El arado de la libertad

Cuando un hombre comienza con nada,

cuando un hombre comienza con sus manos vacías pero limpias,

cuando un hombre comienza a construir un mundo,

comienza primero por sí mismo

y la fe que se encuentra en su corazón-
la fuerza que reside allí,
la voluntad a construir.

Primero en el corazón está el sueño,
luego la mente comienza a buscar un camino.
Sus ojos están atentos al mundo,
al gran boscoso mundo,

a la rica tierra del mundo,

a los ríos del mundo.

Los ojos ven allí materiales para construir,

ven las dificultades también, y los obstáculos.
La mente busca un modo de superar estos obstáculos.
La mano busca herramientas para cortar la leña,

para arar la tierra y protegerse del poder de las aguas.
Luego la mano busca otras manos que la ayuden,

una comunidad de manos para ayudar,

así el sueño deviene no en el sueño de un hombre solo,
sino el sueño de una comunidad.
No mi sueño sino nuestro sueño.

No mi mundo solo

sino vuestro mundo y mi mundo,

perteneciendo a todas las manos que lo construyeron.

Hace mucho tiempo, pero no demasiado,

vinieron barcos a través del mar,

trayendo a los peregrinos y hacedores de oraciones,

aventureros y buscadores de tesoros,

hombres libres y sirvientes,

esclavos y amos, todo nuevo para un nuevo mundo

¡América!

Con velas hinchadas llegaron los galeones,

Trayendo hombres y sueños, mujeres y sueños.

En pequeños grupos unidos,

el corazón alcanzando otro corazón,

la mano alcanzando otra mano,
comenzaron a construir nuestra tierra.
Algunas eran manos libres

buscando una mayor libertad,

algunas eran manos sirvientas
esperando encontrar su libertad,

algunas eran manos esclavas

guardando en sus corazones la semilla de libertad,

pero la palabra siempre estuvo allí:
Libertad.

Profundo en la tierra fue el arado,

en las manos libres y las manos esclavas,

en manos sirvientas y manos aventureras,

turnándose varias manos en el arado sobre la rica tierra,

que plantaron y cosecharon la comida que alimentó

y el algodón que vistió a América.
Sonaban sobre los árboles las hachas de varias manos
que labraron y dieron forma a los techos de América.
Se zambulleron en los ríos y los mares los cascos de los botes

que movilizaron y transportaron a América.
Restallaron los látigos que condujeron a los caballos

a través de las llanuras de América.
Manos libres y manos esclavas,

manos sirvientas, manos aventureras,

manos blancas y manos negras,

sostuvieron y manejaron el arado,
manejaron hachas, manejaron martillos,

condujeron los botes y arrearon los caballos
que alimentaron, albergaron y movilizaron a América.
Así juntos por medio del trabajo

todas aquellas manos hicieron a América.

¡El trabajo! Del trabajo vinieron los pueblos

y aldeas que se transformaron en ciudades.
¡El trabajo! Del trabajo vinieron los botes a remo,

los botes a vela y los botes a vapor,

vinieron los vagones y los coches,

los vagones cubiertos y las diligencias,

del trabajo vinieron las fábricas,

vinieron las fundiciones y las vías del ferrocarril.

Vinieron los mercados y las bolsas, las tiendas y almacenes,

vinieron los productos poderosamente moldeados, manufacturados,

vendidos en tiendas, apilados en depósitos,

navegando por el ancho mundo:
de las manos trabajadoras blancas y las manos trabajadoras negras

vinieron el sueño, la fuerza, la voluntad y el modo de construir América.
Ahora estoy Yo aquí y Tú allá.
Ahora es Manhattan, Chicago, Seattle, New Orleans, Boston y El Paso,
ahora es los Estados Unidos de América.

Hace mucho tiempo pero no demasiado, un hombre dijo:
Todos los hombres fueron creados iguales,

dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables,

entre ellos el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de felicidad.
Su nombre era Jefferson. Había esclavos entonces,
pero en sus corazones los esclavos le creyeron también

y silenciosamente asumieron que lo que él dijo también era para ellos.

