Muere Oskar Pérez, en directo y en Instagram

Por Alvaro Correa

El bello y tonto terrorista de la derecha venezolana cayó abatido por fuerzas leales al gobierno de Maduro en el Junquito, zona estratégica en las afueras de Caracas donde había montado un bunker atiborrándolo de planes golpistas y macabros que felizmente se fueron con él, junto con su afición enfermiza a las redes sociales, que lo impulsó a anunciarle al mundo, un instante antes de su muerte, que lo iban a “ejecutar”, arrogándose el heroísmo de un Che de derecha, con cero ideología, mucho músculo y apoyo logístico de la CIA.

Pérez, un ex piloto de la fuerza aérea venezolana, fue el autor de un atentado aéreo con granadas y armas contra el Ministerio de Justicia en julio de 2017, y lideró la “Operación David” contra un fuerte militar en el estado de Carabobo. Era el más “espectacular” de los opositores, y por eso hoy lo lloran sus dirigentes, y hasta al mismo mamarracho que conduce la OEA el hecho le sirvió para retomar su campaña antivenezolana, y argumentar que en el país bolivariano se violan los derechos humanos, sencillamente por haber ultimado a un peligroso terrorista y desbaratar sus planes paramilitares y desestabilizadores en contra del Estado venezolano.

Como no cabría esperar otra cosa, la muerte de Pérez se hizo viral y los grandes medios de comunicación, pseudo “serios” e “independientes”, han posicionado su figura como si fuese un bonito pan de Dios venezolano, perseguido por la dictadura de Maduro y acribillado cuando estaba a punto de entregarse y enfrentarse a un infartante interrogatorio de la guardia bolivariana. Lo victimizaron como victimizan a los verdugos de los pueblos que en este mismo instante gobiernan robando y asesinando de acuerdo con los intereses de los sectores ricos y las grandes empresas transnacionales. Hasta el mismo Trump es devoto de victimizarse, como lo hacen los inescrupulosos Temer y Macri.

La muerte de Pérez le costó la vida a dos funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana, y muchas horas de inteligencia para dar con su paradero. El exfuncionario del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC) se encontraba prófugo tras haber robado un helicóptero de una Base Aérea venezolana y usarlo para lanzar una granada a la sede del Ministerio Público, donde funcionaba un preescolar. “Hay que arrancar por los más chicos” –exclamó con lenguaje provocador aquella noche en su Facebook.

Junto con el exoficial militar Juan Carlos Caguaripano, arremetieron contra el Fuerte Militar Paramacay en la ciudad de Valencia, y su último acto de guerra fue el robo a mano armada a una sede de la Guardia Nacional Bolivariana, en San Antonio de los Altos, estado Miranda. Todos los cómplices que cayeron o murieron con él eran conspicuos delincuentes, fugados y condenados por delitos gravísimos, incluida su novia, que la tenía a su lado como si fuese una app más.

Sus ojos claros le ganaron el amor de Mauricio Macri y demás degenerados de la derecha continental. Su sonrisa y aires de filántropo y actor revelaban una personalidad egocéntrica in extremis. Oskar Pérez fue un joven terrorista al que no le hacía gracia la democracia venezolana, y quiso expresarlo de manera cobarde y artera, haciendo alardes de su capacidad de combatiente y “elemento peligroso”. Bravo por quienes fueron en su búsqueda e hicieron añicos su “rebeldía”, que craneaba poner un coche bomba en la embajada cubana en Caracas. Vaya si no está bien muerto el tal Oskar Pérez.

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