Los Deformes – Capítulo 20

Primero reconoció su aliento; el borracho había conservado su hediondez, un tanto mitigada por la mezcla de éter y ajo que rodeaba su boca. Su resbaladiza voz le llegaba lenta y suave, bajando los escalones en oleadas de tonos atónitos. Alternadas con los impávidos resuellos de Pimienta, su circuito acústico captaba las dulces y melodiosas oraciones de la periodista, cuyas palabras no podía distinguir. Sus pasos arribaron diáfanos a sus nuevos tímpanos. Pasaron junto a las arañas sin detenerse, y cuando Nicolás se atrevió a enfocar el rostro del intruso, reconoció inmediatamente en su perfil los rasgos de su despiadado agresor. Los internos ya habían atravesado todo el alfabeto sensorial: emergían a la intemperie vivificados.

-¿Dónde están las chicas? -le preguntó Gustavo a Martín. -No veo a Nicolás -agregó.

Los escleróticos fueron los últimos en recobrar la lucidez imprescindible para el adiestramiento. Lo demostraron con soberbios gritos de guerra. Nicolás, explotando el circunstancial barullo, abandonó su escondrijo. Tomó un porte señorial y resuelto. Rascándose los pabellones de sus orejas de plástico avanzó hacia el área de los sordos. Mariana partió enseguida a avisarles a las celadoras que podían finalizar su búsqueda.

-Está campante, pero sus facciones no están relajadas. No lo comprendo. Le dimos la estimulación más potente -le comentó Martín a Gustavo.

Inés, acicateada por la euforia que sentía al colaborar con el instituto, se ocupó de la presentación de Pimienta. Parada en una tarima, luego de que Martín golpeó su mesa con un bate de beisbol, se dirigió a los baldados.

-Hola. Este señor trabaja en el diario como archivista. Como tiene problemas mentales y glándulas secretoras insuficientes le recomendé este lugar para corregir sus falencias. Es muy buen hombre, tiene una memoria prodigiosa y cuenta con datos irrefutables de las conexiones mafiosas que impiden el crecimiento de esta clínica, que la sumergen en insolubles dificultades económicas. Se llama José Pimienta y espero que lo reciban cariñosamente. José, por favor -lo invitó Inés a adelantarse, a que subrayase su ingeniosa mentira.

El bolsista estaba amedrentado. Nunca había tenido un auditorio tan entusiasmado, con mentes tan despejadas y corazones bonachones y anhelantes. Miró detenidamente a cada uno, examinando sus vistosos defectos o escrutando los ocultos. Una sonrisa asustada se había apoderado de sus labios casi congelados. Los internos, fragmentados de acuerdo a sus incapacidades, lo remiraban expectantes, estableciendo una silenciosa alianza con el borracho, contagiándole su camaradería. De modo inadvertido, el semblante de Pimienta se transfiguró. Evaporados sus vahos etílicos, sus ojos vivaces chocaron con la redondeada estampa de Nicolás, que observaba concentrado el piso, la cabeza torcida hacia la izquierda, la ingeniería de su audífono desnuda, con las antenas paradas. El bolsista se iluminó, una epifanía invadió su pecho y su hígado bailó por un instante. Aquel niño se colaba en su vida abruptamente. ‘¿Qué cuernos tiene para remover así todo mi ser?’ -se preguntó Pimienta. ‘No puedo identificarlo, pero es un ángel que está interviniendo en mi destino’ -se respondió.

-Vamos -le dijo Inés, empujándole la espalda.

-Buenas noches -dijo el borracho, y se escurrió dominado por un pánico imprevisto, tras Gustavo y Martín.

Despúes se apartó a una región opuesta a la de Nicolás, junto a los escleróticos, encabezados por Andrés. Allí se congregaban los pacientes más feos, los de deformidades más contrahechas, y podría sentirse cómodo, contemplando el entrenamiento. Los cuadripléjicos y los patulecos lo aplaudieron cuando se encaminó hacia sus nuevos compañeros, yendo reconcentrado y estremecido, severamente circunspecto, como jamás lo hubiera soñado. Las chicas regresaron jadeantes y molestas. Se acercaron a Nicolás y lo hostigaron con recriminaciones.

-Estaba en el baño, me entretuve leyendo una historieta -se excusó el niño.

-Vení -le dijo la ciega, tomándolo de la mano.

Ordenadamente, Martín distribuyó los quehaceres bélicos (preparación de cócteles molotov, maniobras disuasivas con armas blancas, distracción de policías, representados por Valdemar y José disfrazados, urgentes curaciones de heridas ficticias, administración de botines, repliegues perentorios en casos de contraataques, etcétera.). A cada enfermo se le asignó una función peculiar, un rol enmarcado en estrictas reglas que no podían transgredir, excepto en advenimientos de emergencias. Igualmente, la cúpula dirigente (Gustavo, Martín, Nora y Maximiliano) era cauta y precavida: todos debían tener nociones de los ejercicios de los demás. Los deformes tenían que rotar las labores. Al comienzo permanecían en su ámbito especial durante una hora y luego recorrían los restantes sectores hasta cimentarse como combatientes avezados. Por supuesto, no fueron pocas las frustraciones de quienes quedaron relegados de las operaciones con los fusiles y las granadas. En medio de estas estratagemas se produjo el encuentro del bolsista con Nicolás. Al borracho le propusieron la generación de artimañas para evadir acosos policiales y el niño debió conformarse con secundar el pelotón de Valdemar, llevando un máuser en su mochila para usarlo si fallaba el del negro. Gustavo se paseaba por todas las unidades militares, inspeccionando las reacciones y el esfuerzo de sus pacientes. Cruzado de brazos detrás del nuevo guerrero, aguardó a que el sordo pupilo lo enfrentase y le demostrara su misericordia. El niño apoyó sus manos regordetas en el escritorio de Pimienta, que dejaba asentadas en un cuaderno sus ideas burlescas, su cabeza apoyada sobre la madera raída, la lapicera paralela a sus ojos refulgentes, la nariz rozando su escritura: planos y trucos para despistar a los agentes del orden. Inés le sonrió al niño y le dio un beso a distancia, chasqueando sus labios. Lo codeó al bolsista con insistencia hasta que soltó sus instrumentos de redacción. Pimienta giró parsimonioso el rostro y lo elevó ondeándolo en todas direcciones, como si se estuviera probando un cuello nuevo, o le hubiesen extraído uno de los rígidos collares que fabricaba Gustavo.

