Arboles de Navidad

La ciudad se había replegado sobre sí misma

y dejó al fin el campo para el campo;

cuando entre los remolinos de nieve que no vienen a descansar

y los remolinos de hojas que todavía no descansaron, un extraño

arribó a nuestro jardín, que miraba a la ciudad,

haciéndolo del modo campestre en que lo hacen allí,

se sentó y esperó hasta que nos condujo afuera con nuestros abrigos sin abotonar

para preguntarle quién era.

El probó volver a la ciudad

para buscar algo que había perdido

con lo cual no podría hacer su Navidad.

Me preguntó si podía venderle mis árboles de navidad;

mis bosques, los jóvenes bálsamos de los abetos

como un lugar donde las casas son todas iglesias y tienen capiteles.

No pensé en ellas como árboles de Navidad.

Dudé si estuve tentado por un momento

de vendérselos de sus pies e ir en autos y dejar pelada la pendiente detrás de la casa,

donde el sol calienta ahora no más que la luna.
Odiaría tenerlos ahora si fuera así.

Más aún odiaría sostener mis árboles excepto

como otros sostienen los suyos o rehusan hacerlo,
más allá del tiempo de crecimiento provechoso,

la prueba del mercado que cada cosa debe afrontar.

Me entretuve demasiado con la idea de venderlos.

Luego, ya sea por una cortesía errada y temor de parecer corto de discurso,

o por la esperanza de escuchar algo bueno de lo que era mío, dije
“No hay suficientes que valgan la pena”.
“Podría decirle pronto cuántos deberían cortar, dejeme echarles un vistazo”.

 

“Puedes ver. Pero no esperes que dejaré que los tengas”
Los pastizales brotaban, algunas en racimos demasiado abigarrados,

cuyas ramas se entrecruzaban, aunque no unos pocos solitarios con ramas iguales,

todos redondos y redondos.

El último asintió “Sí”, o hizo una pausa para decir debajo de alguna más amorosa,

con la moderación de un comprador “Eso podría hacer”.
Pensé lo mismo, pero no estaba allí para decirlo.

Trepamos el pastizal en el sur, lo cruzamos, y salimos al norte.

El dijo “Mil”.

“¡Mil árboles de Navidad! ¿a cuánto cada uno?”

El sintió la necesidad de suavizarlo para mí:
“Mil árboles serían treinta dólares”.

Luego estuve seguro de que nunca quise decir que podía llevárselos.

¡Nunca mostré sorpresa! Pero treinta dólares parecían tan poco

al lado de la extensión del pastizal que debía desmontar,

tres céntimos (porque eso era todo lo que calculaban por pieza),

tres céntimos tan poco al lado de los amigos del dólar

a los que debería estar escribiendo para dentro de una hora

poder pagar en ciudades por buenos árboles como estos,

árboles regulares de la sacristía todas las Escuelas de Domingo
podrían colgarse lo suficiente para recoger suficiente.

¡Mil árboles de Navidad que no sabía que tenía!
Valen más tres centavos para dar que venderlos,

como se puede demostrar con un simple cálculo.

Sería demasiado malo no dejar uno en una carta.

No puedo resistir el deseo de enviarte uno,

al desearte aquí una Feliz Navidad.

 

de Robert Frost, traducido por HM

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