Chau mundial

Hace un mes que Rusia se hizo cargo del negocio más grande del capitalismo mundial. Recibió a fanáticos del fútbol que ponen su pasión en la causa de una camiseta nacional. A casi ninguno le importaba la historia del pueblo y la cultura rusa, el legado de la era soviética y la hegemonía del putinismo. Sólo clasificar y pasar de ronda, embriagarse y creerse en la cima del mundo, en un evento trascendente del cual están pendientes amas de casa ociosas.

Todos los directivos, figuritas contratadas, multimillonarios comentaristas, los hinchas entrevistados y el adusto pueblo ruso opinaron que fue el mejor mundial de la historia, que la organización no falló y que sutiles detalles cautivaron a las delegaciones, como el envío de prostitutas express, anabólicos y speeds para maximizar el rendimiento deportivo en los bares de los hoteles, contactos aceitados con hackers y mafiosos para penetrar en la Internet profunda y dar rienda suelta a sus gustos y perversiones de buscavidas ignorantes.

Una vez más triunfó un grande europeo favorecido por VARs y arbitrajes claramente comprados. Los intelectuales y jefes de estado sacaron a relucir su amor por Francia, ensalzando la diversidad y el origen africano de la mayoría de sus jugadores, que se supone tuvieron un pasado de inmigrantes precarios. Una camada de jóvenes negros, atléticos, con físicos privilegiados, que exhiben habilidades futbolísticas fantásticas, realizadas con una rapidez y una displicencia sorprendentes, sabedores de su superioridad y que, en caso de vérselas difícil contra un rival aguerrido como Australia, apelan al anti-fútbol y al triunfo con la “ayuda” de tecnología y fallos infames de referís y jueces de línea.

Luego de ganarle lastimosamente a Perú, estableciendo un férreo marcaje sobre su delantero cocalero Paolo Guerrero, jugaron un partido vergonzante con Dinamarca, arreglando un empate espantoso (0 a 0) que los clasificaba a los dos. Del triunfo sobre Argentina se habló mucho y se pensó poco. Si en el arco nacional hubiese estado el defenestrado Caballero, no se hubiesen recibido los goles con balones que pasaron por un costado del tan reclamado como artrítico Armani. No obstante ello, Argentina le metió 3 goles y el encuentro no terminó en igualdad de puro milagro.

Luego vino Uruguay, sin Cavani, un equipo que no tuvo rumbo ni ideas: Godín se erró un gol imposible para un defensor de su talla, y Muslera se metió un gol más bochornoso que el que se comió Caballero contra Croacia. Francia pateó dos veces al arco y eso le alcanzó para superar a unos charrúas anémicos, hinchados de elogios, con camisetas de diseño anatómico que les marcaban sus partes pudendas, los jugadores fueron un pobre partenaire. Después la semifinal con Bélgica, otro partido en el que el campeón no hizo mérito alguno para ganarlo. Un cabezazo de anticipo en el área belga, la pelota que vence las torpes manos del arquerazo Courtois, y luego a resistir los embates desordenados de los muchachos vecinos, tan multirraciales y pendientes del dinero y de las cámaras como ellos.

Y finalmente la final con Croacia, siendo dominados durante todo el partido y ganándolo nuevamente con la ayuda de VARs y de un árbitro macrista, que fue fiel a los intereses y las órdenes de la FIFA y Macron. La represión en los festejos es una buena imagen de las consecuencias de este mundial. Ahora se viene el ajuste y el salvajismo de planes efemiescos, en Francia y en Argentina, mientras Putin seguirá contando las ganancias y el equipo de fútbol ruso enamorando a la humanidad con sus golazos y el despliegue artístico de sus futbolistas. Sí, Rusia es el campeón mundial –y moral- de la devastada y Maldita Realidad.

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