Yemen prueba el fracaso de la ONU y desnuda planes imperiales

La crisis humanitaria del pobre país del golfo Pérsico ha pasado de ser horrenda a escalofriante. Burócratas que saben medir el hambre corroboraron que aproximadamente 20 millones de yemeníes podrían morir de inanición antes de que concluya este espantoso 2018, lo que equivale al 70 por ciento de la población. Entre esos 20 millones hay 2 millones de niños con el vientre vacío y 1 millón con desnutrición severa. Este genocidio está siendo perpetrado por Arabia Saudita y los Emiratos Arabes Unidos, junto con sus aliados yanquis, israelíes y de la OTAN. Ellos vienen bombardeando el país desde 2015 sin parar, interviniendo militarmente en un escenario ajeno a la concepción saudí criminal y sangrienta de la vida. Desde entonces, los yemeníes sólo se proponen sobrevivir consiguiendo “ayuda humanitaria” de ONGs occidentales, que lavan pobremente su conciencia asesina. La desigual guerra es ignorada por los medios responsables de la situación. El genocidio de los rohingyas por parte de Birmania es un tema que parece preocuparles más.

Como si no alcanzara con los bombardeos constantes de las principales ciudades que se han propuesto resistir al invasor (y por qué no, contragolpear y destruir de una buena vez los reinos petroleros asentados en la tortura y explotación de sus pueblos por una casta de jeques hipócritas), adoptando el estilo yanqui de guerra de cuarta generación, los árabes han bloqueado puertos y carreteras, han impuesto sanciones económicas y les envenenan los pocos alimentos que venden a precio vil a manadas de yemeníes desesperados por un mendrugo. Y esto no es una exageración: a la hora de administrar la miseria las organizaciones filantrópicas se ponen firmes.

La responsabilidad estadounidense en el asunto es traducible en dinero. Desde que inició su última aventura guerrera en Yemen Washington le vendió a la monarquía saudí 200.000 millones de dólares en armas y otros miles de millones en entrenamiento militar. Con el sponsoreo compartido de Obama y Trump, se agrede a la nación más pobre de Medio Oriente y se forja la peor crisis humanitaria del siglo XXI. La ONU no logra controlar el reparto de los alimentos, el suministro de medicamentos o el tratamiento de aguas y terrenos contaminados. El paisaje es el de un desierto invivible, post-apocalíptico.

De acuerdo con datos recopilados por oficinas del organismo internacional, Arabia Saudita ha realizado más de 230.000 ataques aéreos contra Yemen, con la intención de impedir los suministros de alimentos y agravar el cuadro de horror. Replican las tácticas israelíes contra los palestinos para acosar y arruinar la pesca y los mercados de carne humana, donde el precio cambia de valor según la frescura del fiambre. Los ataques se dirigen a plantaciones de centeno y otros cereales magros, mercados de basura electrónica y depósitos en los que almacenan harinas resecas.

Un comisionado de la ONU aseveró que en su hotel aún dispone de alimentos básicos, aunque el boicot saudí y la depreciación acelerada de la moneda han incrementado su precio, y para conseguirlo se debe disponer de sólidos contactos con las mafias locales. Como consecuencia de esta cruel guerra el 75 por ciento de la población depende de la ayuda humanitaria, la cual están siendo bloqueada por los taimados agresores. El asedio a Hodeida está pasando desapercibido para la humanidad, que no aprendió un carajo del siglo pasado. Si esta bulliciosa ciudad portuaria cae en manos del enemigo, las fuerzas invasoras deberán conformar sus ansias de violación y tortura con cadáveres insensibles o houdaidíes esqueléticos. Los sádicos soldados saudíes y emires son famosos por su brutal inclinación a la depravación salvaje. Pese a que Arabia Saudita está provocando una hambruna a más de 20 millones de personas, este reino no ha sido condenada por la “comunidad internacional”. Y lo que es peor, se le ha concedido un lugar importante en un panel de Derechos Humanos en la ONU, cuando en realidad debería ser juzgada y condenada por genocidio. La impunidad saudita deriva de que esta guerra es el combustible que necesita Estados Unidos (y la maquinaria bélica de la OTAN) para desestabilizar la región. Sólo buscan el sucio, repugnante y caro petróleo, en todas sus formas y modalidades. Así, la intervención de Arabia Saudí, Estados Unidos y Emiratos Arabes Unidos ha transformado a Yemen en un infierno que ni Adam Smith ni Lucifer fueron capaces de soñar.

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