertía cómo se aproximaba la boca de la Muerte; hasta podía adivinar las características de su Culo, y cómo era lanzado después al Vacío. Entretanto, faltaba sólo que el líder rechazara las súplicas del Brujo.

-¡Vamos, anciano, en verdad tú temes ser el próximo! -le dijo Hatuey, antes de agazaparse, golpearse repetidamente el pecho con los puños cerrados, emitir un par de alaridos estremecedores y gobernar las teas, soasando al guerrero.

Apenas se carbonizaron los huesos de Pochotal, el comando de Hatuey salió a atacar los campamentos de vigilia españoles, haciendo bastantes estragos, tal como lo había propuesto el Joven-tigre, y así los insurrectos acosados lograron escaparse a una fortaleza más segura cerca del pueblo de Guanajay.

Cortés ya poseía más de doscientos esclavos. En cinco años de intensa acumulación de metal y tierra, y gracias a los cuantiosos despojos que había rescatado junto a Velázquez, logró que su capital ascendiera a cuatrocientos mil ducados de oro. Varios sueños habían conmovido al capitán. La resaca, aún dormido, se expresaba en la palidez de sus facciones, en la vibrante acústica de sus ronquidos. En una de sus pesadillas, el rey Carlos V le daba la autorización oficial para explorar la tierra firme, maravillosa y virginal, que se proyectaba hacia el oeste. Reunido un ejército impetuoso y con un arsenal apropiado, el asombroso reino de México, al que tanto se referían los aborígenes cubanos y de otras islas vecinas, estaba a su alcance. Grijalva y Córdoba lo habían buscado vanamente, y él no fallaría. Se cumpliría la popular sentencia “la tercera es la vencida”. Claro que para conseguirlo estaba obligado a derribar unas cuantas cabezas, y su ensueño adquiría un tono horroroso cuando se veía sacudiendo sus brazos para salir del lago de sangre donde lo rodeaban los rostros sin cuerpos de los degollados, mostrando dientes afilados y dispuestos a vengarse de sus crueles acciones.

Cortés se rascó la oreja izquierda. Su torso yacía desplomado sobre el escritorio de Correa. Roncaba tan fuerte como los potros, su ropa despidiendo los suaves efluvios del ron. Su compañero, Juan Xuárez, lo estaba buscando. Pedro de Candía, el despensero, le informó que le había cambiado un brazalete de oro por un tonel de caña, tal era su estado de inconciencia, y que debía estar tumbado por algún lado, embotado en una dura borrachera.

-Hernán, por Dios, despiértate -lo sacudió el granadino, quien había arribado a Santiago para compartir con él un repartimiento.

Hernán tardó en reaccionar. Quería regoldar pero no podía. Las borrosas acciones que emprendió en sus fantasías aún repercutían en su memoria. Las venas de su cuello latían velozmente. La panza le pesaba un montón. En Santiago de Cuba padecía de un aburguesamiento espantoso. Ni necesitaba desplazarse para juntar sus riquezas, y él era un hombre inquieto. Ya parecía otra vez el estudiante licencioso de otrora. ¡Cómo contrastaba su presente con la agitación que lo había sacudido entre sueños! Al saludar a Juan, se reflejaron en su mente los senos de su hermana menor.

-¿Cómo está la pequeña? -le inquirió, tomándose el vientre, lanzando luego con esfuerzo ostentoso un eructo liberador.

En realidad, esos pechos eran espejismos acolchados que también pretendía conquistar.

-Ven, nos está esperando para ir a las playas. Ya es el mediodía y los clérigos te retarán si te encuentran aquí -contestó Xuárez.

Un té preparado por Peñate lo ayudó a superar la ebriedad. Luego se consolidó en su pecho el deseo de concretar la hazaña soñada, y se lo contó todo detalladamente a Juan.

-El rey no lo dudará. Sólo te falta reunir una buena flota -lo alentó su socio.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *