El Código – heroísmo

por Robert Frost, mininovela traducida por HM

Había tres en el prado junto al arroyo,
recogiendo y acumulando hileras de heno,
con un ojo siempre levantado hacia el oeste

donde una nube irregular, bordeada de sol

avanzaba oscuramente con una daga perpetua

parpadeando a través de su pecho.

Súbitamente, un asistente, empujando su horca en la tierra,

se marchó del campo y se fue a su hogar. Uno se quedó.

El granjero que alimentaba al pueblo no pudo comprender.
¿Qué había de malo?
Algo que dijo recién.

¿Qué dije?
Acerca de nosotros tomando penas.
¿Arar el heno? — ¿porque va a llover?
Lo dije hace media hora.

Lo dije para mí tanto como para ustedes.

No lo sabía. Pero James es un chiflado.
Creyó que usted le marcaba una falla en su trabajo.

Eso es lo que el granjero promedio hubiese querido decir.

James debió tomarse su tiempo para marsticarlo antes de actuar;

sólo tiene que dar vueltas para actuar.

Es un tonto si lo tomó de esa manera.

No dejes que te moleste. Encontrarás algo.

A la mano que conoce su negocio no se le puede

decir que haga su trabajo mejor o más rápido, esas dos cosas.

Soy tan particular como cualquiera:
y me parece que le he servido igual:

pero sé que usted no comprende nuestros modales.
usted sólo dijo lo que le vino a la cabeza,

lo que había en todas nuestras cabezas, y lo dijo sin insinuaciones.

Le contaré una historia de lo que sucedió una vez.

Estaba aquí, en Salem, en lo de un hombre llamado Sanders,

con un grupo de cuatro o cinco,
haciendo la recolección de heno.

A ninguno le gustaba el jefe.

Era uno de esos tipos que les dicen araña,

todo brazos y piernas que se estiran ondulados
de un cuerpo jorobado grande como una galleta.

¡Pero trabajan!, y ese hombre podía trabajar,

especialmente si con ello podía obtener más trabajo

de sus asistentes.

No estoy negando que fuera duro consigo:

no pude hallar que reservara algunas horas, no para sí mismo.

La luz del día y de la linterna eran una para él:

lo oía golpeando en el granero toda la noche.

Pero lo que le gustaba era darle ánimos a alguien.

Aquellos que no podía dirigir eran dejados atrás,

y debían dirigirse, del modo en que podían, usted sabe,

a segar hasta sus talones y amenazar sus propias piernas.

Vi suficentes de sus trucos intimidatorios,

lo llamábamos intimidante. Lo había estado observando.

Así que cuando se colocó junto a mí en el campo de heno

para cargar la carga, pienso yo, ¡buscando un problema!

Construí la carga y la puse arriba de todo;

el viejo Sanders la peinó hacia abajo con el rastrillo y dijo ‘Ok’,

todo estuvo bien hasta que llegamos al granero

con una gran carga para vaciar en una bahía.
Usted sabe que eso implica un trabajo fácil

para el hombre que está arriba, arrojando
hacia abajo el heno y haciéndolo rodar al por mayor,

donde, en una siega, lo habría estado levantando lentamente.

No pensará que un tipo necesitaría más urgencia bajo esas circunstancias, ¿lo pensaría ahora?
Pero el viejo loco agarró su horcadura con ambas manos,

y mirando con su pelambre fuera del pozo,

gritó como el capitán de un ejército ‘¡Dejen que venga!’

Pienso, ¿lo entiende? ‘¿Qué es lo que dijo?’

Pregunté más fuerte de modo que no hubiera un error.
‘¿Ha dicho dejen que venga?’ ‘Sí, dejen que venga’.

Lo dijo de nuevo, pero más suave.

Nunca le diga algo parecido a un hombre,

no si valora lo que es.

Dios, lo hubiese asesinado tan rápido como hubiese dejado su segundo nombre.

Yo construí la carga y sabía dónde encontrarla.

Recogí dos o tres horcajadas livianamente alrededor para meditar,

y luego sólo terminé de cavar y las arrojé sobre él en diez lotes.

Miré hacia un costado una vez en el polvo

y ocupé su lugar galleando como el agua,

manteniendo su cabeza arriba. ‘Maldito eres’ digo,

‘¡Esa te agarró!’ El chirrió como una rata apretujada.

Eso fue lo último que vi o escuché de él.
Limpié el potro y me fui para enfriarme.

Y me senté fregando el heno de mi cuello,

así como esperando ser preguntado por ello,

uno de los muchachos cantó ‘¿Dónde está el viejo?’

‘Lo dejé en el granero, bajo el heno.

Si lo quieres puedes ir y desenterrarlo’.
Se dieron cuenta por el modo en que fregaba mi cuello más de lo necesario,

algo debía haber arriba.

Se encaminaron al granero, yo me quedé donde estaba.

Me dijeron después: primero sacaron el heno,

un montón, fuera del piso del granero.

¡Nada! Escucharon por él. ¡Ni un susurro!

Creo que pensaron que lo apuñalé en el templo antes de enterrarlo,

de otro modo no lo hubiese podido hacer.
Cavaron más. ‘Vayan a cuidar a su esposa fuera del granero’.
Alguien miraba en una ventana;

y me maldijo, si no estaba en la cocina,

cayó en una silla, con ambos pies pegados en el horno,

el día más caluroso de aquel verano.

Parecía tan loco de regreso, y tan disgustado
no hubo nadie que se atreviera a sacudirlo

o hacerle saber que estaba siendo observado.

Aparentemente no lo había enterrado

(pude haberlo noqueado), pero sólo mi intento

de enterrarlo hirió su dignidad.

Fue hasta su casa sólo para no enfrentarme.

Se mantuvo apartado de nosotros toda la tarde.
Nos mantuvimos en su heno. Lo vimos afuera

luego de un rato recogiendo guisantes en el jardín:
no podía mantenerse sin hacer algo.

¿No se sintió aliviado de que no estaba muerto?
¡No!, y hasta hoy no puedo decirlo: es difícil de contar.
Había salido para matarlo lo suficiente.

Tomó un camino embarazoso. ¿El lo despidió?
¿Despedirme? ¡No! El sabía que hice lo justo.

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