Se viene el sadrismo para la liberación definitiva de Irak

En abril 2004, mientras las tropas yanquis asentadas en Irak combatían múltiples insurgencias, el ejército estadounidense emitió una orden de arresto contra Muqtada al-Sadr, un joven y audaz clérigo shií que había demonizado a los yanquis y a sus aliados locales. Paul Bremer, el más capo de los generales presentes en Bagdad en aquel momento, declaró que Sadr era un forajido. El presidente George W. Bush lo etiquetó como un enemigo de los Estados Unidos.

La orden, que había sido pronunciada por un juzgado iraquí meses antes, acusándolo a Sadr por instigar al asesinato de un clérigo rival en abril de 2003, el cual fue secuestrado y asesinado en Najaf, la ciudad más sagrada de los shiíes. Sadr se escondió en los refugios subterráneos, mientras sus simpatizantes combatieron a las tropas yanquis durante meses en el sur de Irak y los distritos shiíes de Bagdad. Desde entonces, durante años Sadr inspiró temor en los Estados Unidos como un señor de la guerra inmisericorde. En 2006, la revista Newsweek lo puso en la tapa titulando “El hombre más peligroso de Irak”.

Ya en mayo de 2018, cuando los iraquíes votaron en las últimas elecciones parlamentarias luego de 15 años de la invasión yanqui, emergió una nueva imagen de Sadr: un clérigo sonriente, con una barba nevada, sosteniendo su dedo índice manchado de tinta luego de emitir su voto en Najaf. En su mano izquierda sostenía una bandera de plástico iraquí.

El contraste entre estas dos imágenes subraya la destacada capacidad de Sadr para reinventarse a lo largo de la última década –de ser el líder de una milicia sectaria que supervisó las matanzas de miles de iraquíes a ser un populista-nacionalista, cruzado de la anticorrupción. La alianza política de Sadr –una mixtura de shiítas, el partido comunista iraquí, activistas de la sociedad civil y comerciantes y financistas suníes, ganó inesperadamente en las elecciones, asegurándose la mayoría en el parlamento con 54 bancas (de 329). Sadr aún está lejos de reunir la mayoría de 165 necesaria para convertirse en primer ministro y formar un gobierno.

La victoria de Sadr cogió de sorpresa a los Estados Unidos, Irán, Arabia Saudita y a muchos iraquíes. En una región devastada por las guerras y dominada por monarcas y hombres fuertes, la votación ofreció una bienvenida yuxtaposición: una elección relativamente libre y buena en el mundo árabe, donde los resultados no estuvieron amañados. Y al menos en esta elección, el populismo parece suplantar al sectarismo como fuerza dominante en la política iraquí.

Pero la elección no implica un terremoto para la política iraquí, que aún está plagada de corrupción, inercia e intervencionismo extranjero. De hecho, varios de estos males contribuyeron a la victoria de Sadr: la frustración de los iraquíes con su clase política condujo a la participación más baja, 44%, desde las anteriores elecciones nacionales de 2005, luego de la invasión yanqui, cuando la participación no bajó del 60%.

Esta baja participación operó a favor de Sadr. Como sucedió con otros grupos islamistas en Medio Oriente, el movimiento de Sadr construyó una formidable organización social y política que pudo transformarse en votos. Sadr también se mostró exitosamente como un nacionalista iraquí capaz de conformar un nuevo gobierno hecho de tecnócratas y arrollar la rampante corrupción. Uno de los eslóganes más populares de la campaña fue “Corrupción es terrorismo”. Los propios legisladores y ministros de Sadr que habían sido manchados con acusaciones de corrupción, y que buscaban su reelección, fueron expulsados por el propio Sadr de su bloque parlamentario, en una señal de que planea “limpiar la casa”. La jerarquía religiosa de los shiíes, liderada por el Gran Ayatollah Ali al-Sistani, el clérigo más reverenciado en Irak, urgió a sus seguidores a no votar por las líneas sectarias y les recordó la plaga de la corrupción que asola a la clase política del país. Sistania también les dijo a los votantes que él y su organización religiosa de Najaf no apoyaban a ningún partido ni candidato.

