Un arroyo en la ciudad

La granja permanece, aunque reacia a adecuarse

al nuevo número de la calle de ciudad que tiene que exhibir.

¿Pero qué del arroyo que sostiene la casa como un codo de curva?

-pregunto mientras alguien que conoció el arroyo,

su fuerza e impulso, habiendo sumergido un dedo
y haciendo saltar mis nudillos,

lanzando una flor para probar dónde se cruzan sus corrientes.

El pasto de la pradera podría ser cementado y cercenar su crecimiento

bajo los pavimentos de una ciudad;

los manzanos son enviados a las llamas de la chimenea.

¿Sirve igual el agua del bosque para un arroyo?

¿De qué otra manera se puede disponer

de una fuerza inmortal que ya no es más necesaria?

¿Afirmarlo en su fuente con cargas de cenizas hundidas?

El arroyo fue arrojado profundamente en una alcantarilla bajo la piedra,

en la fétida oscuridad todavía para vivir y correr,

y todo por nada que haya hecho jamás

excepto olvidarse de ir temeroso quizás.

Nadie hubiera sabido excepto por mapas antiguos

que por un arroyo como ese corría agua.
Pero me pregunto si por haber sido mantenido abajo,

los pensamientos no han emergido para conservar

la nueva ciudad construida con trabajo y sueño.

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