La vida militar de Hugo Silva

Los pacos abusaron de mil maneras de los hermanos Silva, y lamentablemente les hicieron sentir lo mismo que habían padecido con las palizas memorables de su padre. Pero las cosas eran mucho peores: Hugo estuvo metido en un pozo durante una semana, alimentándose con migajas de barro y agua, tras lo cual perdió 25 kilos, castigado por envalentonarse y responderle a un capitán que “no sabía nada de los pobres y de la vida salvaje que había llevado, que era un simple milico, un hombre al que le pagan para asesinar a su pueblo, incapaz de pensar por sí mismo”. La lengua se le soltó y le dijo muchas cosas más, consideradas una más irrespetuosa que la otra.

-Ya le voy a sacar las mañas y esos aires de bravucón, Silva, se va a acordar de mí para toda su vida, y no le corto la lengua porque me da lástima –le replicó el capitán, antes de ordenar a dos cabos que lo estaquearan en el establo.

Hugo sobrevivió porque era uno de los soldados más aptos para realizar las tareas sucias del Ejército chileno. Era un excelente limpiador de cloacas e incinerador de cadáveres, así cómo sabía rapiñar viviendas desalojadas por la autoridad –por lo general, pertenecientes a “terroristas”-. Es muy cínica esta cuestión del terrorismo, de endilgarle al otro lo que uno es, especialmente cuando la calificación viene por parte del estado o de las fuerzas armadas que supuestamente lo representan y lo defienden. La hipocresía de los países considerados potencias mundiales, es decir imperialistas, repugna y llega a límites rayanos con la villanía más ruin. Su maldad es totalmente caricaturesca, y a la vez cierta, ya que son quienes gobiernan el mundo, quienes han llevado al caos medioambiental y al cambio climático, al relativismo moral absoluto. Hoy ejercer el terror es un hábito cotidiano de estas potencias, y ello se cristalizaba en Chile, donde el golpe fue abiertamente fraguado por la CIA, y en este caso, estaban cometiendo delitos y ejerciendo violencia contra un pobre diablo que se las arreglaba para componer prendas y telas militares.

Hugo había aprendido a resistir de su padre. Una vez lo había visto arrastrándose por el suelo, siendo pisoteado y escupido por una banda de pacos. Con los más débiles suelen desatar todo su sadismo. Presenció largas escenas de tormento soportadas estoicamente por su progenitor, quien se empacaba y no actuaba según los deseos de sus flageladores. Sólo de esa manera podía comprender y perdonar lo que había hecho con él y sus hermanos, simplemente repetir lo sufrido y descargarse con sus seres queridos en un patetismo innoble. Todos los días escuchaba tiroteos y aullidos de víctimas de torturas, como si viviera en un estrecho departamento en plena base de Guantánamo. Inclusive, desde el pozo en que lo habían sumergido pudo atisbar con los oídos el lamento desgarrador de su primo Alejandro, reconociéndolo por su vibración y porque al final de la sesión el capitán fanfarroneó: “¡Ese Silva ya no va a joder más, hay uno menos!” Cuando lo escuchó su sensibilidad flaqueó levemente y se le derramaron lágrimas en un torrente veloz. Estaba muerto de sed, así que bebió de ellas y la sal recompuso su garganta. Una hierba descartada por una lagartija cayó en el pozo y fa recogió con la boca abierta, siendo éste su único alimento nocturno.

