La mano dura de Poroshenko

por Máximo Redondo

A 3 años y medio del golpe perpetrado por la CIA en Ucrania, la situación en la ex república soviética se torna cada vez más desesperante y atroz. El origen del lío había sido la negativa del ex presidente Víctor Yanukóvich a firmar un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea que consideraba lesivo para su país, y que actualmente pretende revisar Poroshenko.

Desde el golpe las calles pasaron a ser dominadas por el ejército, la policía y bandas paramilitares fascistas, que realizaron matanzas de obreros en los sindicatos de Odessa, quemándolos vivos, hiriendo de gravedad a más de diez mil personas. No consiguieron, sin embargo, evitar la respuesta de territorios rebeldes en el Donbas, donde se ha desatado una guerra frágilmente suspendida por los débiles acuerdos de Minsk. Con una aburrida prédica antirusa, Poroshenko y sus medios exaltan un nacionalismo ucraniano que huele a naftalina, un poco humedecida y ácida. Su petición y anhelo de formar parte de la OTAN no es vista con buenos ojos por sus vecinos y la mayoría de los países europeos. Su ejército en la actualidad no es más que una unidad más de mercenarios del ejército estadounidense, que se han permitido construir su propia base naval en Ochakiv, cerca de Odessa, donde se han propuesto recuperar la anexada Crimea.

Desde junio de 2014, cuando se inició la facebookesca revolución naranja en Ucrania, y desde la asunción de Porosho –como quiere que lo llamen- el país viene cayendo en un abismo de violencia, destrucción del aparato industrial y pobreza extrema, imponiéndose un régimen de gobierno totalitario que coloca a Corea del Norte como un país liberal y sensato. En cuanto a su estrategia bélica, se viene pertrechando con armas yanquis y tiene el respaldo de la primera potencial militar mundial; sin embargo, las republiquetas del Donbas, con técnicas guerrilleras y un vago y difuso apoyo ruso, han logrado mantener sus posiciones en el terreno.

En estos momentos, hay permanentes violaciones a la tregua, acusaciones cruzadas entre el ejército ucraniano y las milicias del Donbás, cortándole el gobierno de Porosho el suministro de pan y agua a la población. Tampoco permitieron que funcionen las escuelas en Donetsk y Lugansk.

El empresario chocolatero, que eso era Porosho antes de ser presidente, se niega a pagar los daños ocasionados por sus ejércitos y ha prohibido el intercambio de prisioneros. Y asesorado ahora por Trump, se ha cagado en el compromiso de retirar su armamento pesado de las zonas de conflicto. Por iniciativa suya, se aprobó una ley de “descomunistización” que ha forzado a todas las autoridades locales a cambiar los nombres de más de 50.000 calles y ha demolido todas las estatuas de Lenin, al tiempo que casi 1.000 poblaciones han tenido que cambiar de nombre, derribando más de 1.200 monumentos.

En Kiev, cambiaron el nombre de la calle dedicada al general del Ejército Rojo, Nikolái Vatutin, veterano de Stalingrado que liberó a la ciudad del nazismo, para colocarle el nombre (a propuesta del partido fascista Svoboda) del general Román Shujiévich, que dirigió el batallón Nachtigall de la Wehrmacht y el Ejército Insurgente Ucranio, colaboracionista de los nazis, y que participó activamente en las matanzas de judíos, a quien han nombrado “héroe de Ucrania”. Como es de esperar, las manifestaciones de protesta por este “cambio” fueron atacadas por bandas de paramilitares nazis, ante la indiferencia de la policía (Polo Higinio, 2017, en Rebelión.com).

Esta ley prohíbe también la utilización de los símbolos comunistas y de la URSS. Además, el Instituto Ucraniano de Memoria Nacional elaboró una lista de más de 500 figuras históricas cuyos nombres debían desaparecer del país, y han anulado todas las actas jurídicas aprobadas por la Unión Soviética.

Paralelamente, y como se viene dando en todas las democracias modernas patrocinadas por EE.UU., no existe el menor vestigio de estado de derecho ni de libertad de expresión, puesto que se persigue, acosa y tortura a los periodistas que no comparten la “visión” de gobierno de Porosho, siendo la solución más fácil expulsarlos del país. La cantidad de presos políticos ha aumentado astronómicamente en los últimos tres años, y las cárceles se encuentran en absoluta situación de colapso.

Los nazis son actualmente los principales aliados del mandamás chocolatero. No sólo les ha asegurado impunidad a sus crímenes sino que comparte negocios millonarios con ellos. Varios se han comprado drones estadounidenses para sus propias filas de seguridad. Entre ellos los más reputados son los oligarcas Igor Kolomoisky y Andriy Biletskiy, creador del Partido nacional-socialista ucraniano.

Si las dos décadas y media de capitalismo crudo que se había impuesto en el país contribuyeron al estado actual de postración y miseria de la población, el grado de destrucción de la economía y de los derechos sociales por parte de Porosho ha empujado a Ucrania a un pozo que lo ha posicionado como una colonia más del imperio estadounidense. En medio del creciente deterioro de las condiciones de trabajo y las protestas ciudadanas, la delincuencia, la corrupción y las guerras entre clanes oligarcas y mafiosos, protagonizadas también por los agentes de la CIA que se hallan detrás de los títeres del gabinete de Porosho, han estado a la orden del día.

Los enfrentamientos son constantesentre Poroshenko, Avákov, Timoshenko, Yatseniuk, y sus partidarios, que discuten por concesiones del Estado y negocios corruptos. El saqueo de Ucrania por parte de los oligarcas en el poder es constante, y para ello recurren no sólo a a la compra de políticos y jueces, sino que tienen sus milicias fasci-nazis para defenderse e imponer sus reglas de juego. En efecto, el neonazi Andriy Parubiy, jefe de los paramilitares fascistas del Maidán en 2014 y dirigente de las bandas armadas que han asesinado impunemente en todo el país, es hoy presidente del Parlamento y una figura respetada por los medios de comunicación, que no son otra cosa que voceros y exégetas privilegiados del gobierno.

De todos modos, las cifras no ayudan a Porosho. En las elecciones que va a organizar en 2019, se proyecta que ni ha de participar la mitad del padrón electoral. En un escenario atomizado, según las agencias encuestadoras del propio gobierno, el presidente recibe menos del 10% de simpatías, porcentaje similar al de los fascistas de Svoboda, y el bloque de Timoshenko –otro empresario fascineroso con pretensiones presidenciales-, alrededor del 15%.

Al celebrar el gobierno golpista su último Desfile de la independencia, Porosho no enrojeció cuando los soldados norteamericanos se pasearon orondos levantando su propia bandera, que ondea incluso en edificios oficiales, lo que derrumba la supuesta independencia y autonomía del país que intenta “promover” el partido. A su lado estaba el general James Mattis, perro loco, Jefe del Pentágono y criminal de guerra en Afganistán e Irak, que dio un discurso más extenso que el del chocolatero, en el cual glorificó a sus tropas y celebró que Ucrania se independizara del “imperio del mal”, dirigiéndole una sonrisa al decaído y pálido presidente.

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