Revuelta sindical en Alemania

Por Helmut Müller

Desde el 8 de enero los obreros de la metalurgia y de la industria electrónica han declarado una huelga por tiempo indefinido en Alemania. Hasta el momento, la patronal desoyó las reivindicaciones del sindicato IG Metall, que reclama una mejora real de las condiciones de trabajo y de vida para los 4 millones de trabajadores. A diferencia de anteriores luchas de estos gremios, la medida de fuerza no ha sido defensiva sino ofensiva, y osan decir a sus patrones que quieren “una porción más grande de la torta”.

Mientras en Argentina se debate una reforma laboral neoesclavista, propia del capitalismo más avariento, en Alemania los delegados de IG Metall se han plantado en su aspiración de aumento del 6% del salario (lo que equivaldría en Argentina al 40%, si se toman como parámetros de referencia las inflaciones de ambos países) y demandan una reducción del tiempo de trabajo individual de 35 a 28 horas semanales. Su propuesta, considerada de avanzada o vanguardia, por grupos de asociaciones sindicales internacionales, contempla una proporcional reducción del salario salvo que el trabajador afronte una contingencia adversa, como cuidar a adultos mayores de su familia, y que las siete horas ganadas al trabajo las invierta en capacitación o recursos innovadores. De cualquier modo, los dueños de las fábricas han rechazado el diálogo y continúan con su oferta de una prima de 200 euros y un incremento salarial de 2%, a cobrar en abril, por una jornada de 38 horas semanales.

Esta oferta hizo reír a los capos de IG Metal, envalentonados por sus últimas conquistas, y concientes de que cuando los obreros se unen y luchan juntos pueden torcerle el brazo a más de un patrón. Aunque la palabra más aceptada sea dueño o propietario, y la más anhelada empresario, hay que llamar de alguna manera a los poseedores de capital y medios de producción.

En el caso de los obreros metalúrgicos y de la industria electrónica, su poder se basa en que ocupan un lugar central en la economía alemana y en las exportaciones, que son un factor clave. A esto se añade que los pedidos se multiplican y la globalización les impone una capacidad de respuesta cada vez mayor y plazos de entrega cada vez más cortos. No se puede soslayar que la industria cualificada goza de un gran momento en el país germano. Ya no existe el ejército industrial de reserva al que se refería Marx, y por ello la fuerza de los trabajadores aumenta ante la preocupación de varios millonarios alemanes.

Esta problemática ha suscitado duras controversias en torno a los beneficios sociales que se conceden a los trabajadores. De acuerdo con los análisis de los empresarios, la disminución de la jornada laboral, tal como la plantean los sindicatos, exigiría la creación de 200 000 puestos de trabajo suplementarios, y por consiguiente, una disminución significativa de las ganancias. Sin embargo, varios téoricos francesis sotienen que la reducción del tiempo de trabajo no genera empleo, ya que se está hablando de puestos para aspirantes muy calificados, los que no abundan en varias regiones de Alemania.

Por su parte, Merkel se reunió con los principales inversores del país y les juró apoyarlos en las demandas y conflictos en que se vean enredados, en relación con la opresión de los derechos de los trabajadores y las políticas de flexibilización y precarización que están dispuestos a aplicar, a pesar de un contexto que indica que la productividad de los trabajadores se ha incrementado en mayor medida que su salario, lo que dicho en criollo sería “están trabajando más por menos”. En una situación política germana en donde las políticas de seguridad y antisociales dominan el debate público, plantear desde el sindicalismo la necesidad de retornar a la lucha de clases resulta prometedor.

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