Expectativas por candidatura de CFK

por Leila Soto

La excelente estrategia de Cristina Fernández para reaparecer en momentos de definiciones políticas es coherente con algunos gestos políticos que muchos ciudadanos identifican positivamente de ella. La realidad se cocina en un lento fuego de conflicto social. Similar a la caótica, impredecible y fortuita crisis que se fue cocinando en el período de la Alianza, el bloque económico dominante tiene el poder pero no la legitimidad para seguir robando y explotando.  Ni la estrategia 3.0 del mago del marketing político Durán Barba puede atajar lo que se vislumbra como una derrota electoral de medio tiempo.

Pero si aún no están cansados de escuchar diariamente cómo toda frágil estabilidad se va al tacho por la inflación, el ajuste, la corrupción o la inseguridad;  entonces de lo que seguramente estará un poquito cansado es de ver a una dirigencia (especialmente la  opositora) dando banquinazos sin acertar con sus posturas. Su desorientación parece llegar al pánico. Capaz que leerían “¿Qué hacer?” de Lenín pensando que es un libro de autoayuda del presidente ecuatoriano. Ni por las tapas pensarían que es buen momento de pensar en la estrategia para organizar un partido político de carácter revolucionario.

Porque si aún no se cansaron de la crisis, de Macri o de la oposición tibia, al menos  deberían estar agotados de discusiones sobre el peronismo. Entelequia capaz de producir kilos de literatura académica y periodística pero que en esta coyuntura se plantea, una vez más, como una debilidad del campo popular.

Debemos reconocer que eso pasa porque nuestra querida patria ha sido floja en desarrollar otras experiencias partidarias en el seno del campo popular. Aunque pueda entusiasmar la nueva alianza de izquierda, con gente joven y prometedora como Manuela Castañeira, lo cierto es que en el universo de los frentes populares estamos muy pobres de estrategias exitosas. No han sido capaces para ejercer poder desde ninguna vía: ni militar, ni política ni electoral. Lo triste es que no ganamos ni en un reality. No basta con conocer a Gramsci, el sentido común de las clases subalternas requiere de un trabajo innovador, de un compromiso a largo plazo y de un aprendizaje que cuesta asumir.

Desde una perspectiva de izquierda no sectaria es difícil no reconocer el liderazgo que ejerce la ex presidenta. Incluso no se puede decir que no dejó espacio al panperonismo para que “generara” nuevos liderazgos. Lo cierto es que ni el mutismo del Randazzismo, ni la ubicuidad del Movimiento Evita los va a catapultar como los nuevos liderazgos. Por el contrario, en el plano de ser objetivos y sin ubicarse en un fanatismo kirchnerista, huelen a oportunismo en cada una de sus declaraciones. Astutos al no tirarla bajo el tren a Cristina en el primer año de gobierno macrista, serruchan piso con la sutilieza necesaria como para que no se caiga encima de ellos. Por otro lado hay una certeza en que sea o no candidata Cristina, tiene un liderazgo indiscutido, aún a sabiendas de que ello no la hace infalible, todos hemos equivocado alguna elección. Depositar la confianza en alguna persona siempre supone algún riesgo. Pero en el armado de listas sólo se puede esperar no regalar oportunidades a quienes no lo merezcan, no se puede adivinar futuros traidores, pero tampoco olvidar a quienes votaron el endeudamiento, a los jueces de la Corte y algunas otras traiciones parlamentarias.

Es posible que la discusión no se trate de quién ejerza el liderazgo alrededor de la más concreta opción política desde el campo popular. Sino de cómo se ejerza la misma. La disyuntiva es muy clara: unidad pero: ¿a costa de qué? ¿Cuántos sapos son necesarios en momento de re-construcción de un Frente? Algo similar ocurrió cuando se reflexionaba acerca de la consigina de cancha “vamos a volver”. La pregunta inmediata es ¿volver quién?, ¿cómo?, ¿de dónde?

Es imposible ser exégetas de un frente popular que evoluciona constantemente. Obviamente deberá contemporizar criterios y métodos disímIles a la hora de enfrentar estos procesos políticos de crisis. Sin embargo, el sentido común indica que la fortaleza discursiva tiene que estar en algo más que la crítica-denuncia hacia un proyecto de gobierno de derecha. Basta con darse pequeñas dosis de realidad mediatizada para que la gente se quiera cortar las venas ante el impacto del plan macrista. Lo que falta a esa denuncia es una propuesta de salida a la crisis, plantear “qué se puede recuperar, reconquistar o repensar”. Aquí hay que salir a bancar un proyecto que involucre a un variado grupo de intereses: sindicatos, empresarios, comunicadores que esperan sobrevivir. Pero también hay que pensar en las individualidades de esos colectivos: jóvenes y no tan jóvenes que deben decidir proyectos personales de vida en un contexto sumido en diversas crisis. La cultural, la simbólica, la crisis de comunicación en los sectores populares es el gran desafío en el corto plazo. También lo será la resistencia, ver sobrevivir proyectos culturales, económicos y políticos con dignidad: la Tupac, el Bauen, La Garganta Poderosa, etc. Se trata de proyectos que tienen un efecto traccionador sobre miles de individualidades. Así luchas como las de los Derechos Humanos, las actividades gremiales, estudiantiles y académicas también nos dan sentido, son los espacios que nos comunican y nos unen. Es el empoderamiento que se está poniendo a prueba. El trabajo debe centrarse ahora para un triunfo electoral parlamentario. Es una condición necesaria (aunque no única) para resistir la crisis sistémica, al mismo tiempo que se construye algo más democrático e inclusivo.

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