En la semana hubo dos días de lluvia intensa que lo obligaron a mantenerse a flote con diversos soportes. El pozo tenía un diámetro de cuatro metros y se anegó fácilmente. Por suerte el viento arrastró unas ramas y pajas con los que aparejó una pequeña isla que sostuvo su cuerpo alejado del agua sucia. Sin embargo, los cigarrillos se le arruinor y lamentó mucho la pérdida. Un cabo se apiadó de él y le arrojó tabaco viejo y con gusto a huevo podrido. Tosió como un condenado, ya que se hallaba en tal condición como nunca en su vida, tanto que comenzó a pensar en la muerte, y en lo que le diría a San Pedro antes de reclamarle la entrada al paraíso. “Siempre fui pobre y maltratado, acuérdate de la obra y las palabras del Señor Jesucristo. Es lo único que tengo que decirte, querido San Pedro, siempre fui humilde y cumplí con tus preceptos“. E imaginaba la contestación del santo: “Por supuesto, Huguito, tú te lo has ganado a puras macanas y sinsabores. Eres un buen hombre, tienes muchos nietos que te están llorando en este momento. Te querían un montonazo“. Vio con claridad su propio entierro, sus hijos deambulando distraídos, indiferentes a la ceremonia y reacios a cargar las manijas del cajón, que eran sostenidas por sus enclenques compañeros de bochas. Hugo apenas tenía 20 años, y toda su vida pasó como un relámpago delante de sus ojos, envueltos en la oscuridad del pozo húmedo. Estaba contemplando su porvenir cuando oyó los pasos del capitán que se aproximaban al hoyo, seguido por unos carabineros que llevaban sus armas lustradas y tintineantes. Era el fin, la liberación, la salvación y la despedida de un mundo cruel y miserable. El capitán se asomó y vio a Hugo recostado panza arriba en su islote, soñando con el trasmundo.

-¡Ey, Silva, despiértese, vago del demonio! –le espetó el capitán.

Parecía que sus tormentos continuarían, al menos hasta ser llevado delante del pelotón de fusilamiento. Hugo abrió los ojos y la luz de una linterna lo encegueció. Hugo pensó que pronto aparecería San Pedro.

-Vamos, hombre, ¿ya se le pasaron las ganas de joder? –preguntó el capitán.

Entonces Hugo cayó en la cuenta de que todavía estaba en el pozo, y maldijo su suerte. El capitán ordenó a dos soldados que le arrojaran una soga, sujetándola previamente a una dura estaca. Uno de los soldados era Manuel, que estaba contento de ser el liberador de su hermano. La escalada por el pozo la hizo riendo fuerte y mostrando gran agilidad de piernas. El capitán permitió el abrazo de los Silva. Las lágrimas de los hermanos bañaron el uniforme caqui de Manuel y la camiseta hedionda de Hugo. Los otros soldados aplaudían y festejaban la salida del castigado. Sobrevivir una semana en el pozo no era moco de pavo. Sólo lo lograban personalidades fuertes y estoicas como la de aquel soldado, ya barbudo, que se daba maña para contestar a sus superiores y doblegar su voluntad.

-¿Y ahora, se le pasaron las ínfulas de contestón?

Hugo tenía la lengua reseca y los pulmones dañados, sólo le salió un hilo de voz para responder:

-Más o menos.

Los testigos lanzaron carcajadas y aguardaron expectantes la reacción del capitán.

-Muy gracioso, lo suyo, Silva, ahora va a pasar otra semanita en el pozo.

Hugo se hundió allí mismo, se encorvó y mostró cómo le sobresalían las costillas, otra semana allí acabaría con él. Manuel lo advirtió y amagó interceder pero su hermano lo interrumpió, siempre con voz fantasmal y apenas audible.

-Por favor, capitán, tenga piedad de mí. Mire que le puedo servir de espía y me las arreglo muy bien con cualquier trabajo rudo que haya en el campamento…

Hugo comenzó a agacharse y persignarse hasta caer arrodillado y lamer las botas del capitán, regándolas además con una mezcla de moco y gotas de llanto. Todos esperaban que se impusiera la misericordia. Manuel se acercó a su hermano y le levantó la cabeza para que mirara a los ojos al capitán, así apreciaría su condición patética.

-Está bien, llevátelo a la enfermería, que lo curen y descanse un par de semanas. Ya le voy a encontrar alguna misión, Silva. Es usted un buen hombre, un chileno de ley –dijo el capitán, avanzando hacia el conscripto humillado.

Le golpeó el hombro con su carabina y continuó caminando para dirigirse a sus aposentos. De esa laya eran los capitanes del ejército chileno.

Este y otros episodios de su vida en el ejército relataba Hugo a sus primos y familiares lejanos, revelando los detalles más escabrosos de su estadía en el pozo del campamento, hasta las cagadas de cerdos y chivos que se debió comer, cómo desobedeciendo a sus superiores logró salvar de la muerte a varios compañeros comunistas, dejándolos que se escaparan por debajo de sus sobacos para señalarles las vías de salida, su participación en la manipulación y conteo de cadáveres, donde losgró rescatar varios enseres domésticos y útiles para el hombre común. Amorío en una casa aristocrática.

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