Las rarezas de una gorda buena

Sobre una mujer, que pasaba gran parte del día viendo televisión, se trata la siguiente historia. Ella formaba parte de un club de mujeres que se reunían a ver novelas, series o películas, que tomaban té o café con masitas o facturas (y casi siempre sandwiches de miga). Se llamaba Dora y era regordeta. De chiquita, a los trece años, su cuerpo era escultural. Incluso un pintor quiso retratarla como a una Venus del Nilo. Ahora ya había pasado los cuarenta y le encantaba el morfi: su barriga había adquirido dimensiones insondables. Pero era feliz con su obesidad, no le impedía dedicarse al dolce far niente, habiendo ganado el premio mayor de la lotería nacional cuando cumplió 18 años. Varios pelagatos se acercaron a ella, le confesaron amarla y hasta la desfloraron delicadamente. La cortejaron de mil maneras para que se casara. “Te voy a llenar de hijos” –le decían como estrategia de persuasión. Ella era de origen humilde, y sabía que la pretendían por su dinero. Cuando iba a boliches de clase alta, directamente la rebotaban, a pesar de que intentaba coimear a los patovicas para que la dejaran entrar. También buscó pareja por Internet, apuntando a tipos de recursos, pero ninguno se interesó por su gordura. Ella cavilaba y se extrañaba, porque en la TV proliferaban programas que atendían a la cuestión de la obesidad, y abundaban también artículos que referían al carácter epidémico de la misma en Estados Unidos y otros países desarrollados, o supuestamente civilizados. Además, veía a muchos gordos y gordas en las calles, que distaban de estar en una actitud triste y resignada, y más bien caminaban desafiantes. “La concha de la lora” pensaba, “¿de qué se trata esta moda de gordos felices?, ¿no era que la estética posmoderna apuntaba a otro lado?, ¿o es que ya hay suficientes bulímicas y anoréxicas en esta puta sociedad?” Estos interrogantes azuzaban su malhumor y asco por la vida. De ningún modo se rebajaría a ser una gorda feliz. Así que se encerró en una mansión con varios sirvientes y se dedicó a bendecir familias pobres, que era el tema favorito de su personal doméstico.

La historia de esta mujer va en contracorriente de las tendencias del siglo XXI, y de las posturas de su propia clase social, como se ha visto a lo largo de nuestro humilde ensayo. Como rara avis, merece ser rescatada en el pequeño intento de contar cómo vive el hombre –esa entidad tan concreta como vaga- en la contemporaneidad.

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