Fue hace mucho tiempo pero no demasiado, que Lincoln dijo:
Ningún hombre es bueno lo suficiente

para gobernar a otro hombre sin su consentimiento.

Había esclavos entonces también,

pero en sus corazones sabían que lo que él dijo

se refería a cada ser humano,

de otro modo no tenía sentido para nadie.
Luego un hombre dijo:
Es mejor morir libre que vivir como esclavos.

Era un hombre de color que había sido esclavo

pero que escapó a la libertad.
Y los esclavos sabían que lo que Frederick Douglass dijo era verdad.

Con John Brown en el ferry de Harper los negros murieron.
John Brown fue colgado.
Antes de la Guerra Civil los días eran oscuros,
y nadie sabía con certeza cuándo triunfaría la libertad,

‘o si triunfaría’ pensaban algunos.
Pero otros sabían que tenía que triunfar.
En aquellos días oscuros de esclavitud,
guardando en sus corazones la semilla de la libertad,
los esclavos compusieron una canción:
¡Mantén tu mano en el arado, resiste!
Esa canción significaba sólo lo que decía:

¡Resiste, la libertad llegará!
¡Mantén tu mano en el arado, resiste!
Fuera de la guerra, sangrienta y terrible,

¡pero vino!
Algunos dudaban, como siempre, de que la guerra terminara bien,
que los esclavos serían liberados,
o que la unión permanecería,
pero ahora sabemos cómo se resolvió todo aquello.
Fuera de los días oscuros para el pueblo y una nación,
ahora sabemos qué sucedió.

Había luz cuando las nubes de la batalla se removieron.
Había una gran tierra arbolada
y los hombres unidos como una nación.

América es un sueño.
El poeta dice que fue promesas.
El pueblo dice que son promesas que se hicieron verdad.
El pueblo no siempre dice sus cosas en voz alta

ni las escribe en papel.

El pueblo a menudo sostiene grandes pensamientos

en lo profundo de sus corazones,
y a veces sólo torpemente las expresan,
de manera vacilante y dubitativa las dicen,

y con lentitud las ponen en práctica.
La gente no siempre se comprende entre sí.

Pero siempre hay, en algún lado allí,
el intento de comprender y el intento de decir,

‘tú eres un hombre, juntos estamos construyendo nuestra tierra’.

¡América!
Tierra creada en común,

sueño alimentado en común,

¡mantén tu mano en el arado, resiste!
¡Si la casa no está finalizada aún no te desalientes, constructor!
¡Si la batalla no está ganada aún no te desanimes, soldado!
El plan y el modelo están aquí,
labrados desde el principio

en la urdimbre y el ladrido de América:
Todos los hombres son creados iguales.
Ninguno es bueno lo suficiente para gobernar a otro hombre sin su consentimiento.
Mejor morir libre que vivir como esclavos.
¿Quiénes dijeron aquellas cosas? ¡Americanos!

¿A quién pertenecen aquellas palabras? ¡A América!
¿Quién es América? ¡Tú, yo, nosotros somos América!
¡Al enemigo que podría conquistarnos de afuera le decimos No!
¡Al enemigo que podría dividirnos y conquistarnos desde adentro le decimos No!
¡Libertad! ¡Hermandad! ¡Democracia!
¡A todos los enemigos de estas grandes palabras les decimos No!

Hace mucho tiempo un pueblo esclavizado,

encaminándose hacia la libertad creó una canción:
¡Mantén tu mano en el arado, resiste!
El arado hizo un nuevo surco a través del campo de la historia.
En aquel surco se sembró la semilla de la libertad.
De esa semilla creció un árbol, está creciendo, crecerá por siempre.
Ese árbol es para todos,
Para toda América, para todo el mundo.
Sus ramas se esparcirán y crecerán, darán refugio

hasta que todas las razas y todos los pueblos conozcan su sombra.
¡Mantén tu mano en el arado, resiste!

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