Mozambique al borde de un nuevo genocidio

Un país cuya bandera está adornada con una kalashnikov tiene que ser atrapante. Su historia brevísima muestra más guerras, golpes de estado y hambrunas que otra cosa. Colonizado y esclavizado por diferentes administraciones europeas –desde franceses a portugueses, pasando por los ingleses, holandeses y españoles-, no hay país de élite que no tenga invertidas acciones y empresas en este magnífico país africano.

El hecho de que en el último año la guerrilla de Ansar al-Sunna (Seguidores del Camino Tradicional o defensores de la Tradición), primos de los combatientes de al-Shabab en Somalia, hayan conquistado casi todo el norte mozambiqueño, y que haya ejecutado limpiezas étnicas y diversos crímenes horrendos pasa desapercibido para la prensa occidental, que se ve obligada a dar cuenta de cuantiosas crisis y desastres humanitarios en el continente negro (que en verdad es verde y conserva mucho riqueza inexplorada).

En su bautismo de fuego, los tradicionalistas atacaron tres estaciones de policía en Mocimboa de Praia, capital distrital de la provincia de Cabo Delgado, en la costa del océano Índico. Allí acabaron con las vidas de veinte oficiales que estaban entretenidos mirando un partido de fútbol de Mozambique, clasificatorio para el mundial, en el cual los delanteros nacionales desperdiciaron cinco oportunidades de gol de manera increíble. Los “terroristas” arremetieron con kalashnikovs último modelo que disparan 500 balas por segundo.

En forma paralela, ciudadanos preocupados por “la  inseguridad” denunciaron en la localidad de Maputo la presencia de fundamentalistas, seguidores de al Sunna, quienes  tomaron el control de mezquitas y madrazas de la zona, difundiendo su diatriba antiestatal y convocando a adoptar conductas rebeldes y contrarias al “orden” democrático. De los 30 millones de mozambiqueños, los musulmanes sólo alcanzan al 18% de la población, predominando católicos y diversas sectas vudú.

El gobierno contrató grupos parapoliciales extranjeros para combatir a la nueva guerrilla, y hasta el momento sólo se conocen desmanes y violaciones a la ley de su parte: pillajes, saqueos, extorsiones, penetración de drogas letales en barrios zombies y apocalípticos. El gobierno central, encabezado por un militar golpista, cerró los medios de comunicación oficiales e intenta ocultar sus negocios sucios y su sádica barbarie, protegiendo a los mercenarios más caníbales de su tropa.

En los meses pasados, al-Sunna lanzó ataques relámpago a estaciones de gas y petróleo, y a importantes minas auríferas, y su accionar se aproxima a la cuenca de Rovuma, donde los “grandes de Europa” (Alemania, Francia, Reino Unido e Italia) explotan el gas natural licuado mozambiqueño, casi tan valioso como su cultura musical y las excentricidades de las clases populares. Como ocurre en todo país que se precie de tercermundista, el presidente Filipe Nyusi ha sido acusado de corrupción y abusos deshonesto, y comenzó a usar el fantasma del terrorismo para endurecer la represión contra líderes de la oposición y disidentes.

Los tradicionalistas se han apoderado del puerto de aguas profundas de Nacala, y desde ahí han logrado introducir grandes alijos de heroína provenientes del sudeste asiático, con destino final a los mercados europeos y sudafricanos, luego de distribuirse el tik (cristal meth, la quintaesencia de la droga más pura y dura) en los centros turísticos de Zanzibar y Mombasa y el litoral de Kenia y Tanzania, donde acuden drogadictos expertos de todo el mundo para probar la delicia mozambiqueña. Pero el plan de negocios de la guerrilla es ambicioso y desde Nacala exportan también marfil, maderas, piedras preciosas y especies (animales) en extinción, enviándolos por Federal Express a sus compradores yanquis, entre los que sobresale el nombre de Trump.

Mientras los narcotraficantes guerrilleros abren cuentas en paraísos fiscales, compran o construyen hoteles fastuosos y arreglan sus “territorios” en acuerdos privados con el presidente, someten a las poblaciones locales a niveles de pobreza exasperantes, y practicando con aspavientos la trata y esclavitud de seres humanos.

El viernes pasado en la localidad de Olumbi diez personas fueron decapitadas, cerca de la frontera con Tanzania. La pequeña guerra desatada entre el gobierno y Ansar al-Sunna es cruenta y más horripilante que la de Ruanda, amenazando con provocar en el país un genocidio de proporciones sudanesas. Con el precio de las kalashnikovs y las ak47 por el piso –se comenta que se comenzaron a liquidar en las armerías y las últimas se las regalarán a niños que puedan demostrar ser menores de 10 años-, el panorama dista de Mozambique, casi tanto como el de Argentina, dista de ser alentador .

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