Loca María

La loca María se sienta en una silla de mimbre de la plaza.

Cuando el cuidador le pregunta el precio la loca María cuenta sus piojos,

ella no puede pagar ni un pesito,

así que él se encoge de hombros y se va,

espera que ella le pague con sus oraciones,

mezquino cuidador de las sillas.

 

La loca María cuenta sus piojos,

los parte una vez, los parte dos veces,

los peina desde su soleado cabello,

la gente se detiene para darse vuelta y contemplar.

Inocente en pensamiento y logros,

la loca María no presta atención,

y la cruz sobre su pecho

prueba que es bendita de los benditos.

Entonces ella canta su pequeña canción,

feliz como largo es el día,

cazando en su camisola,

timidos participantes de su situación, pensando:

Cielo, por favor perdóname,

aún los piojos tienen que partir para vivir

(pero dulce lector, no me culpes,

porque ella los seguía matando igual.)
La loca María está sin hijos,

es la mucama más madura de todo Madrid.
Mientras alrededor, en líneas apretadas,

están las ostentosas fachadas de los bancos,

pero cuando azote la cólera del Cielo a

las huestes de los parásitos de Mammón,

la loca María no caerá, siendo, oh, tan pequeña.

Los parias pertenecen a Dios,

ser débil es ser fuerte,

los locos son más ricos que los sabios,

y quien ve con ojos brillantes

ángeles en la calle sórdida

puede estimar completa su felicidad…

la loca María cuenta sus rosarios,

parte sus piojos y el Cielo presta atención.
 

traducción: Hugo Müller

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