La educación de Neanderthal

Nada de juguetes modernos, videos de entretenimiento, salidas a parques de diversiones con máquinas automáticas. Poquísima televisión. Bastante deambular por las calles, acompañar al padre en su rudo trabajo, corretear en albañales cazando ratones o gatos. No conoció guarderías o jardines de infantes, maestras pegajosas o canciones dulces. Botella y Tita quisieron darle una infancia tosca, querían que aprendiera de pequeño que la vida es una constante superación de sí mismo y que se pueden presentar contrariedades y desazones. Debía hacer honor a su nombre, “hacerse de abajo” con su sola fortaleza espiritual y su inteligencia natural. Los hermanitos fueron adiestrados para tratarlo con rudeza y no le consentían ningún capricho. Como buenos diablitos que eran, aprovecharon la situación para mortificarlo y hacerle difíciles las cosas, molestándolo especialmente cuando comía o dormía. Neanderthal no lloraba, aguantaba con temple severo las pullas y torturas psicológicas de Peteco y Nadia, pegándoles incluso de vez en cuando un coscorrón, sin importarle su inferioridad física, y aplicando mordiscos y arañazos feroces.

Con su donaire salvaje pronto Neanderthal se ganó el reconocimiento del barrio. Algunas personas, para abreviar, lo llamaban ‘Nano’ o ‘Bestia’. Otros lo desafiaban a pelear amistosamente, le proponían ir a arrojar piedras a policías y mendigos malos, o directamente lo incitaban a que asaltara turistas. Pero Neanderthal cultivaba una moral estoica, tenía una gran intuición para detectar a los hombres miserables, y cuando consideraba que le hacían una proposición infame reaccionaba mordiendo los órganos sexuales de quienes procuraban aprovecharse de su inocencia. Conversaba mucho de estos casos con su padre porque se le presentaban a diario.

Neanderthal poseía una facilidad enorme para adquirir buenas y malas palabras, distinguiendo unas de otras adecuadamente. A los cinco años, Wilson le enseñó a leer y enseguida fue capaz de consultar su propia historia, y la del universo entero, en las esciclopedias hogareñas. También desarrolló una notable aptitud para hacer cuentas y ayudaba a Estefanía en la economía doméstica. Con estas dos habilidades no necesitó acudir a la escuela primaria. Los genes autodidactas de Botella fueron transferidos a Neanderthal, además de su pasión por rasquetear conocimientos de libros viejos y baratos. Su entendimiento se esclarecía extrañamente a través de un saber rancio, en la medida que rehuía de las noticias y las modas, de toda convención social.

Ciertos vecinos se escandalizaban por la falta de modales de Neanderthal, reprochaban a los padres que estaban criando un animal. Es verdad, el niño no se destacaba por su cortesía, su pulcritud o el respeto por el orden público, pero compensaba con holgura estas carencias con su carácter abierto y despojado, un desaseo que cautivaba a chicas lindas y prolijas, y su compañerismo con las personas más pobres e indefensas del barrio. En realidad, hacía oídos sordos al “qué dirán”, y se guiaba por los meros impulsos de su cabeza y su corazón. Peteco y Nadia, viendo que se resistía a todas sus provocaciones, comenzaron a tratarlo con deferencia y participaban activamente en sus correrías. Elíos sí tenían tareas y compromisos escolares, por lo que protestaban en forma airada cuando sus padres les ordenaban cumplir con sus obligaciones.

-¿Por qué Neanderthal no va a la escuela, acaso tiene coronita? –preguntaban los hijos de Tita.

-Ustedes no se tienen que fijar en eso, él tiene sus propios problemas, debe ayudarme a mí en el trabajo y su educación será muy diferente –les decía Botella.

-Además, tendrán su premio cuando se reciban. En cambio él, pobrecito, será toda su vida un botellero –vaticinaba Estefanía, procurando sosegarlos.

Al fin de cuentas, más allá de cualquier conjetura sobre la formación cultural de Neanderthal, no es el nombre lo que le concede personalidad a las personas. Un Neanderthal vale tanto como un Agapito o un Raúl, y su camino en la vida, sus conductas en la existencia, dependerán de sus ganas y su astucia.

A los ocho años, las aspiraciones de Neanderthal se reducían a dejarse caer en un buen colchón, despiojarse pacientemente y dialogar con su padre. Esos eran sus momentos más felices: ninguna idea de progreso o mejoría económica cruzaba por su mente. Le parecían aburridos los pibes que tenían juguetes relucientes, un hato de maricas los que se iban a colonias de vacaciones y unos chotos los que iban agarrados de la mano de su mamá o su papá.

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