Sojización obscena asesina a Paraguay

Paraguay es un país que tenía monótonos paisajes silvestres, vastas plantaciones de marihuana y yerba mate, mucha codicia, lascivia y sed de sangre. El panorama viene cambiando dramáticamente. En casi toda la extensión del país, si uno se detiene y contempla hacia el horizonte, seguramente se perderá en un mar verde: el monocultivo de soja, que se ha devorado a las comunidades campesinas agrícolas. Mientras se recorren los campos sojeros, el polvo que se levanta del camino emana un abominable aroma a pesticidas, a glifosato producido por Monsanto. Los grandes empresarios sojeros no quieren perderse un mílímetro de tierra. Sus plantaciones comienzan a la vera del camino, e invaden incluso las calles y los asentamientos de las ciudades guaraníes más importantes.
Los millonarios sojeros vienen registrando cosechas récord que abultan sus bolsillos –más bien sus cuentas bancarias- de manera brutal. El, presidente de la Cámara Paraguaya de Exportadores y Comercializadores de Cereales y Oleaginosas (CAPECO) luce chocho y se frota las manos, porque la proyección para 2018 es de incremento de las ventas y los ingresos, además de una reducción de impuestos decretada por el nuevo presidente, colorado y amigo, quien posee acciones en las empresas sojeras más conspicuas. Este modelo de producción, además de favorecer a los terratenientes multimillonarios del Paraguay, destruye los cultivos de alimentos que las comunidades indígenas han estado produciendo durante siglos, generando desplazamientos de pueblos que llenan la capital de zombis indígenas reclamando el cruel estado de las cosas.
Las causas que han levantado en los tribunales ya han sido todas resueltas a favor de Monsanto y Syngenta, de Cargill y Bunge, de Cartes y Abdo Benítes, de la soja transgénica y los pesticidas que acompañan a su gestión. Entre los principales empresarios sojeros, hay también muchos parapoliciales y mafiosos brasileños que están de parabienes con el próximo acceso al poder del ultrafascista Bolsonaro, contando con todo su apoyo para seguir saqueando y humillando a Paraguay.
La explotación del pueblo guaraní no es una cuestión reciente, los niveles de indignidad de las condiciones de trabajo siempre han sido alarmantes. Desde la caída del mariscal López y de José Gaspar Rodríguez de Francia, las potencias han abusado y pillado el país naranjero, yerbatero y marihuanero, epicentro de exquisitas maderas. El talento musical de los arpistas, las sensuales danzas y las artes amatorias de las mujeres paraguayas sirvieron para crear la imagen de un país bucólico y encantador, atractivo para miles de jesuitas que encontraron allí sus paraísos terrenales. Pero la vida resulta terrible allí para quien es rebelde o revolucionario. Si incluso a un clérigo presidente afecto al cariño de sus devotas le han hecho un golpe de estado y lo han difamado salvajemente, en un movimiento de vanguardia de la ola de fake news, lawfares y posverdades que aniquilando el tándem verdad-realidad ha arrasado a los gobiernos populistas de la región. Amparados en este apoyo judicial-mediático-militar, dispuesto por la siempre urticante embajada yanqui, las multinacionales sojeras han propuesto cambiarle el nombre a Paraguay y nombrarla “República Unida de la Soja”, pudiendo ampliarse su territorio a 46 millones de hectáreas si se contabilizan las que tienen también los mismos empresarios sojeros en los vecinos Brasil, Bolivia, Argentina y Uruguay. De hecho, el 80% de la Región Oriental del Paraguay fue despojada de sus bosques y se ha convertido en sojales espantosos, donde operan máquinas gigantes junto a flotas de camiones que llevarán la soja procesada en pienso a los puertos de exportación. En sus “planes de negocios”, los sojeros han depredado bosques, animales silvestres, zonas protegidas de población indígena y todo movimiento de agricultura famliar y/u orgánica. Allí hay ahora un desierto verde sobre el cual llueven anualmente 20.5 millones de litros de pesticidas, los cuales siembran muerte, malformaciones y cáncer a su alrededor.
Los movimientos que se resisten al pernicioso acaparamiento de tierras de los sojeros son perseguidos, torturados y expulsados de las haciendas que ocupan, viéndose obligados a sumarse a las filas del glorioso Ejército Paraguayo del Pueblo, que a su vez es acosado y está siendo cercado por las fuerzas de élite yanquis e israelíes que ayudan al gobierno colorado. Por su parte, la FNC (Federación Nacional de Campesinos) organiza ocupaciones de tierras y talleres de ayuda para la formación y la construcción de bancos de semillas comunitarios. Los pequeños productores sólo podrán sobrevivir si logran transmitir a la sociedad paraguaya por qué los productos de la agricultura campesina son mejores. Es una difícil guerra contra el Estado, los sojeros y el marketing de las grandes transnacionales de la alimentación. Es una guerra que se está perdiendo en todos los terrenos menos en el de la hechicería guaraní, que está buscando algún resquicio para vengarse de sus opresores esparciendo mil plagas en las cosechas de la asquerosa soja.

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