Yemen: desastre y desolación

por Máximo Redondo

Mientras Trump, Putin, Macron y otros fascinerosos le lustran los muebles al rey árabe, le doran la píldora y le dan el okey a sus planes de guerra, las pilas de cádaveres, la emergencia humanitaria y el hambre a flor de piel crecen en la población que no tiene a donde huir más que servir como carne de cañón o bomba-humana (sobre todos los niños) para combatir al agresor saudita.

Desde marzo de 2015, el reino de Arabia sostiene una invasión militar permanente en Yemen, el país más pobre de Medio Oriente, con la excusa de combatir al movimiento Ansarolá, nacido en la tribu de los houthis que profesan el Islam zaidí chiíta. Este pequeño y arruinado país sometido a las constantes vejaciones de los príncipes sauditas era una de las esperanzas de los izquierdistas que se ilusionaron con un final feliz de la Primavera Arabe de 2012, y no con un escenario de guerras y conflictos por todas partes, como el que parece prevalecer a fines de 2017.

Más allá de las acusaciones contra Irán de darle respaldo militar y financiero a Ansarolá, lo cual es tan falso y absurdo como las “armas químicas” de Saddam Hussein o ridículo como la reciente renuncia del ministro libanés extorsionado por sus propias manos y palabras, el mandamás saudita reconoció en su entorno que necesitaba apoderarse del estrecho de Bab el-Mandeb, por donde fluyen casi cuatro millones de barriles de petróleo y productos refinados por día.

A pesar de ser un productor de crudo de peso, y de sus enormes reservas de gas natural, los 24 millones de yemeníes atraviesan una profunda crisis humanitaria generada por la invasión militar de la Casa de Saud. La ONU acaba de revelar que el brote de cólera en el país ya mató a 2.200 personas y que se han registrado 895.000 casos, más de la mitad niños, afectando el brote al 90% de la nación. Yemen, según el informe del organismo internacional, “hace frente a la mayor emergencia alimentaria del mundo” y a “un desplazamiento generalizado de población”. 21 millones de personas necesitan ayuda humanitaria urgente, la que no arriba por el bloqueo naval, aéreo y terrestre que mantiene el ejército árabe, armado por Estados Unidos y capacitado por Israel. La cifra de muertos es incalculable porque la mayoría no llega a los centros de salud, los cuales vienen desapareciendo al haberse quedado sin insumos.

Desde el comienzo de la invasión árabe, tres millones de yemeníes no saben si van a poder comer al levantarse de sus pesadillas. Se han quedado sin escuela y sin hospitales, sin agua y sin electricidad, sólo reciben del mundo exterior bombardeos del déspota saudí. Los productos de primera necesidad escasean más que en Haití, y sus precios se han disparado. Un niño muere cada diez minutos por enfermedades prevenibles, como la diarrea o infecciones respiratorias y unos 400.000 sufren desnutrición aguda, que se ha disparado un 200% desde la invasión.

Otra consecuencia de la agresión saudí es la habilitación del territorio yemení invadido para entrenamiento y curación de los mercenarios y soldados de ISIS y Al Qaeda echados de Siria e Irak, allí gozan de todas las comodidades y disfrutan de la paga de sus servicios, accediendo a armas y métodos terroristas más modernos, siendo muy efectivos sus ataques a puestos militares y policiales yemeníes.

Arabia Saudí dilapida 200 millones de dólares diarios en la guerra de Yemen, cuando la cuarta parte de su población vive por debajo de la línea de la pobreza. El actual monarca Mohamed Bin Salman, condensa en su pensamientos los preceptos más conservadores del islam mezclados con un neoliberalismo acomodaticio. Si continúa con su actual política financiera-belicista, Arabia se quedará sin reservas petroleras en 2022. Más allá de consideraciones adversas, Trump (y los mencionados presidentes-lacayos europeos) le dijeron al monarca que siga adelante y que serán su principal apoyo cuando ataquen a Irán.

Pese a este panorama, la moral y el ingenio en las fuerzas militares yemeníes se mantienen intactos. En los últimos días, Ansarolá (que juega el clásico de las organizaciones terroristas con Hezbolá), con la ayuda de las milicias populares del este de Saná, lanzó un misil balístico que estalló en el aeropuerto internacional de Riad, capital del reino.‎ Otro misil de “Ansa” –como le dicen sus corajudos miembros- destruyó tres vehículos blindados saudíes cerca de la frontera, liquidando a 180 mercenarios invasores. Aun cuando la situación interna en Yemen se agrava a cada minuto (a cada segundo), el silencio de los países líderes es atroz. Las masacres que continuará cometiendo el nuevo jerarca árabe ya se han asegurado un manto de impunidad, tejido por los tribunales internacionales que sólo obedecen las órdenes de los poderosos. Incluso la misma ONU, que denuncia todos los días el desastre humanitario en Yemen, está llamada a ocultar que el reino de Arabia Saudí ha metido cientos de crímenes de lesa de humanidad a lo largo de los últimos dos sangrientos, y cadavéricos, años.

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