Desde que se anunciaron los últimos resultados, Sadr fue colocado en el rol de hacedor de reyes, negociando una alianza gobernante con otros bloques parlamentarios. Ha señalado que su principal aliado puede ser el primer ministro Haider al-Abadi, cuyo bloque esperaba ganar la elección y salió tercero. Sadr también se encontró con quien finalizó segundo, Hadi al-Amiri, el líder de una poderosa milicia y aliado iraní que dirige un bloque asociado con las Fuerzas de Movilización Popular, las milicias shiíes aliadas con el gobierno que cumplieron un rol clave en la lucha para expulsar a los combatientes del Estado Islámico (ISIS) de Irak. Sadr también está negociando con los partidos kurdos y otros grupos nacionalistas que llegaron a conformar pequeños bloques parlamentarios .

La disputa por formar un nueva gobierno será peliaguda, en parte porque los partidos y políticos iraquíes que están comprometidos con mantener un sistema de despojos sectarios que se dividen ministerios y sus patrocinios asociados. El sistema también es susceptible a la interferencia extranjera, especialmente de Irán y en menor medida, de Estados Unidos, que aún mantiene a 5.000 soldados que ayudaron, asesoraron y entrenaron a las fuerzas iraquíes en su batalla contra los militantes de ISIS hasta expulsarlos de todas las ciudades del país. La administración de Trump evitó hacer comentarios públicos luego de la elección, y se comenta que intermediarios yanquis han contactado a miembros de la alianza política de Sadr luego de su victoria.

De 44 años, Sadr, que alguna vez fue aliado de Irán y vivió allí por extensos períodos durante la guerra civil de Irak, se volvió un fuerte crítico del apoyo de Teherán a facciones shiíes iraquíes en los años recientes. Ha dicho reiteradamente que no entrará en una coalición gobernante con aliados de Irán pero se ha acercado a Amiri, que es el socio más cercano de Irán en Irak, y a otro líder shií, Ammar al-Hakim, que también recibe apoyo de Teherán. Sadr parece más ansioso por excluir a otro aliado de Irán, el ex primer ministro iraquí Nouri al-Maliki, cuya coalición sólo obtuvo 25 bancas en el nuevo parlamento.

En el camino a la elección, funcionarios iraníes dijeron puntualmente que no aceptarán un gobierno liderado por los aliados de Sadr. “No permitiremos que los liberales y comunistas gobiernen en Irak”. Eso dijo Ali Akbar Velayati, un veterano consejero del supremo líder, el Ayatollah Ali Khamenei, mientras se conformaban las alianzas electorales en Irak. Pero luego de los sorprendentes resultados, Khmenei envió a Bagdad a Qassem Soleimani, jefe de la unidad de operaciones en el extranjero de la Guardia Revolucionaria Iraní, para que ayude a organizarse a los aliados de Irán.

El régimen iraní tiene varias razones e intereses en juego para tratar de que se conforme un gobierno amistoso en Bagdad. Irak le provee profundidad estratégica y un amortiguador contra Arabia Saudita y los estados suníes que compiten con Irán por el dominio de la región. Teherán también quiere garantizarse que Irak nunca más represente una amenaza existencial para su desarrollo, como lo fue cuando Saddam Hussein, el ex presidente fusilado por Estados Unidos, cuando invadió Irán en 1980. Hussein fue apoyado por los estados suníes y la mayoría de las potencias occidentales durante la guerra con Irak que duró ocho años y dejo devastadas a ambas naciones.

La invasión yanqui de 2003, que apuntaba a frenar a Hussein, abrió la puerta para la influencia iraní sobre Irak, y Teherán se movió rápidamente para solidificar sus alianzas con todas las principales facciones shiíes de Irak. Durante los años posteriores a la invasión Sadr tuvo una gran influencia en la política del país: fue capaz de movilizar a las masas shiíes de una manera que ningún líder iraquí logró hacerlo: sus seguidores crearon una de las más poderosas milicias durante la guerra civil de Irak, y fue quien decidió las elecciones de los primeros ministros y en la formación de coaliciones de gobierno.

