El nido expuesto

Estuviste siempre buscando un nuevo juego.

Así que cuando te ví sobre tus manos y rodillas en la pradera,

ocupada con  el nuevo corte de heno,

intentando, creo, de mantenerlo alineado en los bordes,

fui a mostrarte cómo hacerlo estable,

si esa era tu idea, contra la brisa,

y, si me lo hubieras pedido, aún ayudar a pretender

a enraizarlo nuevamente y que crezca renovado.

Pero no había forma de hacerte creer hoy,

ni era el pasto en sí tu verdadera preocupación,

así te encontré con tus manos llenas de helechos marchitos,

con el brillo de acero del pasto de junio, y cabezas de tréboles ennegrecidas.

Era un nido lleno de pájaros jóvenes en el piso,

la guillotina se acaba de ir recorriendo

(milagrosamente sin trabajar la carne)

y se quedó indefensa al calor y la luz.

Tu querías restaurar su derecho a algo interpuesto entre su visión

y demasiado mundo a la vez, cuyos medios debían ser encontrados.

El modo en que el nido se llenó cada vez que nos sacudimos

hizo que se detuviera ante nosotros como una madre-pájaro
cuya venida a casa hubiera sido postergada por mucho tiempo,

me hizo preguntar si la madre pájaro retornaría

y los cuidaría en un cambio de escenario como ese

y su intromisión generarle más miedo.

Eso es algo que no podíamos esperar a aprender.

Vimos el riesgo que tomamos en hacer el bien,
pero no nos atrevimos a desperdiciar lo mejor que podíamos,

porque el daño saldría de ello;

así se construyó la pantalla que has comenzado,

y les devolvió su sombra. Y nos ocupamos de probar esto.

¿Por qué entonces no hay más que decir?

Nos ocupamos de otras cosas. No tengo ningún recuerdo, ¿tú lo tienes?,

de haber retornado al sitio nuevamente

para ver si los pájaros vivieron la primer noche,

y si al final aprendieron a usar sus alas.
Poema de Robert Frost, traducido por HM

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