La cabaña negra

Novela en prosa de R. Frost, traducida por hugomuleta

Nos aventuramos por pasar aquella tarde

para atraparla en un tipo de imagen especial

entre los viejos cerezos recubiertos de brea,

bien apartada de la carretera en la hierba asentada

la pequeña cabaña de la que estuvimos hablando,

un frente con sólo una puerta entre dos ventanas,

un terciopelo negro recién pintado por la lluvia.

El ministro y yo hicimos una pausa para ver.

El hizo como si la sostuviera al alcance de un brazo,

o apartó las hojas que la enmarcaban.

‘Linda’ dijo. ‘Ven, no hay nadie’.
El camino era una vaga partida en el pasto,

que nos condujo a un desgastado alféizar.
Presionamos nuestros rostros contra el panel.

‘Verás’ dijo él, ‘está todo tal como lo dejó ella cuando murió.

Sus hijos no venderán la casa ni las cosas que hay en ella.

Dijeron que venían aquí los veranos cuando eran muchachos.

No han venido este año.

Viven tan lejos –uno afuera del oeste-,

será duro para ellos mantener su palabra.

De cualquier modo no quieren disturbios en el lugar’.
Un sofá abotonado de salón de peluquería se extendió desplazando sus brazos

bajo un retrato en crayon sobre la pared

hecho tristemente de un viejo daguerrotipo.

‘Ese era el padre cuando fue a la guerra.
Cuando hablaba sobre la guerra, tarde o temprano,

ella siempre se inclinaba, medio arrodillada contra el sofá,

aunque dudo que aquellas líneas que no se parecían a la vida

tuvieran el poder para sacudir algo en ella después de todos los años.

El se sentía en Gettysburg o Fredericksburg,
yo debía saber si había alguna diferencia, cuál era:
Fredericksburg no era Gettysburg, por supuesto.

Pero a lo que estoy llegando es cómo han abandonado

una pequeña cabaña, que siempre lo ha parecido;
desde que ella fue más que nunca, que antes,

no digo todos juntos por las vidas que se han ido de ella,

el padre primero, luego los dos hijos, hasta que la dejaron sola.
(Nada podría animarla luego de aquellos dos hijos.

Ella valoró la considerada negligencia

con la cual a algún costo les enseñó luego de los años.)
Digo por el mundo que la ha abandonado,

como nosotros que casi pasamos esta tarde.

Siempre me parece a mi una especie de marca

para medir cómo nos han marcado cincuenta años.

¿Por qué no sentarnos si no tienes apuro?
Estos escalones raramente tienen un visitante.

Las tablas deformadas desplegaron sus viejas uñas

con nada para hollar y las pusieron en su lugar.

Ella, la vieja señora, tenía su propia idea de las cosas.

Y le gustaba hablar. Había visto a Garrison y Whittier

y se hizo su historia de ellos.

Uno no era largo en aprender que ella creía

que cualquiera sea el motivo que impulsó la Guerra Civil,

no fue sólo para mantener unidos a los Estados,

no sólo para liberar a los esclavos, aunque logró ambas cosas.
Ella no hubiese creído lo suficiente en aquellos fines
de haber dado todo por ellos.

Su entrega de algún modo conmovió el principio

de que todos los hombres son creados libres e iguales.

Y para escuchar sus frases originales borradas de todas aquellas cosas,

de la vista del día de hoy.

Es un misterio difícil el de Jefferson.
¿Qué quiso decir?

Por supuesto la manera fácil es decidir simplemente que no es verdad.

Puede no serlo. Escuché a un compañero decir eso.

Pero no importa, el galés lo plantó donde iba a molestarnos mil años.

Cada edad tendrá que reconsiderarlo.

No puedes decirle lo que el Oeste estaba diciendo

y lo que el Sur a su serena creencia.

Ella tenía algún arte de escucha, y aún

sin escuchar la última sabiduría del mundo.
Blanco era la única raza que ella había conocido siempre.

Apenas si había visto Negro, y amarillo nunca.

¿Pero cómo pueden estar hechos tan diferentes

por la misma mano trabajando en el mismo material?

Ella supuso que la guerra decidió aquello.

¿Qué harás con una persona así?

Es extraño cómo una inocencia así toma su propio camino.

No debería haberme sorprendido si en este mundo

siempre fue la fuerza la que prevalece al final.

Tú sabes que para ella hubo un tiempo

en el que complació a miembros más jóvenes de la iglesia,

o podría decir no miembros en la iglesia,
de quienes todos tenemos que pensar hoy,

¿yo hubiese cambiado el Credo un poquito?

No es que ella nunca me lo haya tenido que reclamar;

nunca fue tan lejos para aquello; pero el simple pensamiento

de su viejo y trémulo pañuelo en el banco de la iglesia,

y que estuviera medio dormida fue demasiado para mí.

Porque, debería despertarla y sorprenderla.

Fueron las palabras ‘descendió al Hades’
que resultaron demasiado paganas para nuestra juventud liberal.

Tú sabes que sufren de un embate general.

Y bien, si no eran reales, ¿por qué continuar hablando de ellas como paganas?

Podríamos soltarlas. Sólo estaba el pañuelo en el banco.

Una frase como esa no podía significar mucho para ella.

Pero súpon que las había perdido del Credo,

como un niño pierde las buenas noches no dichas,

y cae dormido con dolor de corazón,

¿cómo debería sentirme?

Estoy tan complacido de que ella me hizo mantener las manos apartadas,

porque, querido, por qué abandonar una creencia meramente porque ha dejado de ser verdad.
Adherido a ella lo suficiente, y ninguna duda hará que vuelva a ser verdadera,

porque así se va.

La mayoría de los cambios que creemos que vemos en la vida

se deben a verdades que salen y entran de un favor.
Mientras me siento aquí, y con frecuencia,

me gustaría ser monarca de una tierra desierta

a la que me podría dedicar y dar mi devoción por siempre

a las verdades que mantenemos yendo y viniendo.

Un desierto así tendría que ser,

amurallado por la cordillera hasta la mitad con nieve de verano,
Nadie lo codiciaría ni pensaría que vale la pena de conquistar para forzar el cambio.

Oasis dispersos donde los hombres vivieron,

pero mayormente dunas de arena sostenidas flojamente en tamarisco
soplando una y otra vez sobre sí mismas en holganza.

Granos de arena deberían endulzar el rocío natal

que el bebé nació para el desierto,

la tormenta de arena atrasó y medio desperdició mi encogido carruaje,

‘Hay abejas en esta pared’.

El golpeó las tablas,

Cabezas fieras miraron hacia afuera; pequeños cuerpos pivotearon.

Nos levantamos para irnos. El atardecer brillaba en las ventanas.

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