Milagro de mayo

En este festivo primero de mayo,

yendo melancólico por mi camino tuve tres tristes visiones.
La primera era un adorable muchacho, iluminaba con gracia la sórdida calle,

estaba ataviado con un traje de monje, cabeza tonsurada y sandalias

Aunque guapo como una estrella de cine sus ojos tenían santidad,

como si mirara a lo lejos, en desmayo, un establo en Belén.

La segunda era una doncella lisiada que contemplaba y contemplaba con mirada ansiosa

hacia una ventana que desplegaba la imagen de una danza de ballet.

Y mientras se inclinaba sobre sus muletas ante el poster enguirnaldado

miraba tan anhelante y estirada que pensé que nunca se iría.

La última era un hombre ciego que al tono de una guitarra

atrapaba cobres en una lata sucia, paciente y triste como son los ciegos.
Tan viejo y gris y mugriento también, sus dedos revolvían las cuerdas,

y con una mirada vacía te miraba, y cantaba como sólo canta la tristeza.

Entonces fui a casa y tuve un sueño que me pareció fantástico…

Vi la juventud con ojos brillantes ponerse su traje y bailar con alegría.

La doncella lanzó sus muletas, sus miembros marchitos parecían adquirir buena forma,

y entonces los dos con radiante diversión bailaron divinamente en suave entrelazamiento:
mientras se restauraba la visión del hombre ciego
guitarreó la Gloria del Señor.

 

traducción: Hugo Müller

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *