El reclutamiento de Fausto

Había que pelear contra la colonización de las mentes, contra los aparatos modernos de los supermercados, los automóviles que contaminaban a la naturaleza, los infinitos e inmensos males y demonios que trae el hombre blanco en su sangre. Los nombres de los aspirantes sonaban duros y ásperos, propios de soldados eficientes:

Aucapoma: “El enemigo que le cortará la cabeza al tirano”.

Cachi:  “Persona aguda que desbarata fácilmente a la ingeniería y la inteligencia enemiga”.

Canqui: “Hombre de fina percepción que advierte la realidad de manera diáfana”.

Condorí: “El que no necesita conciliar con el extranjero”.

Challco: “El que maneja la honda y la porra con sorprendente habilidad”.

Choque: “Vínculo indestructible”.

Huañapaco: “Especialmente resistente por haber nacido en tiempos difíciles.”

Pacsi: “Hombre paciente que con sólo proponérselo, puede ocasionarle enormes daños a las personas que detesta”.

Pacohuanca: “Psicólogo y asesor emocional perfecto”.

Mientras Fausto anotaba esmeradamente las características principales de cada recluta –focalizando sobre todo su nivel de conciencia política- les aseguraba que participar de la historia dependía del principio de auto-identificación.

-Puede darse incluso el caso de un europeo que vive en un ayllu, que se identifica como aymara y respeta sus normas y tradiciones, ¿por qué motivo le diremos que no es aymara? Y con mayor razón un peón rural, un obrero fabril, un campesino, y un boliviano en Argentina. No hay que excluir a la gente por razones racistas -les decía.

En ese mismo instante unas ‘cocanis’ describían con fervor las características de su mercadería:

-Está buenísima, don Fausto, cada vez la cuidamos y aderezamos mejor, se disfruta y resiste la dureza de la vida –le declaró una india moza, bella y petisa.

Otra llegó más hondo a su corazón, al revelarle su situación:

-A nosotras nos vigilan más que a los grandes traficantes, la coca está cada vez más cara por la influencia de los europeos y de Estados Unidos, que quieren acabar ridículamente con nuestra cultura. En Salta y Jujuy abunda, pero a la capital no llega de la buena.

La hoja de coca representaba para Fausto algo sagrado, más aún que el alcohol. Su tío era médico y la empleaba como medicina para superar los males de altura, y para llevar tareas ciclópeas como las que hacen los mineros. Los sabios yatiris de su comunidad coqueaban cotidianamente y llegaba a calmar las sensaciones de hambre cuando las cosechas de papa salían mal.

-Qué bárbaro, mira cuánto que sabes de la coca –le dijo Fausto mientras la cataba entusiasmado, seguro de que jamás podrán aniquilar una planta de tanto valor.

La cocani habladora era alta pero más feúcha, graciosa e inquieta, captó rápido la mirada de Reinaga. Finalizado el reclutamiento de 23 hombres, le propuso pasear por los puestos de comida y de artesanías. Ella aceptó encantada la invitación. Durante el trayecto le explicó cuestiones básicas y principios elementales del sistema económico aymara.

-Nosotros nos basamos en la reciprocidad, detestamos el intercambio acumulativo capitalista. En el hecho de dar lo que importa es el beneficio del prójimo, no el afán de lucro personal. Y el prójimo siempre serán los más humildes, sólo así se puede vivir en justicia e igualdad. En la economía de nuestro pueblo se consideran las necesidades de todos los miembros de la comunidad, e incluso las de comunidades hermanas. Así, todos somos tributarios de todos y se produce el auténtico desarrollo comunitario. En nuestra cosmovisión, cuanto más participa uno en la reciprocidad por los dones que ofrece a sus semejantes, más participará del ser común, lo que redundará en una gran autoridad moral y reputación.

-Por supuesto, maestro, para nosotros la tierra es la madre, y si en ella hay coca nadie se la puede quitar a la gente que la trabaja. Mi comunidad es la dueña de sus tierras y decide sobre cómo se la ha de usufructuar, siempre reservándole lo mejor de la cosecha a la Pachamama.

El diálogo se tornaba jugoso y profundo, apuntaban a la esencia de la comunidad boliviana, como un lugar donde se podía vivir apartados de la naturaleza depredadora del capitalismo imperante. Fausto elogió al general Perón:

-Es un gran estadista, muy zorro y creativo, aunque me temo que lo combatirán de ambos flancos, tanto los yanquis como los rusos. El mundo hoy es bipolar, Cristobalina.

El punto de vista de ella no era tan positivo u optimista.

-Ser un militar argentino no es un gran atributo, pero si me dices que te ha ayudado y que te ha dado apoyo me saco el sombrero y me hago peronista en este mismo momento.

-No hace falta, procuraré que te conceda una entrevista, y ahí le plantearás tus dudas sobre su proyecto.

