Queja de invierno

Ahora cuando tengo un resfriado

soy cuidadoso con mi resfrío,

consulto a un médico

y hago lo que me dice.

Envuelvo mi torso con ropa lanosa, lanosa,

tomo grandes jarras de bicarbonato de sodio.

Mastico una aspirina, almuerzo agua,

y no debería soñar en besar a la hija de cualquiera,

y a ningún hijo debería decirle hola,

porque soy un sufriente distinguido,

no me gustan los gérmenes, pero conservaré los gérmenes que tengo.

¿Tendré la oportunidad de esparcirlos?
Definitivamente no.

Estornudo por la ventana y toso el fluido,

y vivo como un ermitaño hasta que los gérmenes se van.
Y porque soy considerado, porque soy cuidadoso,

soy tratado por mis amigos como María tifoidea.

Ahora cuando tú tienes un resfrío,

no eres cuidadoso con tu resfriado,

eres engreído como un pandillero que acaba de ser puesto en libertad condicional.

Ignoras a tu médico,

comes bifes y colas de buey,

te atiborras de cereales,

bebés un montón de cócteles,

y proclamas que hacer gárgaras es una pérdida de tiempo,

y no quieres tomar soda porque no te gusta el sabor,

y merodeas por fiestas lleno de dicha egoísta,

y saludas a tus anfitriones con un beso genial.

Te conviertes en un arma mortal,
exhalas Hola como el silbato de un bote a vapor.

Estornudas en el subte, y toses en los bailes,

y dejas que cualquiera tome sus buenas oportunidades.
Eres un patán bronquial, un sinvergüenza bacterial

y tienes más invitaciones que un escritor farandulero.

 

Sí, tu garganta está gangosa,

y tus ojos húmedos, y tu mano está pegajosa,

y tu nariz está tapada,

pero cortejas a mis chicas

y sus corazones, tú palanqueas,

mientras estoy sentado aquí con el resfrío que me diste.

 

Ogden Nash, trad. HM

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