Volvemos a las cavernas

por Leila Soto

Quienes pudieron gozar de un poco de educación quizás conozcan la alegoría de la caverna, un escrito de Platón. Quizás de los pocos best sellers que valen la pena. Es probable que su vigencia tenga que ver con la sencillez de los mensajes contenidos en la misma. En nuestra era audiovisual, el artefacto controlador de esclavos es un poco más complejo, pero nada ha cambiado en la dinámica señalada: poder ejercido con violencia y la manipulación del sentido. Libertos con el dilema de salvar a los prisioneros con todos los riesgos que ello implica. Esclavos con imposibilidad material de liberarse de una visión que no sólo es una distorsión de la realidad, sino que produce la necesaria alienación mental para vivir de esa manera. Lo brillante del relato es la manera en que expone la naturaleza humana. No se trata de sociedades con estructuras organizadas como un enjambre o una colonia de hormigas. Nuestras sociedades pugnan todo el tiempo por un intento de organización. Los criterios con que las mismas se organizan es lo que las hace sumamente conflictivas.

Se podría decir que buena parte de la historia de la humanidad puede ser contada a través de esos criterios de organización. Criterios que, cuando se imponen, benefician a sectores específicos de esa sociedad. Como naturalmente cuesta beneficiar a todos, hay una necesidad de “consenso” o convencimiento de aquellos menos afortunados. Por ejemplo, el campesino de la Edad Media al que se le morían los hijos de hambre tenía el consuelo divino, porque el cura que los bautizaba, casaba y enterraba era el mismo que bendecía al noble, dueño de la tierra que trabajaba. Ni qué hablar del negro, indio, latinoamericano, cuya sociedad se organizaba alrededor del saqueo de sus riquezas. Su consuelo era ser el orgullo de su colonizador (mental y material). Su oro y plata embelleciendo las iglesias Europeas. Sin entender bien cuándo se dieron los números para ser el primer mundo, sumaba esfuerzo y motivación para pertenecer a él. Hoy, muchos de sus descendientes siguen la tradición, intentan entrar a ese primer mundo embellecido por sus riquezas naturales. Los más afortunados entran con un carnet de habilidoso jugador de futbol. Los menos afortunados entran en un baúl o una balsa. Si sobreviven gozarán de ese primer mundo en la más increíble de las humillaciones: esa que se parece espantosamente a la caverna.

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