Puerto Rico: del papel higiénico a la bancarrota total

Por María Huracán

Desde que Donald Trump visitó su “estado asociado” luego de la devastación del Huracán María, quedando expresado su sincero afán de ayuda con el lanzamiento de papel higiénico a masas de puertorriqueños necesitados de limpieza -pero más de alimentos- y poner un poco de orden en sus viviendas destruidas, la bancarrota económica y financiera de la isla caribeña se profundizó, a la par del colapso de su sistema eléctrico, estando todavía –cinco meses después del huracán- más del 80% del ¿país? sin suministro eléctrico. Esta situación ha impulsado a que 2.000 personas por día abandonen su patria, lo que a su vez amenaza la supervivencia del “estado asociado”, que pasaría a llamarse “estado fantasma”.

En la última década, aún antes de la llegada de “María”, la población de la isla había bajado de 3,8 a 3,4 millones de personas. En verdad, desde que los conquistadores aniquilaron a la población taína, la historia del país ha sido una perpetua sucesión de poblamientos y despoblamientos que enajenaron su independencia. Con la ocupación yanqui a partir de 1898 –que se extiende hasta la actualidad- han sido varios los motivos que propiciaron y ahuyentaron a los puertorriqueños colonizados: el desplazamiento de la agricultura familiar por el monocultivo agroindustrial de propiedad extranjera, así como la imposición del inglés como lengua de enseñanza y de uso oficial. Los boricuas se reproducían como conejos y siempre fue necesario diezmarlos.

Más allá de un efímero proyecto desarrollista de posguerra, que se extendió hasta fines de la década de los ’70, Puerto Rico siempre padeció los efectos de una prosperidad subsidiada que oculta la realidad de una economía exhausta, o directamente inerte. En todo caso, viven muchos más puertorriqueños en Estados Unidos que en la isla (en estos momentos hay más de 5 millones, contra los 3.4 registrados en el último censo). La tasa de desempleo hoy alcanza al 52% de la población, presentando un coeficiente Gini de 57, similar al de Paraguay y sólo superado por Brasil, que con 60, y de la mano del golpista Temer y sus amigos, es hoy el país más inequitativo del planeta.

De todos modos, la pobreza en Puerto Rico es extrema, y sin energía eléctrica ha derivado en una inquietante anomia y descomposición social. La capital San Juan es considerada la ciudad más violenta del Caribe (por arriba de Kingston), y su tasa de asesinatos quintuplica la de Estados Unidos, lo que no es poco. Luego de las reformas introducidas por la mencionada Junta de Fiscalización, guiada por un directorio de selectos manejadores de “fondos buitres”, Puerto Rico ha pasado a ser el país americano con mayor precariedad alimentaria en términos de autosustentabilidad, a lo que cabe añadir la destrucción extensa e irreversible de las zonas naturales de acopio de agua, quedando la reconstrucción del país en manos de inescrupulosos empresarios yanquis, conocidos de Trump y Macri. Las cifras y datos que damos son todas del presente (Duchesner Winter, 2018, rebelion.org). Ahora son frecuentes los enfrentamientos y constantes revueltas de pandillas y narcos que se tirotean con paramilitares y policías, como en las más picantes ciudades de Centroamérica.

En síntesis, el país está todavía en estado de síncope, y hoy es una colonia a la que los yanquis sólo arrojan papel higiénico a distancia, ostentando por ello asco y repulsión. La actual alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz, ha denunciado la inoperancia y el desgano de las ayudas “post-desastre” enviadas por diversas agencias del gobierno federal de Estados Unidos y ha expresado su indignación por la estupidez y el racismo chabacano del presidente yanqui. No obstante, el discurso de Yulín ante la bancarrota, el desastre y el colapso es moderado, creyendo que la principal causa de la “desaparición” de Puerto Rico es la  perfidia entreguista del sector anexionista, y que hay que pararse con mayor autonomía y valentía frente a los planes de la Casa Blanca.

A todo esto, los financistas buitres de la Junta de Supervisión Fiscal, que efectivamente controla el país, y el gobernador de turno compiten entre sí para ver quién se queda con el botín del sistema de energía eléctrica que su incuria y corrupción redujeron a la máxima precariedad frente a los eventos climáticos, y se babean por su privatización inminente. De este modo, el país quedará postrado ante quien controle la distribución de una energía eléctrica escasa, precaria y astronómicamente costosa, que operará mediante la obsoleta quema de combustibles fósiles para seguir abonando al cambio climático que traerá más y mayores huracanes. Puerto Rico es el caso más claro y paradigmático del capitalismo carroñero de desastres denunciado y explicitado por Naomi Klein (Duchesner Winter, 2018, rebelion.org).

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