Militares al poder en la era trumpista

por Hugo Muleta

En su discurso de campaña Trump alardeaba de que Estados Unidos iba a abandonar su rol de gendarme y sus emprendimientos bélicos distribuidos por todo el planeta, que se necesitaban héroes y militares para el desarrollo local estadounidense, que su política exterior seguiría desplegando un concienzudo y puntilloso soft power hasta acabar y pisotear a los enemigos más poderosos en la actual competencia capitalista global, que son Rusia y China. Sin embargo, desde el primer día, le entregó la llave de la Casa Blanca a los capos del Pentágono, y son tres generales quienes vienen manejando los negocios e iniciativas de la diplomacia yanqui. Si bien ellos no pueden controlar los compulsivos twitteos del presidente –en los cuales revela toda su ignorancia y estupidez con elevada frecuencia- disfrutan de un “cheque” en blanco para desarrollar la política militar sin la menor participación de las agencias de control civiles. Así, han aumentado el numero de tropas en Afganistán y sus activas intervenciones militares en varios puntos de África que sería tedioso mencionar, apoyando a Arabia Saudita en Yemen y a los terroristas de ISIS y Daesh en Siria e Irak. El trabajo y función principal de Trump es el de vulgar e incansable vendedor de armamento, lo que ha demostrado en su última gira por Asia, donde en cada ciudad que visitó peroró sobre las bondades del armamento yanqui.

Esta situación le resulta agradable a la clase dominante estadounidense, que siempre ha apoyado (económica y financieramente) las aventuras imperialistas de Washington. No es cierto que con Hillary la cosa hubiese sido distinta: los demócratas son tan imperialistas como sus pares repúblicanos, la única diferencia es que ellos aseguran que sus intervenciones son “humanitarias”, y los repúblicanos no necesitan disfrazarse con buenas intenciones. Les basta con propagar mentiras salvajes para justificar sus invasiones y bombardeos.

Ante este panorama el antitrumpismo, que parecía muy fuerte apenas asumido el plutócrata, ha decaído y se encuentra buscando una salida a una sociedad que a cada segundo se torna más racista, injusta, cínica y criminal. De todos modos, sus actividades crean espacios para propuestas más radicales en la lucha, y continúan alimentando la ira contra el actual presidente, a partir de sus bárbaras y arrogantes declaraciones. Sería óptimo que la ira se extienda contra la clase dominante en su totalidad. Trump representa a los ricos y poderosos de una manera descarada y despreocupada, sabedora de su impunidad. Hoy Sanders es un mosquito que no le hace el menor daño a los planes trumperos. La izquierda revolucionaria yanqui es demasiado pequeña para influir en el movimiento antitrumpista, aunque puede convertirse en un actor importante cuando lleguen los momentos clave. De hecho, grupos pertenecientes a Black Lives Matters, organizaciones anarquistas y punk, y del movimiento LGBTQ, lideran las marchas que confrontan con las bandas neonazis y de fundamentalistas WASP, que están de parabienes con el clima de racismo y bestialidad que ha engendrado el gobierno de Trump, récord en tiroteos masivos y compra-venta de armas de todo calibre. Trump se envalentona con su base racista y descerebrada, le gusta que en los pueblos estadounidenses se persiga y flagele a los latinos y musulmanes. El no hace nada para detener este “terrorismo”, el de los asesinatos en masa cometidos en su mayoría por hombres blancos de nacionalidad estadounidense, generalmente servidores en su marina y ejército, quienes suelen regresar enloquecidos y enajenados de droga de sus aventuras bélicas.  Que pregunte, quien descrea de ello, qué está ocurriendo en Estados Unidos con la epidemia del opio.

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