Ciudad del fin del agua

Por Milton Sissoko, desde Ciudad del Cabo

 

La cuenta regresiva ha comenzado Dentro de 70 días esta pujante ciudad sudafricana se quedará sin agua. Este cálculo se basó en el descenso esperado en todos los depósitos de agua por debajo del 13.5 %, lo que provocará que el sistema de suministro de agua no podrá verter gota alguna. Ya van tres años que la ciudad padece una fuerte sequía (producto del cambio climático negado por Trump), y el sombrío panorama que se acerca comenzó a ser visto por la mayoría de su diversa población, con progenies que oscilan desde los esclavos llegados de Malasia, Indonesia, Madagascar y Mozambique, a los exploradores holandeses, ingleses y franceses, los pueblos indígenas Khoi y San y las tribus africanas locales. Todos ellos se quedarán sin el más básico elemento para la vida. La alcaldea anunció hace dos semanas: “Hemos llegado a un punto de no retorno. El nivel de agua está actualmente a sólo el 17%”.

A lo largo del año pasado se tomaron dramáticas medidas para dilatar el corte total de agua. Por ejemplo, muchos recogen el agua utilizada en la ducha (conocida como agua “gris”). Helen Zille, primera ministra de la Provincia Occidental del Cabo afirmó que “nadie debería ducharse más de dos veces a la semana en estos momentos. Hay que ahorrar agua como si la vida dependiera de ello, porque depende de ello”. Los coches sucios y el pelo grasiento debido a la limitación de duchas han devenido en símbolos de responsabilidad social (no empresaria). Por toda la ciudad proliferan anuncios que recuerdan a los residentes que “cada gota cuenta” y el nuevo lema para el uso de los inodoros es “si es amarillo, deja que se diluya; si es marrón, tira de la cadena”.

Un cubo y una jarra son artículos esenciales para realizar cualquier tarea que requiera agua, incluidas las duchas de 90 segundos que son consideradas prolongadísimas. Los negocios que proporcionan fuentes alternativas de agua, como la perforación de pozos y los suministradores de depósitos de agua de lluvia, tienen listas de espera de meses y mucha demanda insatisfecha. El peso de la crisis se ha volcado la clase obrera, a la que las autoridades locales reprenden cruelmente todos los días, acusándolos de dilapidar 87 litros por día. A medida que se acerca el “Día Cero” los esfuerzos por acaparar fuentes de agua han dado lugar a reyertas que propiciaron la ocurrencia de varios linchamientos a sedientols bebedores de la crucial fuente de vida para el hombre y la naturaleza. La desesperación genera medidas más extremas cada día que pasa. Para el 1 de febrero el consumo de agua de los habitantes de Ciudad del Cabo se limitará a 50 litros (unos 13 galones) de agua por persona al día. Para ponerlo en perspectiva, se calcula que el yanqui medio utiliza 88 galones de agua al día en su casa. Si una persona se diera una ducha de 10 minutos gastaría 100 litros de agua, el doble de lo que a partir del 1 de febrero se permitirá gastar por día a cada habitante de la ciudad.

Esto conducirá irremediablemente a una grave crisis de salud pública. Nadie puede tomarse una ducha de menos de un minuto, o tirar la cadena del inodoro sólo una vez por día (particularmente si suele orinar o defecar con frecuencia), tampoco lavar los platos sólo una vez al día (es una asquerosidad social), y hay restricciones incluso para lavarse las manos y cocinar.

En un artículo de la World Socialist Web, Genevieve Leigh relaciona la situación con el desastre de Flint, Michigan, ciudad de origen del notable documentalista estadounidense Michael Moore:

Las experiencias de los trabajadores en Flint, Michigan, que han vivido con agua envenenada durante casi cuatro años, han demostrado concretamente las consecuencias potencialmente devastadoras mental y físicamente de vivir sin acceso al agua. Volvieron a aparecer enfermedades e infecciones que se creían erradicadas de la sociedad moderna ya que los vecinos temían lavarse las manos. Los profesores empezaron a notar el olor fétido proveniente de los niños que tenían demasiado miedo a ducharse, o no podían hacerlo, debido a la calidad del agua en sus casas. Estos riesgos potenciales para la salud, y más para los trabajadores y jóvenes de Ciudad del Cabo, son enormes, aunque apenas se han publicado informes oficiales al respecto, si es que hay alguno”.

En las chabolas de los barrios pobres la situación es inquietante, pues la falta de agua ha puesto a la gente muy nerviosa. Según organizaciones expertas, si la ciudad continúa adelante con su plan de desastre y corta el agua, el servicio sólo podría reanudarse cuando se recupere el nivel de agua en los embalses, lo que podría demorar meses o incluso años.

El gobierno federal y el local son los principales responsables de la inepta manera de abordar el problema. Cuando el 12 de abril la ciudad llegue al “Día Cero” se cortará el suministro de agua a los barrios residenciales, lo que provocará que unos 4 millones de vecinos dependan de las colas diarias ante los puntos de suministro de la ciudad. A cada vecino se le proporcionarán entonces solo 25 litros (un poco más de 6 galones) de agua por día, aunque obviamente, los barrios de los ricos quedarán exentos de los recortes “debido al turismo y a los negocios”.

La crisis ha tornado explosivas las relaciones sociales en la ciudad. La clase dirigente, que es muy consciente que el gobierno de Mandela no empoderó a los negros lo suficiente como para doblegar a sus policías y fuerzas militares que aplastarán cualquier revuelte popular que se esté entretejiendo. A la hora 0 del día 0 pondrán en marcha un Plan Estratégico que incluye el despliegue de 10.000 soldados en 200 puntos de distribución de agua, y todas las reservas viajarán escoltadas por mercenarios fuertemente armados.

El escenario pinta postapocalíptico, con mucha gente huyendo, incendios que no se pueden apagar, instalaciones sanitarrias derrumbadas o en estado de descomposición.

Y para acabar, esto no se restringe a Ciudad del Cabo, ocurre también en Martin County (Kentucky), con agua contaminada por minas de carbón, plomo y otras industrias químicas. Allí se registra un aumento generalizado de las tasas de mortalidad fetal, erupciones cutáneas, cánceres e incluso múltiples muertes por legionella. En Puerto Rico, cuatro meses después de que el huracán María destruyera la isla, la mitad de la población sobrevive gracias al agua embotellada y a los arroyos cercanos, además de que muchos siguen sin luz, en peores condiciones que los clientes de Edenor o Edesur. Así que a los porteños ni se les ocurra quejarse cuando no sale agua de las canillas, o cuando sale marrón o con gusto a cloro.

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