-¿Pero qué dices? Mira si el general se va a entrevistar con una vulgar cocani, yo estoy contenta aquí, con mi coca y con mis hermanos, mis padres, hasta a mis abuelitos tengo conmigo.

-Por eso mismo, a él le gustan chicas como tú, pensantes y emprendedoras, mírala si no a Evita, lo pujante y fuerte que es. Espero que esta enfermedad que la ha atacado pueda curarse porque su muerte sería una desgracia para el país –comentó Fausto.

-Volviendo a la economía, maestro, aquí hacemos lo mismo que allá, producimos lo que la familia necesita para consumir y con el excedente hacemos trueques con nuestros paisanos –dijo Cristobalina, a quien para ahorrar saliva, Reinaga bautizó Cristina, luego de darle un cálido beso en la boca.

Fausto se sentía un poco estupefacto con el éxito que estaba teniendo últimamente con las mujeres. Igualmente replicó:

-Mi amor, el compromiso en la sayaña y el trabajo en la aynuqa son uno, de hecho no existe la propiedad privada, este cuerpecito hermoso no me pertenece, es tuyo y es sagrado, yo lo tomaré porque estamos viviendo una historia única, en esta tarde de Flores, luego si viene un heredero, será fruto de nuestro encuentro y lo respetaremos hasta la adoración.

Así fue como Fausto concibió a su hijo argentino, diseminando su raza por los caseríos más bravos de Flores, sobre la avenida Varela. La experiencia argentina fue muy importante para su futuro político, aquí se cultivó y leyó hasta el cansancio libros de anarquistas y de filonazis, argumentando que los pensamientos extremos eran los únicos que cumplían sus propósitos, que la democracia liberal al estilo estadounidense era un modelo de gobierno abyecto por donde se lo mirara. Lástima que el tiempo no le dio la razón.

Fausto y sus acólitos se disfrazaron para hacer la travesía a Bolivia. Aparentaban ser comerciantes de poca monta, buscavidas con saberes ancestrales que les permitían conseguir cualquier conchabo. Además, iban con sus respectivas familias, cholas gordas y flacas, altas y petisas, que se la pasaron correteando por el tren mientras traquetearon por territorio argentino. Los varoncitos mostraban un porte más sereno y se dedicaron simplemente a contemplar el paisaje, permitiendo que el traqueteo del tren y el humo de sus tabacos, así como sus escupitajos de saliva verdosa por el coqueo, acompañaran la aridez de la tierra y el azul brillante del cielo.

En aquel ambiente Fausto ostentaba con orgullo su soltería. Le gustaba alardear de que manejaba su vida como quería, que ninguna chirusa o puta de barrio lo podía engatusar. Le habían salido unos bigotes que se los recortaba para afilarlos y dotarlos de dureza. Perón le había dado un salvoconducto con una identidad nueva: Asdrúbal Mamani, obrero de profesión y nativo de la isla de la Luna, aunque inscripto en la comunidad de Patapatani. Los gendarmes argentinos apenas si lo miraron y le preguntaron si viajaba solo.

-Sí, ¿cuál es el problema? –les espetó Fausto, enseñándoles su credencial.

El documento que le había dado Perón impresionó a los agentes de la aduana nacional. Era un carnet plastificado con un sello del gobierno y la firma del general, eso significaba que el viajero boliviano era un espía, algo insólito para los bisoños agentes.

-Vaya, vaya –dijo el que parecía ser el líder. -Voy a consultar con mi superior, aguarde un momento por favor –le dijo a Fausto mientras se dirigía a una pequeña casilla donde estaba el capitán con un secretario (golpeteando una máquina de escribir), y unas carabinas ferrugientas.

Cuando le acercaron el documento al gendarme que presidía el puesto, éste lo revisó y llamó de inmediato a la casa de gobierno. Hasta que pudo hablar con el capo de la SIDE, recién creada y que tenía numerosos genios de la seguridad y la información, mentes brillantes que habían abrazado el peronismo con fervor, pasaron diez minutos que Fausto aprovechó para fumarse un cigarro a la intempería, disfrutando del soleado cielo y de la naturaleza del ambiente desértico que rodeaba al paso fronterizo. Del otro lado de la línea telefónica, por fin se puso al habla Domingo Mercante, un lugarteniente de Perón que había trabado buenas relaciones con capos cómicos de la época.

-Sí, es correcto lo que me dice, Fausto Reinaga tuvo una entrevista con Perón y al general le cayó muy bien. No lo podíamos creer, le dijimos que era un vulgar comunista pero el tipo le resultó más que simpático.

El lugarteniente hizo una pausa, esperando algún comentario sobre el sujeto, siquiera unas palabras sobre su aspecto estrafalario. El gendarme hizo un silencio, aún asombrado por la protección del boliviano locuaz. Sus amigos ya habían sido habilitados y lo estaban aguardando del lado boliviano, con dos camionetas en las que habían cargado sus cachivaches y mercaderías. En la aduana sólo les habían retenido un chivo que tenía mal olor y espantaba a los niños y unas cadenitas de plata de uno de los mercenarios reclutados por Reinaga en Flores. Cansado de esperar Mercante ordenó:

-Déjelo pasar, por favor, que no quiero tener problemas con el general pero infórmele a las autoridades de su país que Reinaga ha regresado. Nada más que eso.