Cuando su figura emergió en la escena política iraquí, Sadr aún no había cumplido 30 años, y estaba a décadas de lograr el título de ayatollah. Sadr carece de la estatura teológica para ser un marja, o fuente de la emulación de la fe shií. Pero es el único hijo sobreviviente del gran Ayatollah Muhammad Sadiq al-Sadr, asesinado por el régimen iraquí en 1999. El Sadr viejo fue un dirigente shií con título académico, que a diferencia de Sistani, cumplió un fuerte rol político para la clerecía. El Sadr joven heredó el legado político de su padre como líder del movimiento sadrí.

Además de su pedigrí familiar, Sadr tiene otra aspiración al liderazgo que sus seguidores utilizan para pulir su legitimidad sobre la de otros líderes iraquíes: no dejó Irak para vivir en el exilio durante el régimen de Hussein. Luego de la caída del imputado de almacenar armas químicas, Sadr y sus seguidores denunciaron la ocupación yanqui y el plan de la administración Bush de instalar un gobierno interino concebido para favorecer a los políticos iraquíes exiliados como Ahmad Chalabi y Ayad Allawi. Los seguidores de Sadr tomaron el control de los hospitales, escuelas y mezquitas en zonas de Bagdad, Najaf y Karbala. Proveyeron servicios sociales ante la ausencia de un gobierno central. Posters de Sadr adornan los muros de los vecindarios shiíes, y atrajo multitudes a sus mitines y sermones de los viernes. Así reclutó miles de combatientes, la mayoría jóvenes shiíes de los tugurios de Bagdad y del sur de Irak, que pasaron a formar parte de su nueva milicia, el Ejército Mahdi.

Luego de que Obama decidió retirar a las últimas tropas yanquis de Irak a fines de 2011, Sadr se autoimpuso un alejamiento de la política, aún cuando sus seguidores continuaron candidatéandose para ingresar al parlamento, además de controlar varios ministerios clave. Sadr ya había comenzado su “transformación” para devenir en un iraquí nacionalista y cruzado de la anticorrupción. Esperaba en gateras otra oportunidad para volver a jugar el rol del salvador.

En 2014, Sadr encontró un nuevo llamado de la historia cuando los militantes de Isis capturaron Mosul. Tres días después, Sistani convocó a las armas y en semanas, más de cien mil voluntarios shiíes se sumaron al ejército o a las crecientes milicias shiíes. Mientras sus seguidores se sumaron a la lucha contra el Estado Islámico, Sadr también procuró nuevas alianzas con los suníes. En 2015, se sumó a una coalición de comunistas y seculares que hacían campaña contra la corrupción y la elite política. En 2016 instigó una masiva campaña de protesta en Bagdad que apuntaba a terminar con la corrupción y el desmanejo financiero del gobierno. En escenas que remitían a los levantamientos en otras capitales árabes, en dos meses Sadr sacó a más de 200.000 iraquíes a las calles. El clérigo acusaba a Abadi de haber incumplido su promesa de reformas como el burdo presidente argentino. Tras meses de protestas, miles de seguidores de Sadr irrumpieron en la fortificada zona verde que rodea al parlamento de Bagdad. Los militantes se retiraron luego de 24 horas pero Sadr amenazó con más protestas masivas. Las fuerzas de seguridad ostentosamente permanecieron inertes o distraídas, permitiendo que Sadr y sus seguidores ingresaran a la zona verde, sensible para la seguridad yanqui.

Aquellos eventos apuntalaron la imagen de Sadr como un líder impoluto que se atreve a enfrentar la influencia iraní (maldita siempre, para los yanquis e israelíes). Hoy, para tener una posibilidad de realizar una reforma genuina, Sadr deberá jugar a la política y confrontar a las diferentes fuerzas a las cuales combatió durante largos años.

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