Liberan a genocidas gerontes en Perú y Argentina

por Leila Soto

No es necesario apelar a discursos jurídicos para interpretar estos nuevos actos de la neoliberal Latinoamérica. Principalmente porque sus indultos no son actos jurídicos sino políticos. Hechos por una parte de la sociedad civil que ha sido y será cómplice de esos crímenes.

Tampoco es necesario apelar a una explicación de la gravedad de sus actos criminales, sería una revictimización de una región a la que aún le pesa el impacto de esos crímenes. Hay que recordar que existe más de una generación diezmada por la represión. Hemos perdido dirigentes políticos, líderes sociales, gremiales y culturales. A la par también se ha ganado en banalización de la política, fragmentación material y social. También se ha ganado mucho miedo que alimenta la estupidez mediática.

El legado político de estos indultos se asemeja mucho a los últimos años de otro genocida-geronte: Augusto Pinochet. Todos tienen en común haber apelado a su condición de geronte para zafar de la de genocida juzgado y encarcelado. El que no recuerde la foto de Pinochet levantándose de la silla de ruedas cuando llega a Chile, luego de evitar ser juzgado en Europa, quizás reconozca la vitalidad que muestra Fujimori en esa cama de terapia intensiva que dejó apenas recibido el perdón mal llamado humanitario.

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Como argumento humanitario, legal o inclusive político, es una verdadera ignominia que sea su vejez lo que les abra las puertas. ¿Desde cuándo la justicia tiene conmiseración por un genocida geronte? ¿Es que acaso su crimen no es contra toda la humanidad? ¿Es que acaso el resto de los gerontes latinoamericanos no merecen justicia? Si omitimos los viejos y viejas cómplices, atornillados en sus lugares de poder (judicial, clerical, económico, etc.) en el resto de los mayores de 60 hay personas que buscan a sus nietos, hay quienes no pueden gozar del cuidado de sus hijos, quienes tienen el dolor de la pérdida clavada en su alma. Pero por sobre todas las cosas, hay seres humanos que no tienen el consuelo de la memoria, verdad y justicia. Que no pueden gozar de una jubilación digna o de un país en paz. Que se preocupan por la herencia ética que se les deja a las generaciones posteriores.

El Siglo XX no fue el fin del capitalismo, pero supuso un esfuerzo importante por el reconocimiento de los derechos humanos. hoy las organizaciones que se gestaron al calor de esa brutal represión, buscan garantizar que no se vulneren los derechos a las nuevas generaciones. Buscaron incansablemente a Santiago Maldonado y buscan justicia por él, por Rafael Nahuel y por todas las víctimas de la violencia institucional. Presos políticos, presos por la criminalización de la protesta social, son parte de la maldita realidad de esta época.

Sin embargo, esa violenta respuesta del sistema hegemónico al disenso, tiene símbolos que aún no han muerto, languidecen en cárceles lujosas, balbucean y babean como podría hacer cualquier viejito, pero no lo son. Ellos representan la cara más antipática de este sistema. La que ha sido y siempre será antidemocrática. La que no reconoce el valor de la vida de nadie. La hipócrita que reza y pide la comunión antes de secuestrar, violar y matar. Su postura ideológica no se ablanda con la edad sino que se pone más rígida. Su cercanía con la muerte no los vuelve más piadosos sino con menos frenos morales. A la humanidad no le hacen ningún favor, no lo hicieron antes ni lo hacen ahora.

Quizás el retorno de la actividad de UNASUR debería ser inaugurando un centro geriátrico de genocidas. Juntarlos a todos y en vez de darles el servicio de cárcel común, ofrecerles humanitariamente un servicio geriátrico similar al que se les ofrece a los jubilados en sistemas públicos. Sería justicia poética, tener que cumplir las indignas reglas de muchos hogares para ancianos. Usar compulsivamente pañales, mucho barbitúricos y puré de calabaza. Convivir entre ellos, una manga de viejos chotos, con hijos que se pelean por la herencia de su expoliación criminal. Estar expuestos en una vidriera, como esos pobres jubilados utilizados políticamente por Mauricio Macri.

La consigna memoria, verdad y justicia tiene la tarea de construir y renovar consensos sociales que permitan a las sociedades vivir con menos violencia y con más principios. Las respuestas a estos genocidas gerontes, guiándonos por un principio de solidaridad social, no deben ser individuales. No pueden estar en su casita de la playa. No están de vacaciones, están vivos para dar testimonio de lo que hicieron, a quiénes se lo hicieron y cómo lo hicieron. No es para que oculten sus pecados bajo la complicidad de un cura, sino para que confiesen los crímenes en los que participaron. Para que digan dónde están sus víctimas, dónde están los nietos, qué hicieron con lo robado. Todo eso lo pueden hacer en un hogar de ancianos gerontes con acompañamiento terapéutico necesario. Si quieren ocuparse de algo en estos años, tendrá que ser de su conciencia.  No se les niega la vida, ni las ganas de estar acompañados, pero ¿por qué cuidados individuales?  ¿Qué han hecho para merecer el privilegio?

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Una última nota para esos jueces que firman estos actos de impunidad. Si no lo son, pronto serán gerontes. Tendrán necesidades como las de cualquier otro viejo. Pero sepan por adelantado que no recibirán el reconocimiento social por sus actividades profesionales. Es probable que no puedan controlar sus esfínteres como tampoco podrán controlar el repudio social. No podrán con un pueblo que no olvida, no perdona y no se reconcilia. Simplemente porque no es posible. No hay argumentos ni etarios, ni éticos que así lo dispongan. Porque hay una lucha por los derechos humanos que es continua. Por los 30.000 de ayer, por los de hoy  y por los de mañana.

 

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