Colchones Bon Orto

Ya Arraial es un bucólico recuerdo. Abandonamos el pueblo en la peor hora de canícula, se podía ver en las puertas de las tiendas a los dueños o encargados esperando una insólita venta. De nuevo Río nos recibe con su caos, cuerpos esbeltos y escenas llamativas. Tuvimos nuestros contratiempos habituales –cogida de ómnibus equivocado, ausencia del equipaje dejado en el hotel, etc.- pero nos repusimos con un baño, un coito y vodka dulcemente saborizada. Por la ventana de la nueva habitación puedo ver cómo desfilan mujeres negras alucinantes, cartoneros y automóviles imponentes. El colchón de la cama, además, es Bon Orto, lo que asegura comodidad y relax, e invita a fantasear con culos hermosos.

Dormir aquí es una ilusión, como imaginar que Dios perdonará nuestros pecados. Lo mejor es dejarse llevar por el ritmo de las escolas de samba que suenan fuerte durante sus ensayos. El omnipresente fervor religioso interfiere en nuestro delirio, tenemos que frenar y conversar seriamente.

-La corrupción brasileña es muy parecida a la argentina –sentencio.

-Sí, el gobernador de Brasilia fue filmado recibiendo coimas y a los ciudadanos que protestan contra su conducta y piden su dimisión los muelen a palos –afirma mi compañera.

-Encima, la concepción de vida capitalista se encuentra mucho más arraigada…

Ciertamente, los shoppings y los bienes materiales son fundamentales para la existencia de cualquier brasileño medio. La violencia de los bandidos es asumida como un rasgo colateral del sistema. La seriedad de la conversación se torna densa. Analizar la delincuencia es inútil. Nos tiramos en nuestros buenos ortos e intentamos cambiar de tema.

-Estoy harta del circo de miedo y terror, con tanta materia prima esplendorosa –dice Leila.

-Vamos a danzar –propongo.

-¿Conocés alguna disco?

-Está el club exclusivo de Copacabana, cerca del departamento de Eli y Joel.

Los llamamos por teléfono pero no responden.

-Deben estar ocupados con las mininas

Estas son la hija adolescente de Joel, de 15 años, y su amiga de 12, que están a punto de perder su virginidad. Nos invade una nostalgia tanguera. Puedo asegurar que volveremos a Buenos Aires con la frente marchita, más viejos, bronceados y pensantes…

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