Kosovo: paraíso del crimen organizado

Por Máximo Redondo

Bautizada por Juan José López, eximio mediocampista riverplatense que luego como director técnico lo condujo a la B, como “Socovo”, esta pseudo-república, dudoso país o territorio de guerra perpetua, es un engendro surgido de la intervención de los yanquis y la OTAN en la gloriosa ex Yugoslavia de Tito. Desde su mismo origen, en 2008, las tensiones étnicas, religiosas y políticas entre los pueblos serbio y albanés han sido constantes, y las medidas de la ONU y los cientos de Consejos de Seguridad que se armaron para pacificar la zona sólo han incrementado y agudizado los conflictos y la violencia generalizada que ellos mismos desataron en la región al nacer el siglo XXI, confiados en que su supremacía era tan sólida como eterna.

A pesar de las miles de misiones internacionales de seguridad que se enviaron allí, Kosovo hoy en un paraíso del crimen organizado, donde las mafias albanesas dominan el territorio y el control de un más que fluido tráfico de drogas, trata de personas, venta de órganos humanos, cigarrillos, vehículos robados y delitos conexos. Según los entendidos en materia de comercialización de drogas, más de la mitad de la heroína que se vende en el Viejo Continente es de procedencia albanesa/kosovar.

Pese a no ser reconocido como un país con pleno derecho de voto en la ONU, los líderes de Kosovo se manejan como si estuvieran al frente de un estado independiente, han comprado embajadas en varios países y utilizan el euro de facto como moneda de cambio. Se han afiliado al Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la FIFA, habiendo rechazado la Unesco su solicitud de ingreso. Todo ello, mientras dirigen sus unidades de negocios mafiosas.

Los crímenes entre bandas y clanes son frecuentes en esta nación balcánica que en diez años de vida no ha logrado un minuto de estabilidad y tranquilidad política. Ellos manejan los tribunales a su antojo y sus crímenes de guerra son sepultados en el olvido y en el ocultamiento total de pruebas. Las redes albanesas de narcotráfico comenzaron a operar en forma activa a fines del siglo pasado. Desde entonces, su dinero financió al Ejército de Liberación de Kosovo, organización que cometió cuantiosos crímenes de lesa humanidad contra poblaciones y barrios serbios.

Basados en el principio de división territorial y en la satisfacción de los intereses de ciertas familias o clanes influyentes, los líderes albano-kosovares mantienen estrictos códigos de conducta, creen en sus lazos de sangre y evitan la colaboración de personas externas. La mayoría cumplió un rol determinante  en la creación de Kosovo y varios de sus miembros integran cuerpos policiales, bancadas políticas y son altos funcionarios de la Aduana y del Ejército más joven del mundo, que es el kosovar.

 

Así, Kosovo se encuentra dividido en tres zonas claramente delimitadas, lideradas por mafias experimentadas, cada una de ellas con bastante autonomía: Drenica está bajo control del presidente actual, Hashim Tachi. Dukagjin pertenece al primer ministro Ramush Haradinaj, en tanto Lab se encuentra bajo el mando de Rustem Mustafi, uno de los comandantes más influyentes del Ejército de Liberación de Kosovo. Todos comparten como medio de vida el tráfico de drogas, armas, órganos y personas. Actúan como clanes cerrados e impenetrables para la “inteligencia occidental”.

 

Las guerras entre clanes son comunes cuando escasea la droga o los flujos de inmigrantes desharrapados. Por ello, cuentan con socios y han organizado mafias similares en países como Turquía, Albania y Bulgaria, e incluso España. En Alemania los albaneses-kosovares han desplazado a los traficantes turcos y kurdos, y en Eslovaquia y Hungría controlan el 90% del mercado de drogas. Fondos no les van a faltar para continuar con sus hazañas mafioso-terroristas, al frente de un país con un destino completamente incierto, y donde no hay educación, salud ni infraestructura, y donde sus ciudadanos deambulan a merced de las mafias para sobrevivir a base de drogas, su capacidad sexual y alcohol, cuando no compran y aprenden a usar un arma para suicidarse, inmolarse en un atentado o combatir a las órdenes de los líderes del Ejército de Liberación de Kosovo que gobiernan el país.

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