Preguntando por rosas

Una casa que carece, aparentemente, de amo y señora,

con puertas que nadie excepto el viento jamás cierra,

su piso cubierto de vidrio y yeso,

se erige en un jardín de rosas anticuadas.
Paso con María por ese camino en el crepúsculo,

‘me pregunto’, digo, ‘quién es el dueño de esto’.
‘oh, nadie que tú conozcas’ me contesta ella con ligereza

‘pero alguien a quien deberíamos preguntar si queremos algunas rosas’.

Así debimos juntar nuestras manos en el rocío que se aproximaba fríamente,

allí en el silencio del bosque que reposa,

y giramos y subimos hacia la puerta abierta osadamente,

y golpeamos a los ecos como mendigos por rosas.
‘Por favor, hay alguien aquí, señora, quién era usted?’
Es María que habla y nuestro recado se revela.

‘Por favor, ¿está aquí adentro? ¡Aparezca, aparezca!
‘Es el verano nuevamente, hay dos que vienen por rosas’.

‘Una palabra con usted, la del llamado del cantor,

el viejo Herick: un dicho que toda doncella conoce es

que una flor sin arrancar es dejada para la caída,

y nada se gana al no recoger rosas’.

No soltamos nuestras manos entrelazadas

(sin preocuparnos demasiado lo que ella supusiera),

entonces es cuando viene hacia nosotros brillando vagamente

y nos concede en silencio la bendición de sus rosas.
Robert Frost, trad. HM

 

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