-Por supuesto, señor, haré lo que me indica enseguida –dijo el gendarme, impávido aún.

-Hasta luego, manténgame informado de cualquier novedad.

El gendarme colgó el aparato e hizo retroceder la silla. Salió de la casilla y le entregó personalmente a Fausto el salvoconducto. Cuando regresó a la cabina le dictó al oficial una carta de notificación a la Policía Nacional. Antes de abordar el camión, nuestro héroe se aprovisionó de empanadas y varios jugos fríos. Al pisar suelo boliviano un clima de camaradería y jolgorio se había adueñado del grupo. Las carcajadas y bromas cundieron por doquier, los combatientes de Fausto prepararon chicha durante el viaje, y lo hicieron con una habilidad sorprendente. Quedó riquísima y fresca, a pesar del día caluroso y la carretera polvorienta. Los paisajes que atravesaban eran estremecedores, y resultaban un oasis para los ojos llorosos de risa del grupo. Igualmente, cuando comenzó a anochecer cierto cansancio fue invadiendo a los viajeros. Algunos se pusieron a cantar, otros prefirieron dormir y unos últimos se relajaron con pensamientos austeros. Fausto se decidió a conducir uno de los camiones. Su experiencia como conductor había sido nefasta y quería probarse a sí mismo que era competente al volante. Además siempre se las arreglaba para figurar en la vanguardia y hacer los trabajos más pesados. Tenía por delante derrocar a un gobierno corrupto y violento, uno de los tantos que tuvo Bolivia en su historia, que era tan pútrida e infame como la del país vecino, que incluso le había ganado una guerra, y como consecuencia de ello, su salida al mar. Fausto pensaba en ello, que después de tomar el poder tenía que emprenderla con Chile, no podía concebirse y soportarse una injusticia semejante, tamaña violación a la soberanía de un país. Luego pensó en que la lucha debía plantearse a nivel continental, que era una guerra de razas como las que se habían dado en Europa. Y que él pertenecía a la raza más explotada y humillada, más relegada y aislada, que tenía una sabiduría y conocimientos especiales, pero que no impedían que estuvieran cada vez más pobres y débiles, consumidos hasta los huesos en algunas regiones. Sus experiencias en Buenos Aires habían sido un paréntesis en su vida, reconoció su dinámica capitalista y consumista, pero también estuvo en estrecho contacto con aspectos interesantes de la cultura occidental, como el tango y el peronismo, la poesía y el fútbol. Y las carreras de caballos en el hipódromo, y la naciente televisión que iba a agravar el problema de la desinformación y la incomunicación de los seres humanos… En todo ello cavilaba Fausto. Para mantenerse atento coqueaba y tomaba mate, con la ayuda de Choque, su copiloto y ya a estas alturas amigo, que se había ganado su confianza con su odio acérrimo a la burguesía boliviana. El compartía con su padre no sólo el nombre sino su nobleza y seriedad.

-Estos rosco-gamonales sí que son hijos de su putísima madre, vienen denunciándote y pleiteándote desde que te fuiste, y que hay que acabar con los indios comunistas, son más recalcitrantes que nuestros dioses. Buena sorpresa les vamos a dar cuando aparezcas de nuevo para soliviantar a las masas, amauta.

Fausto aceptó el halago con tranquilidad y le sonrió tiernamente a su amigo. El tratamiento de amauta sólo es prodigado cuando las enseñanzas de un maestro son efectivas y sublimes.

-La civilización occidental está podrida, y somos nosotros, los indios, los que restituiremos la vida y los valores sagrados de la paz, el amor y la felicidad.

Lo decía mientras hacía girar el camión en una curva muy abrupta y peligrosa, ajustándose los anteojos oscuros a la nariz. Choque mantenía la bolsa de coca abierta y acariciaba las hojas antes de hacer un bollo con ellas para llevárselas a la boca. Corría el principio de 1952. La posguerra y el mundo bipolar de la Guerra Fría le había despertado cierto desencanto a Fausto respecto de su visión idílica del comunismo y del pensamiento marxista. Por su parte, la crudeza del peronismo y sus logros que beneficiaron a la clase proletaria le hacían dudar sobre la necesidad de una revolución de los indios en toda América. De todos modos, los indios del sur se hallaban en pésimas condiciones, como sus hermanos y compatriotas. Pocos dirigientes peronistas se preocuparon por su suerte. Choque, que pronto se convertiría en el secretario de finanzas del Partido Indio Boliviano (PIB), interrogó al amauta:

-Son los yanquis y los países europeos los que están haciendo un estropicio, en Africa y Asia hay dignos movimientos de liberación, similares a los nuestros.

-Ni que lo digas, hermano…

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