Fiesta de niños

¿Te puedo encontrar en la perrera, Rover?

Desearía retirarme hasta que termine la fiesta.

Desde las tres de la tarde hice lo mejor

por entretener a cada pequeño invitado.

Ahora dejé mi conciencia detrás de mí,

y si me quieren deja que me encuentren.

Soplé sus burbujas, navegué sus barcos,

los mantuve apartados de sus respectivos cogotes.

Les conté historias de tierras mágicas,

los llevé a lavarse las manos.

Ordené sus gomas y até sus cordones,

limpié sus narices y sequé sus rostros.

O varias cosas similares entre pequeñines y hotentotes.

 

Me gané el reposo por curar las rabietas

de estos salvajes que parecen angelicales.

Oh, la progenie jugando por sí misma

es un pequeño elfo solitario,

pero la progenie en montones de jarana

llevaría a San Francisco desde aquí a Natchez.

Los juegos que un padre propone son rechazados,

ellos prefieren chorrearse con mangueras,

sus compañeros de juego son sus enemigos naturales

y les gusta empujarse en el abdomen.

Su diversión necesita el dolor del semejante para amortiguarse,

ven un enchastre y alguien más pequeño para empujarlo en él.

Observan con regocijo los resultados balísticos

del helado lanzado con cucharas como catapultas,

e informan a la asamblea con lágrimas y deslumbramiento

que los presentes de los demás son mejores que los suyos.

Oh, pequeñas mujeres y pequeños hombres,

algún día espero amarlos nuevamente,

pero no hasta que la fiesta esté terminada,

así que dame la llave de la perrera, Rover.

 

Ogden Nash, trad. HM

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