-Es él. Ahí lo tiene. Puede preguntarle lo que quiera -le dijo ella cuando sus ojos ebrios volvieron a cruzarse con el niño que le instilaba nostalgias cautivantes.

-Hola señor -dijo Nicolás con una vocecita apagada y trémula.

Cecilia se aproximó a Inés y le entregó un desodorante para echarle a las hediondas ropas del bolsista. Mientras le esparcía el perfume le convidó un caramelo que Pimienta saboreó con fruición, regurgitando, tratando de entrar en conversación con el niño.

-Hola. Los doctores me han hablado de vos. ¿Cómo andan esos artefactos? -le dijo con una descarada sonrisa, totalmente ignorante de cómo podía agradarle, tocándose ambas orejas y estirándoselas hacia abajo con violencia.

-Bien, no me pierdo un detalle de cuanto dicen mis maestros. Pero mis próximas prótesis serán más interesantes: las voy a programar para que no registren los ladridos de los perros y las sirenas de las ambulancias. Podré elegir lo que deseo oír. Gustavo abortará las fibras auditivas sensibles a esos ruidos y ya; en los parques escucharé las aguas emanando de las fuentes y las hojas arremolinadas por el viento.

-¡Fabuloso! Cumplirás el sueño de todo poeta -dijo Pimienta, estirando su mano sin alcanzar los lacios cabellos del sordo recuperado.

-Usted antes era malo porque no conocía las posibilidades de regenerarse, no con un estúpido espíritu místico. Si acepta el tratamiento que dispondrán los doctores, podrá eliminar todos sus vicios, se lo aseguro. Yo lo perdono, no tiene que simular simpatía. Desahóguese y muéstrenos todas sus bajezas. No le tengo miedo y sólo quiero verle curado. Hasta podríamos salir juntos, elegir colectivos vacíos donde viajar y platicar sobre un futuro exento de alcohol.

-Mi paladar también posee la libertad de seleccionar qué vierto sobre sus ásperas membranas, y por el momento, mis papilas gustativas adoran el amargo torrente de la ginebra, la fresca y burbujeante salutación de la cerveza, la suave calidez del tinto. ¡No, querido! En otro mundo quizás. Pero no por ello debemos suspender nuestras salidas -replicó Pimienta.

Inés le pellizcó el hombro, retándolo con la mirada.

-¿Cómo puede romperle las ilusiones a un pequeño con tanto cinismo? -le reclamó.

El bolsista se apenó, miró su cuaderno con murria y se mantuvo duro, abstraído. Nicolás atravesó la mesa por abajo y se trepó a su silla. Le sacudió las rodillas, sacándolo de su culposa actitud.

-Perdoname, es que tu idea alteró mis nervios; no puedo concebirla sin que aparezcan mensajes de la muerte a mi alrededor. Siempre que intentaron prohibirme mis bebidas favoritas recaí en graves crisis de identidad. No puedo cambiar mis regímenes a esta altura de mi existencia. Conserva sí tus esperanzas de que pueda transformarme en un hombre bueno y trabajador, moderno e inteligente. Durante mi estadía en el instituto podré aprender muchas técnicas para templar mi ánimo, y fijándome cómo ustedes superan sus impedimentos, podré superar los obstáculos que se interpongan en mi senda floreciente.

Nicolás, sentado en los húmedos pantalones del borracho, le dio una delicada y amistosa trompada en el estómago que alivió el corazón de Gustavo y liberó los tensos anhelos de la periodista. Las dudas y resquemores se desvanecieron. Aquella oreja no pudo haber sido cercenada por la mano avejentada y morada que ahora arrullaba tiernamente la nuca de Nicolás. La bronca y la venganza se evaporaban hacia el techo, se escapaban de los cuerpos de Gustavo y las celadoras, atraídas por la concordia que irradiaban Pimienta y Nicolás, jugando a boxear o a comprobar quién escupía más lejos. El borracho ocultó su cuaderno bajo su cuerpo y se negó a enseñarlo hasta que don Julián le alcanzó un vaso de torrontés helado.

-Tómelo despacio y degústelo debidamente: no le conviene atolondrarse con mis vinos si pretende beberlos durante su permanencia en la comunidad -le advirtió el vitivinicultor.

El bolsista desatendió el consejo y lo absorbió de un solo trago. El vecino lo escudriñó con repugnancia y enfurecido, tomó el vaso hueco.

-A él no le ofreceré más. Es huraño e ingrato. Primero edúquenlo, y que no ose visitar la bodega: será expulsado sin contemplaciones, a garrotazos si es preciso -dijo, y retiróse de la mano de su mujer, a conseguir la ausencia de dolor que pregona el budismo.

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