Se apresta la venganza de Kaddafi

por Máximo Redondo

Para quienes creen que el líder libio pasó a mejor mundo al ser degollado por los mercenarios de la OTAN la noticia les puede resultar sorprendente. Es que un crimen como ese no se paga de un día para otro. Se requiere tiempo y distancia, que los criminales, confiados en su impunidad, se paseen desprevenidos en su entorno familiar, a veces hasta demanda infiltrarse en sus fuerzas de seguridad. El jefe de la nación árabe-africana dejó un testamento e hijos que respetarán su legado. Por el momento, tras la muerte del coronel Libia quedó desmembrada en mil pedazos, en doscientas milicias comandadas por “señores de la guerra” de diferentes tribus, quienes se disputan territorio y recursos de supervivencia. Actualmente prevalecen las fuerzas del general Khalifa Hafther, asentado en Tobruk, quien se enfrenta al gobierno constituido en Trípoli por la ONU en 2016, encabezado por el primer ministro Fayez al-Serraj, como Primer Ministro, que apenas controla una manzana de la antigua capital libia y que no es reconocido por los tobrukeños y otros grupos rebeldes, concientes de que los han invadido y que se tienen que unir “para echar a los extranjeros”. Su principal fuente de ingresos es el contrabando de cigarrillos y drogas, la trata de personas y el tráfico de refugiados al Mediterráneo, ya sea a la muerte o a un destino peor que el ahogamiento en el mar. A los puertos controlados por las mismas bandas armadas que asesinaron al coronel arriban desplazados de todo el continente africano, asiáticos que huyen de los infiernos bélicos desatados por Estados Unidos y la OTAN en Yemen, Afganistán y Bangladesh. El último negocio que los ha posicionado como jerarcas de estirpe es el de las subastas de esclavos, a las que acudieron mandatarios de todo el orbe, cual es el caso del golpista Temer de Brasil y el neoliberal argentino Macri. Estas subastan se desarrollan en un bar de la ciudad de Sabha, en el centro Libia, enclave estratégico por donde pasan la mayoría de las rutas de refugiados que desde África Subsahariana intentan alcanzar los puertos del Mediterráneo, sin que a nadie le interese perturbar el negocio neoesclavista de los extranjeros invasores.

 

Cerca de Misrata y Sirte, puertos dominados por los herederos de Kaddafi, esperan su embarque un millón de africanos hambrientos dispuestos a limpiar inodoros blancos. Así como miles de jóvenes hondureños, guatemaltecos o salvadoreños, creen que su vidá será feliz en los Estados Unidos. Los coyotes se relamen para cómerselos crudos en la primera oportunidad (por lo menos les robarán su dinero y les mutilarán algún miembro). Así tendrán la posibilidad de recuperarse e ilusionarse con el “american dream” (serán exitosos, publicarán algún libro, tendrán un cargo político y evadirán impuestos).

Después de siete años ininterrumpidos de guerra, los hijos de Kaddafi se están despertando, y en su primera acción liquidaron a 10 mercenarios de la OTAN y a 6 anunciadores y promotores de los eventos de esclavos organizados por las mafias occidentales. No es poco en un país en ruinas, con su infraestructura completamente destruida y un descontrol absoluto de las autoridades que ha obligado a métodos de supervivencia siniestros. El 95% de la población carece de agua corriente y electricidad, a pesar de que el país cuenta con el tercer mayor acuífero del mundo.

Parece que después de haber resuelto el conflicto en Siria, representantes del pueblo libio se han manifestado a favor de una intervención rusa en el país, tan necesitado como la misma Somalia de ayuda humanitaria. Lamentablemente, Putin explicó que mientras no se contenga el flujo de desplazados por los miles de conflictos que hay en Africa, ocasionados y explotados la mayoría por Estados Unidos y la OTAN- sus fuerzas no podrán imponer la paz. Es que lo único que les interesa a los europeos es detener las hordas de bárbaros que amenazan la estabilidad, ya bastante precaria, de su continente.

Erik Prince, ex marine, fundador y presidente de la empresa bélica privada Blackwater, ha ideado un plan que consiste fundamentalmente en establecer en tres o cuatro puntos del territorio libio escuelas de guardias fronterizao entrenados por su ejército privado. Prince conoce muy bien el terreno, ya que fue asesor de Haftar para que se posicione militarmente en Libia, alcanzando a controlar cerca de la mitad del país. Entre 1997 y 2010, Blackwater recibió más de 2 mil millones de dólares por los servicios prestados al Pentágono, en los diferentes teatros de operaciones de Irak, Libia, Afganistán, Somalia, Yemen y Colombia, consistiendo sus servicios en matanzas y crímenes de guerra y violaciones múltiples a los derechos humanos. Se trata de un empresario con gran “llegada” a Trump, por lo que parece probable que el rubicundo presidente yanqui la ponga más temprano que tarde en marcha.

La empresa de Pierce y otras similares, son la nueva estrategia desplegada por el Pentágono, no sólo para para enmascarar su presencia militar en los frentes de conflicto, sino para actuar por fuera de las leyes tanto locales, como estadounidenses e internacionales. No se publican las listas de sus miembros, las misiones y los resultados, ni a la prensa, ni a las organizaciones internacionales ni al Congreso estadounidense. Los contratistas, eufemismo por mercenarios, tienen las mismas facultades que la tropa oficial, e incluso están autorizados a matar. Estas organizaciones se componen del personal degradado de las fuerzas armadas, la CIA y otras agencias, dados de baja por faltas disciplinarias graves o abusos de autoridad, pudiendo volver tranquilos a los mismos lugares de donde son expulsados. Personalmente, Pierce tiene 20.000 efectivos fijos, 20 aviones de guerra, unidades navales, armamento de última generación y gran variedad de blindados. Es amigo de Trump, mercader de la guerra como él, millonario y mafioso también. Son los primeros enemigos que los hijos de Kaddafi se han juramentado despachar, la venganza ha de llegar, no les quepa la menor duda a los “sons of a bitch”.

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