Los hermanos se han unido

por Leila Soto

Ante la coyuntura latinoamericana, esta máxima del Martin Fierro merece una renovada reflexión. No se puede asistir al mundo mediático social sin indignación por el tratamiento a nuestros hermanos venezolanos: víctimas de una cruel guerra económica y mediática. Con el fantasma del gran hermano representado por un fascineroso mediático que no dudará en utilizar todo su poderío para humillar a la región con una nueva intervención. Ya lo hizo Reagan, ya lo hizo Thatcher, lo hizo Bush padre invadiendo Panamá.

Mientras se escribe esta nota, un periodista cara rota de TN se ufana con la carta pública del hijo del defensor del pueblo venezolano. Remata la cobertura con un “dato escalofriante” según “fuentes” en las que debemos confiar, la falta de medicación para diabéticos alcanzó el 100% (¡!) ¿qué se supone que debemos hacer con toda esta información? Según nuestra historia de colonizados, deberíamos asustarnos con el “hombre a caballo nunca antes visto” que nos ponga de rodillas como indios inferiores que se supone somos. Pero si tenemos registros de la historia de los que pocas veces ganan, sabemos que podemos ser indios pero no cobardes. No asusta el poder militar de Estados Unidos, como tampoco asusta su poder mediático.  Simplemente indigna el puñal en la espalda de los hermanos latinoamericanos traidores. Porque desde la época de la Malinche podemos encontrar numerosos casos de ataques cobardes, cipayos genuflexos como Delcy menciona cuando lo ve al títere de Almagro. Temer y Macri apurando la actitud de aliados con el menos débil, como si su filosofía zen de derecha los inspirara sólo a joder a nuestros pueblos.

Como si tuviéramos la maldición de Cassandra, muchos podemos repetir a las nuevas generaciones que este guión no es nuevo. Las luchas instestinas entre comunidades es una tragedia universal. Alguna vez fueron las ciudades del Egeo. Ahora, desde hace unos pocos siglos, el juego estratégico de la geopolítica tiene a nuestra región, como al continente africano y a Medio Oriente, utilizando la mediocridad interna para el trabajo sucio. No es casual que el término cipayo no pierda vigencia.

En los ‘70 cualquier idea de socialismo latinoamericano era violentamente reprimida. El panarabismo era radicalmente intervenido, el anticolonialismo africano moría cuando estaba naciendo: golpes de Estado, invasiones, terrorismo, genocidios, guerras entre vecinos: todo vale en el tablero de comandos del Pentágono. En los ‘80 la crisis económica mundial contribuyó a ser menos directa pero no menos cruel: la crisis de la deuda externa ahogaba a cualquier intento de soberanía territorial de las recientes democracias latinoamericanas. La falta de insulina fue el fantasma agitado a un alfonsinismo que veía con buenos ojos la iniciativa del entonces presidente peruano Alan García de renegociar los pagos de deuda. Bien vale recordar que la falta de papel higiénico y leche o mejor dicho, el lockout patronal fue gravitante en el golpe de estado a Allende. Pero lo más triste es la manera en que actuamos como hermanos latinoamericanos cuando estos sucesos ocurrían. Como si fuéramos víctimas de violencia doméstica o de bullying, la región mostró su peor cara: la entrega. “Mejor golpeador que golpeado” debe haber sido un lema que enseñaron en la truculenta Escuela de las Américas.

La década de los ‘90 fue la más cínica: un consenso de Washington que se creía ganador, exacerbó el cipayismo a un nivel sadomasoquista. Exigía humillación y genuflexión por el puro placer de hacerlo. Colombia, Perú, México, Bolivia veían la peor cara de la narcoviolencia: la que no te deja gobernar, la que mata y además, la que Estados Unidos te cobra para vender “seguridad”.  La farandularización de la política venía bien a presidentes que practicaban su mejor o peor inglés, mientras se privatizaba todo y se sentaban las bases de una Organización Mundial del Comercio al servicio del Diablo (diría Chávez).

La irrupción de gobiernos progresistas o semiprogresistas del nuevo siglo posicionaron al poder del norte en actitud de espera. Como los chacales que atacan en grupo, buscan a los más débiles, los cansan con pequeños tarascones, los infectan, los persiguen y atosigan para finalmente matarlos y devorarlos. En eso estuvo trabajando la impecable administración de Obama, con su capacidad de espionaje, de boicot y por supuesto, de convencer que es la principal “democracia” del mundo. Con una sonrisa y una verba distinguida no cambió ni un ápice la estrategia estadounidense injerencista. Mientras desataba una guerra civil en Siria, transaba con Al Qaeda para darle una nueva marca. Además eliminaba del tablero a ex aliados incómodos, para hacer un refreshing de nuevos cipayos.  Le quedaron objetivos en el tablero de los que deberíamos aprender: en el 2009 la reelección de Ahmadinejad desató disturbios en Teherán donde pusieron a todos sus chiches tecnológicos y comunicacionales al servicio del despelote. Igual que en Venezuela.

Pero siempre hubo y habrá resistencias, algunas románticas o quijotescas pero no por ello menos importantes. Otras más pragmáticas e inteligentes como las que hace la Misión Verdad en Venezuela, tratando de dejar registros de la guerra de información que se está librando cotidianamente. Recomendamos seguirla. Mientras tanto, la carta del hijo de Nicolás Maduro le responde al joven amigo youtuber (hijo de Tarek William Saab) de una manera decorosa. En un tono más pacifista que belicoso explica el por qué de la lucha presente. Como si estuviera contagiado del persistente espíritu cristiano de buena parte de Latinoamérica, no cae en la confrontación berreta. Ofrece su mejilla o su comprensión y amor a quien se lo merece, porque hay una idea de fraternidad que no está perdida en esta nueva generación. ¿Habrá leído el Martin Fierro? Verdad es que cuesta dirigirse civilizadamente a los cipayos, pero hay todo un universo de hermanos que están siendo manipulados para la confrontación que sólo le sirven a los traidores de la patria grande. Ojo al piojo.

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