Montreal Maree

Escuchaste de Billy el Eructador, conocido como Ventoso Bill,
cual punk, porción de escoria del Yukón como siempre robó una esclusa,
un satélite de Jabonoso Smith, un estafador y un cómplice,
un seductor y tomador de tributos de las Damas a granel.
Pero digo, nunca escuchaste cómo apuntó a derramar mi sangre
(aquel gran gorila disparando a un pequeño tipo como yo)
aullando como un malamute y delirando me hubiese llenado de agujeros
y todo por Montreal Maree.

Ahora el bar de Espiche Mahoney’s estaba rígido con borrachos aullando
y yo estaba a la deriva como un solitario, apenas sabiendo qué hacer,
así me junté a un juego de poker y dejé caer cien dólares,
y estando quebrado le rogué a Espiche que me diera crédito.
El dice: “Mi compañero, te ayudaré, pero déjame ponerlo claro:
si no me pagas tu cuota el día de año nuevo te adornaré”.
Así me estaba alimentando cuando oí un susurro en mi oído:
“¿Cuál es tu problema, pequeño muchacho?” dijo Montreal Maree.

Ahora los geles del dance-hall están bien y mal, pero la mayoría está entre nosotros,
sí, algunos son escoria y otros necios, y algunos sólo plomo frío,
pero de un tiro directo las damas de Dawson hicieron reina a Maree
tan bonita como un marica, con un corazón de oro.
Y entonces aunque no la conocía más que por pasar por ahí
dije cómo Espiche buscaría a mi jefe, y me quedaría sin trabajo,
ella escuchaba comprensiva: “¡Calla! Querido, no llores,
te presto sesicientos dólares” dijo Montreal Maree.

Ahora aunque cerré mi pico de algún modo se esparció la historia
de que estaba jugando poker y que mi banquera era Maree,
y cuando llegó a Ventoso Bill, por sorpresa, lo vio rojo,
y alcanzando su hierro de disparo inició su cacería.
Porque él era chalado por aquella chica e intentaba encerrarla.
Y si un tipo se ponía en su camino, digo, se preparaba para matar,
así fortalecido con alambre de púa y más perverso que el pecado
“lo llenaré de plomo a ese cobarde” explotó Ventoso Bill.

Aquella noche comencé divertido con una ganancia de cien dólares
para buscar a mi perfumada salvadora en su cabaña en la colina,
pero apenas pude pagar mi deuda cuando de pronto un grito…
Atisbé por la ventana ¡y lo vi! Era Ventoso Bill.

Gritaba, deliraba, se abalanzaba y agitaba su escopeta mientras se acercaba.
Ahora estaba pateando la puerta, no había tiempo para huir,
no había lugar donde esconderse, mi sentencia estaba sellada…
luego suavemente en mi oído:
“¡Rápido, arrástrate bajo mis enaguas” dijo Montreal Maree.

Tan pálido como la muerte contuve mi aliento bajo aquella falda ondulada,
y cuando se sentó me pregunté por su voz tan calma y clara,
serena y firme habló con Bill como si él fuera muy sucio:
“¡Especie de canalla! Has estado bebiendo. No hay ningún hombre aquí”.
Entonces Bill comenzó a maldecir y salió corriendo disparando al siseo,
y todo estaba silencioso, y cómo deseé que aquella bendición sea para siempre,
cuando se levantó en pose primorosa junto al alféizar de la ventana:
“Derrama su escopeta, corre Querido, corre” gritó Montreal Maree.

Escuché decir que ella logró casarse y que es una esposa maravillosa.
Estimo que lo logró: aquella niña descuidada tenía a la madre en su corazón.
Pero de todos modos siempre digo que ella salvó mi explosiva vida,
porque otras chicas pueden ir y venir, y cada una cumplir su rol:
Pero si vivo cien años no olvidaré el susto.
El rapto de aquel momento cuando besé una rodilla rizada,
y seguro me burlé de la amenaza criminal de Ventoso Bill,
cómodamente oculto en las enaguas de Montreal Maree.

traducción: Hugo Müller

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