Esplendor muerto

Europa, he aquí tú otra vez, con tu vetusto orgullo y tu sequedad. España, sabia nación de pasado, nuevamente te descubres ante mí. ¡Apártate! Estoy en tu territorio y no quiero verte, me acoges porque sabes que pronto me iré. Tienes demasiado para mostrar y enseñar a mis innobles ojos. En verdad, te extraño y el amor que puedo llegar a sentir por tí es tan venenoso que me intimida: por eso quiero acabar cuanto antes contigo.

Calles esplendorosas, vacías. Idiomas rarísimos que se mezclan con el español. Las mujeres son las dueñas de las ciudades: ellas hacen y deshacen sus vidas a su antojo, tanto las bonitas como las feas, se animan y llenan de energía los bares y las tiendas. Durante mi estadía, no he intentado saborear a fondo la filosofía del pueblo. En principio, parecen estar tan desunidos y sumidos en la desidia como los portugueses o los franceses. De todos modos, en todo el país se puede apreciar la ira de Dios escupida a la tierra, rabia de gitanos transhumantes, violaciones por doquier a la decencia y la cordura. España parece hoy tan coja como progresista, tan puta como veleidosa…

La oscuridad se asienta y amolda a mi alma, España. Tú tienes cultura, modernidad y algo de brutalidad. Eres un lugar vivo en la tierra, anhelante de excitación, agorero de aventuras. Sin embargo, estoy aquí y no pillo lo esencial: tu amabilidad calculada, la curiosidad anquilosada de tu gente, guapeza en exhibición de tus museos, artificial y tramposa. El amor y la pasión pueden desatarse en tu seno tranquilamente. Toda la sociedad está preparada para ello, y les parece encomiable la mezcla de razas.

La nobleza –encarnada en la familia real española- se mantiene incólume, yendo detrás de los sucesos como perros amaestrados. No obstante, el poder sigue siendo suyo, y decide buena parte de los asuntos de la nación. Subsiste gracias a su orgullo y la credulidad popular. No es la figura del rey o de sus herederos lo que interesa o importa, su astucia y su soberbia logran engañar a los díscolos demócratas.

El esplendor de España murió, hoy queda un espejismo de pujanza, un tímido arrebol de heroísmo.

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