Entierro en casa

El la vio desde debajo de la escalera antes de que ella lo viera.

Ella estaba comenzando, mirando hacia atrás a algún miedo.

Dio un paso dubitativo y lo deshizo para elevarse y mirar de nuevo.

El habló avanzando hacia ella:  “¿Qué es lo que ves siempre desde allí arriba? Porque me gustaría saber”.

Ella giró y se hundió en sus faldas ante eso,

cambiando su rostro de aterrado a sombrío.

El dijo para ganar tiempo: “¿Qué miras?”
subiendo hasta que ella se acurrucó bajo su cuerpo.
“Lo descubriré ahora, debes decírmelo, querida”.

Ella, en su lugar, retaceó cualquier ayuda,

con la menor rigidez de su cuello y en silencio.

Ella le permitió echar una mirada, segura de que no lo vería,

ciega criatura, y por un momento no vio.

Pero al final murmuró “Oh” y nuevamente, “oh”.
“¿Qué es eso?” dijo ella.
“Sólo que veo”.
“A que no”, lo desafió ella. “Dime qué es”.
“Lo extraño es que no lo vi de una vez.

Nunca lo noté desde aquí antes.

Debería estar acostumbrado, esa es la razón.

¡el pequeño cementerio donde está mi gente!
Todo con los marcos de la ventana tan pequeños,

no más grandes que una habitación, ¿no te parece?
Hay tres piedras de pizarra y una de mármol,

pequeñas losas de anchas espaldas en la luz del sol, sobre la colina.

No tenemos que recordar aquellas.

Pero entiendo: no son las piedras sino el montículo del niño…”
“No, no, no, no” gritó ella.
Ella se retiró, encogiéndose de debajo de su brazo

apoyado en la baranda, y corrió hacia abajo;

y giró hacia él con un semblante intimidante,

él dijo dos veces antes de saberlo:

“¿No puede un hombre hablar de su propia infancia perdida?”

“¡No tú! Oh, ¿dónde está mi sombrero? Oh, ¡no lo necesito!
Necesito irme de aquí. Necesito tomar aire.
No sé bien si cualquier hombre puede”.
“¡Amy! No te vayas con alguien diferente esta vez.

Escúchame. No bajaré la escalera”.
El se sentó fijando su pera entre sus puños.
“Hay algo que me gustaría preguntarte, querida”.
“No sabes cómo preguntarlo”.
“Ayúdame entonces”.
Sus dedos movieron el picaporte como toda respuesta.

“Mis palabras son casi siempre una ofensa.

No sé cómo hablar de cualquier cosa de modo de complacerte.

Pero deberías enseñarme, supongo. No puedo decir que veo cómo.

Un hombre en parte debe dejar de ser un hombre con el género femenino.

Podríamos llegar a un acuerdo por el cual me someteré a mantener

mis manos fuera de cualquier cosa especial que consideres un nombre.

Aunque no me gustan esas cosas entre las cuales está el amor.

Dos que no se aman no pueden vivir juntos sin ellas.

Pero dos que sí no pueden vivir juntos sin ellas”.

Ella movió un poco el picaporte.

“No, no te vayas. No se lo transmitas a otro esta vez.

Dime si es algo humano. Dejame ingresar a tu dolor.

No soy tan distinto de otros mientras te paras allí,

apartada esperando que me vaya. Dame mi oportunidad.

Pienso, todavía, que exageras un poco.

Qué fue lo que te trajo a pensar arriba en la cosa

para arrostrar tu pérdida de un primer hijo

tan inconsolablemente en el rostro del amor.

Deberías creer que su recuerdo puede ser satisfecho”
“¡Ahí estás de nuevo burlándote, despreciativo!”

“¡De ninguna manera, de ninguna manera!

Me haces enojar. Bajaré hacia ti.

¡Dios, qué mujer! Y llega a esto,

un hombre no puede hablar de su propia infancia que está muerta”.
“No puedes porque no sabes cómo hablar.

Si tuvieras algún sentimiento, tú que cavaste con tus propias manos, ¿cómo te atreves?,

su pequeña tumba; te vi desde esa misma ventana de allí,

haciendo la grava saltar y saltar en el aire,

saltando asi, así, y aterrizando tan suavemente

y rodando de nuevo bajo el montículo junto al pozo.
Pensé, ¿quién es ese hombre? No te conocía.

Y me arrastré abajo y arriba de la escalera para ver nuevamente,

y aún tu pala continuaba cavando.

Luego entraste. Escuché tu voz retumbante salir de la cocina,

y no sé por qué, pero me acerqué para ver con mis propios ojos.

Podrías sentarte allí con las manchas de tus zapatos

de la fresca tierra de la tumba de tu propio bebé

y hablar acerca de tus preocupaciones cotidianas.

Mantuviste parada la pala contra la pared,

allá afuera en la entrada, porque la vi”.
“Debería reírme con la peor risa que alguna vez tuve.

Estoy maldito. Dios, si no creo estoy maldito”.
“Puedo repetir exactas las palabras que estabas diciendo:
‘Tres mañanas brumosas y un día lluvioso

pudrirán el mejor cerco de abedul que un hombre puede construir’.
Piensa en ello, ¡hablar de esa manera en aquel momento!

¿Qué tenía que ver cuánto puede durar un abedul para pudrirse

con lo que había en el salón oscuro?

¡No deberías tener cuidado!

Los amigos más cercanos pueden irse con cualquiera para la muerte,

y venir después de un tiempo tan breve que del mismo modo

no deberían intentar irse del todo.

No, desde el momento en que uno está enfermo de muerte,

uno está solo, y muere más solo.

Los amigos pueden pretender seguirte a la tumba,

pero antes de que uno esté en ella, sus mentes cambiarán

y haciendo lo mejor de su camino de regreso a la vida
y a los vivos, y a las cosas que comprenden.

Pero el mundo es malo. No tendré un dolor así

si puedo cambiarlo. Oh, ¡no lo tendré, no lo tendré!”
“Ahí está, lo has dicho todo y te sientes mejor.

No te irás ahora. Estás llorando. Cierra la puerta.

El corazón se ha salido de ello: ¿por qué mantenerlo arriba?
¡Amy, hay alguien que viene por el camino!”
“Tú, oh, piensas que hablar es todo.

Debo irme a algún lugar fuera de esta casa. Cómo puedo hacer que tú-,

¡si lo haces!” Ella estaba abriendo el visor de la puerta.

“¿A dónde dices que te vas? Primero dime eso.

Te seguiré y te traeré por la fuerza, ¡lo haré!”

 

Robert Frost, traducción de HM

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