la Kenyon Review y otros asuntos

Era bueno ser joven pero yo no lo sabía, un tonto hambriento, terco más allá de toda razón, leyendo aquella torre de literatura de terror, la Kenyon Review. De algún modo admiraba sus presumidos juegos mundanos, su innata docilidad. Yo era de clase baja, depravado, un espectáculo, un esclavo disoluto que se veía extrañamente encantado por sus juegos mezquinos, su cólera segura, su escudo de ignorancia; para leer esta revista y otras y luego retornar a mi pequeño cuarto o los bares nocturnos (la mayoría de las veces), para encontrar otra especie: cuerpos apaleados, ojos legañosos, pendencieros, gorgojosos, y uníame a ellos en su danza decadente.

El trago atempera nuestra derrota, nos enciende, nos calienta. Nuestro único desafío reside en nosotros mismos, nadie puede hacer nada contra nosotros. Animado y enloquecido por el alcohol, jugaba en los callejones: estos toros, aquellos osos, esos estúpidos bastardos, y eran buenos en la pelea y yo no era tan malo. Era cuestión de hacerlo, continuar y nada más. Nuestro espacio era pequeño y un poco incómodo. Al día siguiente había que volver a la biblioteca con un ojo cerrado, un labio hinchado, los dedos despellejados, la muñeca dolorida y ardiendo como el infierno. Para atravesar más páginas, y encontrarlas cada vez más magras, cada vez más y más, como alas finísimas que no pueden recibir una luz fuerte, estaba atrapado entre la nada y la nada, me sentaba en aquella mesa de la biblioteca fluctuando entre el suicidio y la aquiescencia. Ya no era más joven; era más viejo que los siglos. Cerré el último libro; la última revista luego. Salí de ahí. Las calles fueron todo lo que ví. Caminé por ellas.

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