El huevo y la máquina

Le dio una patada de odio a la sólida vía.

Desde muy lejos vinieron un rato de respuesta y luego otro rato.

El conocía el código: su odio había arremetido contra una máquina en el camino.

Cuando había logrado adueñarse del carril solo

la atacó con un palo o una piedra

y desvío un trayecto de vía con una maniobra
para dirigir la máquina a la cuneta.

Demasiado tarde, ahora, se halló pensando.

Su piñoneo se estaba elevando a un chasquido más cercano.

Entonces sobrevino embistiendo como un caballo en faldas.

(Se mantuvo bien alejado por temor de los chorros calientes.)

Luego por un momento todo lo que había era una tamaña confusión

y un rugido que hundía los llantos

que elevó contra los dioses en la máquina.
Entonces una vez más el banco de arena quedó sereno.

El ojo del viajero cogió un tren tortuga,

entre los pies punteados una veta de trenza,

y lo siguió hasta donde descubrió vagos

pero ciertos signos de haber enterrado el huevo de la tortuga;
y sondeando con un dedo no demasiado rudo

encontró arena sospechosa, y bien seguro,

el filón de un pequeño tesoro de tortugas.
Sí había un huevo en él debía haber nueve como Torpedos,

con concha de cuero arenoso,

todo envuelto en arena para esperar juntos el triunfo.

“Mejor que no moleste más”,

dijo a la distancia, “estoy armado para la guerra,

la próxima máquina que tenga el poder de pasar

se ganará este plasma en su vidrio desorbitado”.

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