¡Ojo con Ramaphosa!

por Máximo Redondo

Ya el entierro de Nelson Mandela había despertado muchas suspicacias. La entusiasta asistencia de líderes de las potencias imperialistas (cuya principal actividad fue sacarse frívolas selfies), junto con representantes de grandes corporaciones transnacionales, aplaudiendo la muerte del líder sudafricano, emblema de la lucha contra el apartheid y de la reivindicación de la negritud, generaba resquemores. Como herederos de su legado sonreían felices el ex presidente Zuma –recién destituido por cientos de casos de corrupción- y Cyril Ramaphosa, el vice que tomó posesión del cargo principal en Sudáfrica como representante electo del Congreso Nacional Africano y que, como se expone a continuación, desde aquel momento (el funeral de Nelson) no hizo otra cosa que vejar y estropear las enseñanzas y la memoria de Mandela, manipular su historia y sus posturas políticas, cagarse en su visión política y tirar a la basura todos sus proyectos.

Su acceso al puesto más alto del Estado representa no sólo la continuidad de un gobierno de una élite negra (en alianza con los mismos blancos explotadores y racistas de siempre) que se ha enriquecido desvergonzadamente en los últimos 20 años, gestionando como lacayos de las empresas mineras y explotadoras de los recursos naturales de Sudáfrica, sepultando en sus mansiones millonarias el mandato y los objetivos mandelistas que pregonaban el antiimperialismo, e incluso, el socialismo. Intelectuales occidentales y oportunistas neoliberales profanaron y bastardearon la obra de Mandela, al punto de que varios periodistas lo comparan o lo homologan a la figura de Mauricio Macri, lo que demuestra el falseamiento y la manipulación enfermiza de la realidad a la que apelan sus principales “think tanks”. Ahora, el sucesor o “heredero”, como muchos ciegos cronistas lo quieren proclamar, ignoran su carácter de burócrata sindical que ha amasado una fabulosa fortuna en base al sudor y las vidas amasijadas y explotadas de millones de compatriotas.

En su discurso inaugural Ramaphosa prometió acabar con la corrupción: vaya paradoja que se da en éste y tantos países en la actualidad. ¡Las personas más corruptas del mundo, cómo él o el mencionado Macri, son los que encabezan cruzadas contra la corrupción! No da ninguna gracia: en ambos casos se han apropiado del estado para hacer negocios personales multimillonarios, que sólo han empeorado la desesperante situación que enfrentan los trabajadores y la juventud sudafricana.

Cada uno de los tratos que cerró le proporcionó una generosa cantidad de acciones de modo que en 2017 se convirtió en el “empresario de licitaciones”, con una fortuna personal valorada en más de 500 millones de dólares, sólo superada por la de su cuñado Patrice Motsepe, único multimillonario negro del país. En la práctica, Ramaphosa, además de ser accionista, trabaja para las grandes corporaciones auríferas y mineras, puesto que no abandonará a pesar de las responsabilidades que implica su nuevo cargo. El CEO de Anglo American SA, Norman Mbazima, declaró: “Resulta muy útil tener a alguien de los nuestros en la presidencia del país”.

Ramaphosa lideró la National Union of Mineworkers (NUM, Unión Nacional de Mineros) durante la lucha contra el régimen de apartheid. Desde esa posición privilegiada desempeñó un papel clave en la redacción procapitalista de la Carta de la Libertad del ANC, que separaba la lucha contra la supremacía blanca y por la igualdad legal de las personas negras sudafricanas, de las vicisitudes del régimen colonial e imperial que rigió la nación durante la mayor parte del siglo XX. El es el arquetipo del sindicalista-rufián e impulsor del movimiento Black Economic Empowerment, el cual le sirvió de plataforma para utilizar fondos de pensiones para asegurarse contratos estatales que le permitieron ganar posiciones en la juntas directivas de las principales empresas del país.

Y lo más grave de todo, es autor intelectual de la masacre de Marikana, ocurrida en agosto de 2012, cuando ordenó a la policía avanzar sobre los mineros huelguistas de Lonmin, de donde se extraía platino para los Estados Unidos, ocasionando la muerte de 34 mineros, y la detención de 270 trabajadores negros acusados de asesinato con una ley rescatada del período del apartheid. Así impuso su doctrina represiva que acabó con las resistencias al interior del partido y el sindicato.

La manera en que escaló posiciones es digna de observar, ya que refleja la antítesis del pensamiento de Mandela. Desde que asumió su rol de empresario, abandonando completamente el sindical, no ha hecho otra cosa que seguir los dictados del capital global y de la burguesía sudafricana, con quienes comparte negocios y eventos en los que se planifica la evolución de su despojo y las perspectivas de seguir esquilmando y desangrando al pueblo sudafricano.

La amarga realidad indica que la situación social de las mayorías es peor que en la época del apartheid. La desigualdad de los ingresos es extremadamente alta, aproximadamente un 60% de la población gana menos de 7.000 dólares al año, mientras que un 2.2% gana más de 50.000. La distribución de la riqueza es aún más desigual: un 10% de la población posee al menos el 90–95% de todos los activos. Más de la mitad de los sudafricanos vive oficialmente en la pobreza, gana menos de 43 dólares al mes, mientras que 13.8 millones de personas se encuentra en una situación de pobreza extrema. La cifra oficial de desempleo asciende al 28% y la no oficial al 36%, alcanzando entre los jóvenes la pasmosa cifra de 68% (Marsden, 2018). En semejante contexto, la única estrategia posible a implementar es la esbozada por Trotsky en “Teoría de la revolución permanente”: hay que apuntarle a Ramaphosa y “bajarlo de un hondazo”.

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