Somalia infectada de terrorismo yanqui-islámico

por Hugo Muleta

Siempre compitiendo en las categorías “escenario apocalíptico”, “hambrunas”, “esclavismo y explotación humana”, “desastres naturales”, “desastres provocados por soldados de la ONU”, “atentados espectaculares de Al Shahab”, “desastres generados por marines” y “piratería Mediterránea”, este año Somalia no ganó ningún premio y Trump decidió no invertir un peso más en las guerras emprendidas por su Imperio en este increíble país del Cuerno de Africa.

 

A lo largo de todo su territorio, al recorrer Somalia es posible toparse con campamentos de refugiados donde millones de personas sobreviven a un sol ardiente, un viento seco asfixiante, los designios de Alá y los asaltos con AK-47 de terroristas y su contraparte, el ejército o policía, o simples bandas armadas o Señores de la Guerra que imponen condiciones en el duro y fascinante paisaje somalí.

 

En épocas en que se pueden alimentar, la dieta de los refugiados consiste en unimix, un sancochado de maíz molido, porotos, aceite y azúcar, o lo que les provean las ONGs “humanitarias” que se ocupan de sus asuntos. El turista podrá observar con precisión cómo los hombres se amarran con una soga para apretar sus estómagos y reducir así los dolores del hambre. Desde una perpectiva epidemiológica, la desnutrición, la neumonía, las infecciones del tracto respiratorio superior, la osteomielitis y la anemia, junto con las periódicas epidemias de sarampión y tos ferina, están haciendo desaparecer a la población menor de 5 años.

La operación “Restaurar la Esperanza”, impulsada por Bill Clinton en 1992, y la intervención militar dispuesta por George W Bush poco antes de finalizar su mandato, no hicieron otra cosa que agravar la situación delicada del país, y dejaron una imagen muy mala en las organizaciones sociales y medios de comunicación somalíes, que aprendieron a “empantanar” a las tropas yanquis que aún se animan a deambular por Mogadiscio.

Una de las bandas más eficaces contra el injerencismo proyanqui en Somalia la conforman los fundamentalistas de al Shahab, que la semana pasada detonaron un artefacto explosivo en las puertas de “Villa Somalia”, como se conoce el palacio presidencial, y en las proximidades de la Agencia de Inteligencia y Seguridad (NISA), causando 50 muertos, 100 heridos y cuantiosos daños materiales. Su intento de asaltó al palacio gubernamental apenas pudo ser detenido por “el equipo de seguridad” del presidente, dejando manchas de sangre y huellas de muerte en varias salas de la residencia. El atentado del mes anterior no había sido menos sangriento, si se toma en cuenta que el escenario elegido fue el mercado más importante de la ciudad, provocando en aquella ocasión 512 muertos en pleno centro.

Para combatir a al-Shahab, los somalíes tuvieron que apelar a la ayuda de ejércitos amigos, conformándose la AMISOM (Unión Africana en Somalia), compuesta por 20.000 efectivos de las fuerzas armadas de Burundi, Uganda, Kenia, Sierra Leona, Djibuti y Nigeria, entrenados por yanquis expertos en contrainsurgencia islámica. A pesar del carácter esperpéntico de este ejército, los muchachos de al Shahab no se amedrentaron y vienen dando fuertes golpes que los posicionan como la filial de Al Qaeda más peligrosa de Africa, puesto que disputa cabeza a cabeza con los combatientes de Boko Haram en Nigeria.

Su radio de acción se ha extendido incluso a “la próspera y vecina Kenia”, y en Nairobi, la capital más occidentalizada del continente, realizaron atentados bárbaros que no redujeron ni un milímetro la injusticia social, ni los niveles de pobreza, esclavismo y salvajismo que imperan en su Somalia natal. El país ya hace rato se ha ido por la alcantarilla, y no lo han logrado salvar sus simpáticos corredores de larga distancia y rastafaris.

En febrero se conoció un informe en que se afirma que al-Shabaab no sólo recluta miembros en las pequeñas comunidades rurales del interior y la costa somalí, sino que ofrece entrenamiento militar y educación religiosa gratuitos en madrassas wahabitas. En los últimos tres meses al Shahab ha atacado bases militares en las ciudades de Bulogudud, Beled Hawo, el-Wak y Barire, donde capturó un peligroso y apreciado armamento estadounidense.

La estrategia obamesca de bombardear con drones los campos de entrenamiento “terroristas” ha resultado inocua y contraproducente, si se presta atención a la magnitud de los últimos atentados y a los que proyectan realizar en el corto, mediano y largo plazos. Trump anunció que terminará en un santiamén con los guerrilleros de al Shahab pero todas sus acciones hasta el momento (fundamentalmente proseguir con los bombardeos de drones, que es la medida más conveniente desde el punto de vista económico-financiero según sus asesores presupuestarios) sólo han provocado cosquillas al “maligno clan islámico que aterroriza al país”.

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