Dar gracias

La vida
1.
Luego del Día de la Independencia

todos nuestros juguetes comenzaron a romperse,

la escuela creciendo dulce en nuestras lenguas.

Ya habíamos cortado y ordenado el algodón en filas,
los inútiles rastrojos apilados como cuentas confederadas.

Septiembre significaba recolección y mediodías en Springfield,

los grados de color soltados al mediodía para escoger a los blancos valiosos

hasta la caída de la noche.

Mis manos, lentas y civilizadas,

no merecían mi espalda en la carretilla cosechadora,

pero el Tío Chock corría la cosa

y Mamá lo hubiera dejado muerto

si soñaba en intentar ponerse salado.

El dinero era malo como todo dinero entonces,

ni cerca de ser verde o ancho.

Tres dólares por cientos de libras,

la mejor parte de un día.

Apenas pude mantenerme parado,

las manos hinchadas como fruta sin recoger.

No importa cuándo comenzó ella,

Frankie recogió quince libras más,

comida para dos, un nuevo vestido del este.

Los veranos me vuelvo tan negro y decidido,

todo porque recojo con amigos en vez de malas hierbas solo,

juntando mi colchón verde.

2.
Los inviernos, cuando el rey blanco se ha ido,

dormimos como peces, aún moviéndonos.

Caminamos juntos de regreso a casa,

por el almuerzo y retomamos luego de la escuela,

cambiando nuestros calzoncillos antes

de quitar la ceniza de la estufa.

Nadie tenía gas hasta depués de la guerra.

Cada noviembre traía un furgón de Atchison
Topeka & Santa Fe;

por una comisión, Lopez balanceó su casa en su remolque,

una ballena de la cacería.

Una vez llena de vagabundos,

aquella campana que quemamos

nos salvó de la congelación por toda la temporada larga.

Antes de empujar cada tablero adentro,

debería correr mis manos a través del discurso de la madera quedmándose,

alertando las esculturas al Conductor Inamistoso,

Ciudad Sin Sueño.

La madera abandonada se convirtió en juguetes;

tres tableros y el viejo skate de alguien que se volvió un scooter de verano.

Aburrirse, ¿qué era eso?
Estábamos demasiado ocupados siendo pobres

en aquella casa ventilada todo el invierno,

demasiado ocupados compartiendo todo,

aún los baños del atardecer junto a la estufa.

No había cañerías, no había ratas,

sólo ratones lo suficientemente gruesos

para creer que teníamos más que ellos.

 

Kevin Young, traducción de HM

 

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